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Es una pregunta que, después de la inauguración de la nueva sede política en Agaete, merece ser formulada. Si uno de los cargos incorporados en su día como asesor del Ayuntamiento termina centrando sus esfuerzos en recuperar la Alcaldía de otro municipio, ¿está preparado Gáldar para prescindir de él? ¿Era realmente una figura imprescindible para la gestión municipal o aquel nombramiento respondía también a una estrategia política cuyo alcance hoy empieza a dibujarse con mayor nitidez?
La cuestión no es menor. Cuando un gobierno defiende la incorporación de un cargo de confianza apelando al interés del municipio, es lógico que los vecinos se pregunten qué sucede cuando ese mismo cargo aparece liderando una campaña para gobernar otra administración. Si era tan importante para Gáldar, su posible marcha debería preocupar. Y si no lo era tanto, quizá convenga revisar los argumentos que justificaron su incorporación.
Sin embargo, esa ni siquiera fue la imagen más reveladora de la jornada.
Lo verdaderamente significativo fue comprobar que la inauguración de una sede local terminó pareciendo un acto dirigido desde fuera de Agaete. La fotografía hablaba por sí sola. Alcaldes, cargos públicos y dirigentes políticos de otros municipios ocuparon el protagonismo de un evento que, en teoría, debía girar alrededor de un proyecto municipal. Por momentos, daba la impresión de que Agaete era simplemente el escenario elegido para representar una estrategia política mucho más amplia.
Resulta cuanto menos llamativo que sean dirigentes de otros ayuntamientos quienes acudan a explicar a los vecinos de Agaete cuál debe ser el futuro de su municipio. Que desde otras alcaldías se anime públicamente a cambiar el gobierno local, se interprete la realidad política agaetense y se marque el camino que debe seguir el pueblo plantea una cuestión difícil de ignorar: ¿dónde termina el respaldo entre compañeros de partido y dónde comienza la injerencia política?
Porque una cosa es arropar a una candidatura y otra muy distinta proyectar la sensación de que el verdadero liderazgo del proyecto se encuentra fuera del propio municipio. La imagen transmitida no era la de una organización local fortalecida, sino la de una estructura política que parece dirigir sus movimientos desde un núcleo de poder situado más allá de los límites de Agaete.
Paradójicamente, cuanto más se insiste en hablar de municipalismo, más centralizada parece la estrategia. El mensaje no lo construían exclusivamente los vecinos de Agaete, sino responsables políticos procedentes de otros municipios que acudían a fijar el relato, a señalar al adversario y a anunciar cuál debe ser el futuro de un pueblo que no gobiernan.
Es inevitable preguntarse si Agaete está construyendo un proyecto propio o si, por el contrario, se está convirtiendo en una pieza más dentro de una operación de expansión política por Gran Canaria. Porque abrir una sede es sencillo. Lo difícil es convencer a los ciudadanos de que las decisiones sobre su municipio se tomarán desde Agaete y para Agaete, y no desde despachos donde el mapa político termina pesando más que la realidad cotidiana de sus vecinos.
Al final, la pregunta con la que comenzaba este artículo sigue sin respuesta. Si Gáldar puede permitirse perder a uno de los asesores cuya incorporación se presentó como tan necesaria, quizá nunca fue tan imprescindible para Gáldar. Y si, por el contrario, sí lo era, entonces cabe preguntarse quién está pensando realmente en los intereses del municipio mientras la mirada parece estar puesta, cada vez con mayor intensidad, en conquistar el ayuntamiento vecino.
Guayarmina Guanarteme
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