Sostener el trono de Santiago: algo más que llevarlo a hombros

Moisés Rodríguez Gutiérrez

 

Historia, patrimonio y compromiso con una tradición centenaria.

“Gáldar, la milenaria y excelsa, jacobea y caballeresca, sobre cuya historia hispana cabalga el primer patronazgo oceánico y devoción al Señor Santiago”.

Celso Martín de Guzmán

Eco de Canarias, 26 de julio de 1965.

 

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Documentada por Emilio Cabrera Moreno y conservada en la colección del Cronista Oficial de Gran Canaria, Martín Moreno, alojada en el repositorio de FEDAC. En la imagen se muestra el trono de Santiago siendo portado a hombros con cargadores situados bajo la estructura, mientras otros desde el exterior ejercen labores de guía a través de las manigueras del trono.

 

“Esto no es mío; es del pueblo”. Con esta sencilla frase, pronunciada durante la Semana Santa de 2023, el párroco Reyes Brito resumió una idea que hoy cobra más sentido que nunca. No hablaba únicamente de la Iglesia. Hablaba de la responsabilidad colectiva que tenemos los galdenses de conservar aquello que forma parte de nuestra identidad.

 

Aquel mismo día dejó otra reflexión igualmente reveladora: “Un pueblo que no celebra sus tradiciones es un pueblo que tiende a desaparecer. A pesar de que la Semana Santa galdense ha pasado por diferentes épocas, lo importante es que se sigue celebrando y el pueblo participa de ella”.

 

No estamos hablando de cualquier imagen ni de cualquier procesión. Santiago Apóstol no solo es el patrón de Gáldar; representa una parte esencial de la historia de una ciudad que, desde hace siglos, vive bajo su patronazgo y custodia el único templo jubilar permanente de Canarias. Todo cuanto rodea a su patrimonio trasciende el ámbito religioso para convertirse también en historia, cultura e identidad colectiva.

 

Han pasado tres años desde aquellas palabras y, curiosamente, vuelven a cobrar actualidad tras la reciente procesión de Santiago y el traslado de su trono. Un hecho que ha generado opiniones para todos los gustos. Unos consideran que fue una buena decisión; otros entienden que había alternativas mejores. Algunos han expresado sus críticas con seriedad y otros han recurrido al humor y a la ironía. Y no pasa absolutamente nada. Reírse no es malo. Opinar tampoco. Ambas cosas forman parte de una sociedad viva y de unas tradiciones que siguen despertando interés entre quienes las sienten como propias.

 

Sin embargo, más allá del debate sobre cómo procesionó la imagen, creo que hay una reflexión mucho más importante.

 

Habrá quien piense que fue un acierto y quien crea que fue un error. Ambas posturas son perfectamente legítimas. Lo que sí merece ser reconocido es que hubo personas dispuestas a asumir la responsabilidad de tomar una decisión. Porque decidir nunca es fácil cuando sabes que cualquier paso será observado, analizado y, probablemente, cuestionado.

 

Detrás del trono de Santiago hay mucho más que madera, flores e historia. Hay personas que dedican su tiempo de forma completamente desinteresada, que estudian alternativas, buscan soluciones y asumen decisiones pensando siempre en una tradición profundamente arraigada en Gáldar. Como cualquier ser humano, pueden acertar o equivocarse. Pero hay una diferencia fundamental entre quien trabaja y quien únicamente observa: el primero asume las consecuencias de sus decisiones.

 

Y es justo reconocer que, en esta nueva etapa, junto a personas con experiencia, también hay jóvenes que han decidido implicarse. En tiempos en los que tantas asociaciones, parroquias y colectivos buscan sin éxito un relevo generacional, ver a jóvenes asumir responsabilidades en torno a una tradición centenaria no debería verse como una excepción, sino como una esperanza. Han preferido dar un paso al frente antes que quedarse al margen. Son ellos quienes garantizan que las tradiciones no se conviertan únicamente en un recuerdo, sino que sigan teniendo futuro.

 

Quizás el mayor éxito de esta iniciativa no haya sido únicamente la forma en que se trasladó el trono, sino haber despertado en un grupo de jóvenes el deseo de conocer la historia de su parroquia, implicarse en ella y asumir la responsabilidad de mantener viva una tradición centenaria. Ese compromiso, más allá de cualquier debate puntual, es una excelente noticia para el futuro de Gáldar.

 

En ese sentido, las palabras de Reyes Brito adquieren una dimensión especial cuando afirmaba: “El cura va y viene. Yo hoy estoy aquí, mañana podrá estar otro. La Semana Santa debe continuar celebrándose, ya que es de todos los galdenses. Somos nosotros, como galdenses, los que tenemos que mimarla, celebrarla y conservarla, al margen de quién sea el cura, porque esto no es mío; es del pueblo”.

 

Ese mensaje trasciende el ámbito religioso. Si aceptamos que las tradiciones son del pueblo, también debemos aceptar que su futuro depende del propio pueblo. No podemos exigir que permanezcan vivas si nuestra participación se limita a contemplarlas o a comentarlas cuando todo ha terminado. Las tradiciones no sobreviven únicamente por el valor de sus imágenes o de su patrimonio material. Sobreviven porque, generación tras generación, siempre hay personas dispuestas a mantenerlas vivas.

 

Conviene recordar, además, que la decisión de volver a portar el trono a hombros no nació de la improvisación. Quienes la impulsaron lo hicieron con la intención de recuperar una forma tradicional de llevar las imágenes procesionales, ampliamente documentada en Gáldar y en otros muchos lugares de Canarias antes de la incorporación de las ruedas a los tronos.

 

La propia historia de la parroquia aporta pruebas de ello. Una fotografía de la Procesión de Santiago Apóstol de 1908, documentada por Emilio Cabrera Moreno y conservada en la Colección del Cronista Oficial de Gran Canaria, Martín Moreno, muestra el antiguo trono de Santiago siendo portado a hombros, con cargadores situados bajo la estructura y otros por el exterior ejerciendo labores de guía, tal y como era tradicional en Canarias.

 

A este testimonio gráfico se suma el reportaje publicado por Sebastián Monzón Suárez en Infonortedigital.com, gracias al cual muchos hemos descubierto que este año se cumple el centenario de la llegada del actual trono de Santiago a Gáldar. En ese trabajo recuerda que, con motivo de las fiestas de 1926, coincidiendo con la consagración de la iglesia por el obispo y posteriormente mártir don Miguel Serra Sucarrat, se inauguró la luz eléctrica en el templo y se estrenó el actual trono de madera tallada, completamente dorado, con cuatro candelabros de cinco luces cada uno y traído desde Valencia. Cien años después, esta extraordinaria pieza continúa siendo uno de los grandes símbolos del patrimonio de la parroquia y de la devoción jacobea de Gáldar.

 

Un centenario no solo invita a mirar hacia atrás. También obliga a preguntarnos qué legado queremos dejar dentro de otros cien años. Cada generación recibe una herencia y tiene la responsabilidad de conservarla, comprenderla y transmitirla. Esa transmisión no consiste únicamente en repetir lo que hicieron nuestros mayores, sino en conocer por qué lo hicieron y actuar siempre desde el respeto a la historia y al patrimonio recibido.

 

Por ello, se podrá compartir o no el resultado de la experiencia vivida este año, pero es justo reconocer que detrás de aquella decisión existía una reflexión histórica y patrimonial, sustentada en la voluntad de recuperar una costumbre documentada que durante décadas formó parte de la identidad religiosa y cultural de Gáldar.

 

Eso no significa que todo deba aceptarse sin crítica. Al contrario. Las críticas, cuando nacen desde el respeto y con voluntad de mejorar, enriquecen cualquier proyecto. También el humor tiene cabida cuando nace desde el cariño hacia las tradiciones y no desde el desprecio. Quienes hoy han asumido esta responsabilidad tendrán ahora la oportunidad de valorar la experiencia, escuchar las distintas opiniones y decidir si hay aspectos que mejorar de cara al próximo 1 de enero, cuando Santiago volverá a recorrer las calles de Gáldar con motivo del Año Santo Jacobeo.

 

Las tradiciones nunca han permanecido inalterables. Han evolucionado con el paso del tiempo, pero solo han sobrevivido allí donde hubo personas dispuestas a conocer su historia antes de decidir su futuro. Quizás esa sea la mayor enseñanza que deja este debate.

 

Dentro de unos años nadie recordará si una procesión gustó más o menos que otra. Lo que permanecerá será aquello que hayamos sido capaces de conservar y transmitir. El patrimonio no se mantiene por sí solo; necesita investigación, memoria, manos que trabajen y personas dispuestas a dedicar tiempo, esfuerzo e ilusión para que siga formando parte de la vida de un pueblo.

 

Quizás el mayor legado que pueda dejar este centenario no sea únicamente recordar la llegada del trono hace cien años, sino comprobar que, un siglo después, sigue habiendo personas dispuestas a sostenerlo, tanto física como simbólicamente. Ese es, probablemente, el mejor homenaje que puede recibir una pieza patrimonial concebida para acompañar la fe y la historia de un pueblo.

 

Porque sostener el trono de Santiago es mucho más que llevarlo a hombros durante unas horas. Es sostener una historia que comenzó mucho antes que nosotros y que, con suerte, continuará cuando ya no estemos. Es comprender que cada generación recibe un legado con la obligación moral de entregarlo, si es posible, en mejores condiciones a la siguiente.

 

Al fin y al cabo, las tradiciones no sobreviven porque existan los tronos; sobreviven porque siempre hay alguien dispuesto a sostenerlos.
 

Agradecimiento

El autor desea expresar su agradecimiento al historiador Carlos Delgado Mujica por su generosidad al facilitar documentación e información histórica que ha servido de base para contextualizar esta reflexión. Igualmente, agradece a Sebastián Monzón Suárez el trabajo de investigación y divulgación realizado a través de su reportaje publicado en Infonortedigital.com, gracias al cual se ha puesto en valor el centenario de la llegada del actual trono de Santiago a Gáldar.

 

Moisés Rodríguez Gutiérrez

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