Inauguración del CEIP Sardina del Norte, un sueño que se hace realidadHay edificios cuya verdadera dimensión no puede medirse únicamente en metros cuadrados, presupuestos de obra o toneladas de hormigón. Su valor se encuentra en la memoria que conservan, en las generaciones que pasaron por sus aulas y, sobre todo, en la historia de quienes hicieron posible que aquellas paredes llegaran a levantarse.
La trayectoria del actual CEIP Sardina del Norte constituye, en este sentido, una de las páginas más significativas de la historia reciente de este núcleo del municipio de Gáldar. Su origen y posterior desarrollo están estrechamente vinculados al crecimiento demográfico de Sardina del Norte y a la necesidad, cada vez más urgente, de disponer de unas instalaciones educativas capaces de atender a una población infantil en expansión.
La historia del centro es también la historia de un barrio. Una comunidad tradicionalmente vinculada a la agricultura, la pesca y al trabajo, que durante décadas tuvo que afrontar las limitaciones de unas infraestructuras educativas insuficientes. El camino hasta conseguir un colegio moderno no fue inmediato. Hubo que superar provisionalidades, dificultades económicas, carencias de espacio y una larga sucesión de actuaciones administrativas y constructivas.
Fue, en definitiva, una transformación que se prolongó durante décadas y que tuvo como principal protagonista a una comunidad que entendió que garantizar una educación digna para sus hijos era también construir el futuro de Sardina.
Los años de la urgencia: cuando cualquier espacio podía convertirse en un aula
A mediados de la década de 1970, el crecimiento de la población escolar puso de manifiesto las limitaciones de las instalaciones existentes. El entonces denominado Grupo Escolar de los Llanos del Sobradillo no disponía de capacidad suficiente para responder a las necesidades de una población infantil creciente, lo que obligó a recurrir a soluciones provisionales y a la utilización de espacios alternativos para poder mantener la actividad docente.
La documentación municipal de aquellos años permite comprobar hasta qué punto la falta de espacios se había convertido en un problema prioritario. En diciembre de 1974, el Ayuntamiento de Gáldar aprobaba un presupuesto de 174 871 pesetas destinado a la construcción de un aula de urgencia.
La cifra, contemplada desde la perspectiva actual, puede parecer modesta. Sin embargo, refleja con claridad el contexto económico y administrativo de la época. Cada actuación debía ajustarse a unas disponibilidades presupuestarias limitadas y responder a una necesidad inmediata: proporcionar un espacio donde los niños pudieran recibir sus clases.
La propia documentación técnica revela el esfuerzo realizado para contener el coste de la actuación, llegando incluso a prescindir del porcentaje correspondiente al beneficio industrial del contratista con el objetivo de mantener la obra dentro de los límites presupuestarios previstos.
Pero la solución resultó insuficiente.
La presión sobre las instalaciones continuó aumentando y, en 1975, la convivencia entre la actividad docente y los servicios de comedor volvió a poner de manifiesto la precariedad de los espacios disponibles. La necesidad de liberar superficie para garantizar el funcionamiento del centro llevó a plantear nuevas actuaciones, entre ellas la habilitación de una segunda planta destinada a albergar la cocina.
Aquellos años fueron, en definitiva, los de la provisionalidad y la urgencia. La prioridad no era todavía disponer de un gran complejo educativo, sino resolver día a día las necesidades más inmediatas. Cada aula ganada, cada espacio acondicionado y cada obra ejecutada representaban un pequeño avance en un proceso que acabaría transformando por completo la realidad educativa de Sardina.
Del espacio escolar al proyecto de comunidad
A finales de la década de 1970, las necesidades del centro ya no podían resolverse únicamente mediante pequeñas ampliaciones. La propia configuración del terreno constituía un obstáculo añadido. Los desniveles existentes y las características del solar dificultaban la creación de espacios exteriores adecuados para el alumnado.
En 1977 se planteó una actuación de mayor envergadura destinada a mejorar las condiciones del entorno escolar. El proyecto, atribuido al arquitecto Carlos Javier Mata Afonso, contemplaba la intervención sobre una superficie aproximada de 4 100 metros cuadrados, con trabajos de pavimentación, construcción de un importante muro de contención y la creación de vestuarios.
La actuación suponía un cambio sustancial en la concepción del centro. El colegio comenzaba a dejar atrás la etapa de las soluciones provisionales para avanzar hacia un modelo de instalaciones concebidas como un conjunto educativo más amplio, donde el alumnado pudiera disponer no solo de aulas, sino también de espacios adecuados para la actividad física, el recreo y la convivencia.
La inversión prevista, cifrada en 12 277 722 pesetas, da una idea de la dimensión de aquella intervención y del progresivo incremento de las necesidades que debían ser atendidas.
Fue también una etapa decisiva para la consolidación de la identidad administrativa del centro.
En torno a estos años, la realidad educativa de Sardina experimentó una evolución paralela a la modernización del sistema educativo español. La denominación de Colegio Nacional Comarcal Llanos de Caleta y Sobradillo quedó vinculada a una nueva etapa de organización y crecimiento, con una estructura educativa que contemplaba 16 aulas de Educación General Básica y dos unidades de Educación Preescolar, además de una organización directiva propia.
El colegio comenzaba a adquirir una dimensión acorde con la realidad de una población que reclamaba unas instalaciones educativas estables y capaces de afrontar el futuro.
El gran salto de los años ochenta
El verdadero punto de inflexión en la historia del centro llegaría en la década de los 80.
Durante los años anteriores, las administraciones habían ido respondiendo a las necesidades mediante actuaciones parciales. Pero el crecimiento de la demanda escolar hacía necesario abordar una solución global. Ya no se trataba de construir una nueva aula, ampliar una cocina o acondicionar un patio. El reto consistía en levantar un edificio escolar capaz de responder a las necesidades educativas de toda una comunidad.
El cambio de escala fue considerable.
De las partidas presupuestarias de cientos de miles de pesetas destinadas durante los años setenta a resolver situaciones de urgencia se pasó a una inversión de 87 420 000 pesetas para la construcción del edificio principal.
La actuación fue impulsada por la administración estatal a través de los organismos competentes en materia de construcciones escolares y culminó con la adjudicación de las obras a la empresa Pérez Moreno, S.A.
La magnitud de la inversión reflejaba la importancia que había adquirido la escolarización en Sardina . El nuevo edificio representaba mucho más que una infraestructura. Era la respuesta a una demanda acumulada durante años y la materialización de una aspiración largamente perseguida por las familias y por la comunidad educativa.
La culminación de las obras permitió disponer de un centro moderno y funcional, adaptado a las necesidades de la época. La inauguración, celebrada en 1985, reunió a representantes de las instituciones autonómicas Don Geronimo Saavedra Acebedo Presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias, Don Nicolas Guera Rodríguez alcalde de la Ciudad de Gáldar, Demetrio Suárez Díaz, primer teniente de alcalde de la Ciudad de Gáldar, Carmelo Padrón Díaz Director General de Política Territorial del Gobierno de Canarias.
La imagen de aquel acto, conservada hoy como testimonio documental, representa mucho más que una ceremonia oficial. Simboliza el final de un largo recorrido iniciado años atrás entre aulas provisionales, espacios compartidos y sucesivas ampliaciones.
Detrás de aquella inauguración estaban los niños que habían estudiado en condiciones precarias, sus familias, los docentes que desarrollaron su labor en aquellos primeros espacios y las distintas corporaciones e instituciones que, durante años, habían intervenido en la construcción de una solución definitiva.
Un colegio que creció con el barrio
El nuevo edificio no significó el final de la historia, sino el comienzo de una nueva etapa.
Durante las décadas siguientes, el colegio continuó evolucionando al mismo ritmo que la sociedad de Sardina. Las generaciones fueron cambiando, también las metodologías educativas y las necesidades de las familias. El centro dejó de ser únicamente el lugar donde los niños acudían diariamente a clase para convertirse en uno de los principales espacios de convivencia y de construcción de la identidad colectiva del barrio.
Por sus aulas pasaron varias generaciones de vecinos. Allí aprendieron a leer y escribir muchos de quienes, años después, serían padres y madres de nuevos alumnos. Las fotografías escolares, los actos académicos, las celebraciones, las excursiones y las actividades deportivas fueron construyendo, con el paso del tiempo, una memoria colectiva que hoy forma parte inseparable de la historia de Sardina.
Sin embargo, durante años persistió una circunstancia que mantenía dividida la comunidad educativa.
Los alumnos de menor edad continuaban desarrollando su actividad en las antiguas instalaciones destinadas a Educación Infantil, mientras que los estudiantes de las etapas superiores acudían al edificio principal. Esta separación obligaba a las familias a mantener una relación cotidiana con dos espacios educativos diferentes.
La situación se prolongó durante décadas.
2012: el final de un largo camino
El 15 de septiembre de 2012 marcó un nuevo punto de inflexión.
La integración de las distintas etapas educativas en un único recinto permitió poner fin a una reivindicación histórica y completar, muchos años después, el proceso iniciado en la década de 1970.
La unificación significó mucho más que una reorganización de espacios. Supuso reunir bajo un mismo proyecto educativo a toda la comunidad escolar y cerrar definitivamente un capítulo marcado por la dispersión de las instalaciones.
Con aquella decisión culminaba, en cierto modo, el largo peregrinaje iniciado casi cuatro décadas antes.
El antiguo edificio de Educación Infantil, que durante años había acogido a varias generaciones de niños, quedaba atrás. Sus aulas habían formado a padres, madres y abuelos del alumnado que ahora comenzaba una nueva etapa en un centro unificado.
Era el final de una época, pero también la consolidación definitiva de un proyecto educativo que había ido creciendo al mismo tiempo que el barrio.
La memoria que permanece
Hoy, cuando las nuevas generaciones recorren los pasillos y patios del CEIP Sardina del Norte, resulta difícil imaginar las dificultades que tuvieron que superar quienes impulsaron sus primeros pasos.
Detrás de cada aula existe una historia. Detrás de cada ampliación, una necesidad. Detrás de cada proyecto, una decisión administrativa. Y detrás de cada presupuesto, una comunidad que esperaba que sus hijos pudieran estudiar en mejores condiciones.
La historia del colegio es, por ello, una historia construida entre muchas manos.
La de los responsables municipales que buscaron soluciones cuando los recursos eran escasos. La de los arquitectos y técnicos que proyectaron nuevas instalaciones. La de las administraciones que financiaron y ejecutaron las grandes obras. La de los equipos directivos y docentes que mantuvieron viva la actividad educativa durante los periodos de transformación. Y, sobre todo, la de las familias que durante décadas reclamaron un colegio a la altura de las necesidades de sus hijos.
Desde aquella primera aula de urgencia de 1974 hasta la integración de todas las etapas educativas en 2012 transcurrieron casi cuarenta años de cambios y transformaciones. Un periodo en el que Sardina pasó de las soluciones provisionales a disponer de un complejo educativo consolidado.
Pero la verdadera dimensión de esta historia no está en las cifras.
No está en las 174 871 pesetas de aquella primera actuación, ni en los 12 277 722 destinados a transformar los espacios exteriores, ni en los 87 420 000 pesetas invertidos en la construcción del edificio principal.
Está en lo que esas cifras hicieron posible.
Cada peseta invertida significó un aula. Cada muro levantado, un espacio para crecer. Cada reforma, una respuesta a las necesidades de una comunidad. Cada generación de alumnos, una nueva página de una historia que continúa escribiéndose.
El CEIP Sardina del Norte es hoy mucho mas que un edificio escolar. Es la huella material de una transformación social y educativa. Un lugar donde el paso del tiempo puede leerse en las fotografías, en los documentos conservados y en los recuerdos de quienes un día ocuparon sus aulas.
Porque hay edificios que se levantan con cemento y acero.
Y hay otros que, además, se construyen con memoria.
El colegio de Sardina del Norte pertenece a estos últimos.
Las fotografías de este capítulo las puedes ver pinchando en este enlace
Marcelo González Pérez






























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