La amabilidad, qué gran virtud

Josefa Molina

[Img #10531]'Hasta luego, guapa', le gritó desde un lado de la calle. 'Igualmente: hasta luego, guapo', le respondió ella desde el lado inverso de la misma calle. A mí, testigo mudo desde el balcón de mi casa, el gesto me brindó una sonrisa y una reflexión: ¡qué sencillo es ser amable! Y qué poco se valora en estos tiempos de caos y canibalismo social alentado por las prisas y el anonimato de las redes sociales.

 

Las buenas normas de convivencia nos instan a tratarnos con respeto, a decirnos 'buenos días', cuando nos cruzamos por la calle; a emitir un 'Hola, ¿cómo estás?' cuando llegamos a un lugar; a sujetar la puerta para dejar salir o entrar a alguien; a pulsar el piso de las personas que nos acompañaban en el ascensor o a utilizar las palabras mágicas 'gracias' y 'por favor' cuantas veces sean necesarias al día.

 

Nos normas simples que muestran nuestro respeto hacia el prójimo. Parecen tan sencillas de cumplir y sin embargo, y cada vez con mayor frecuencia, se olvidan, se obvian, se patean sin más.

 

Recuerdo cuando, en plena educación de mis hijos, siendo estos aún pequeños, mi pareja y yo resolvimos poner un folio en la puerta de acceso a la vivienda con algunas sencillas instrucciones que invitara a toda la familia a ser respetuosa con sus distintos miembros. Gestos como decir 'Hasta luego' cuando se abandona la casa y 'Hola' al entrar; pedir las cosas por favor y esbozar siempre un gracias, sin dar nada por supuesto... Como digo, cosas sencillas, que pueden entender cualquier persona, basadas en el trato con respeto y cariño, cuidarnos, querernos como miembros de un grupo familiar.

 

Cuando era pequeña, también en mi casa me enseñaron que la buena educación y el respeto eran y son fundamentos incuestionables de buena convivencia. Y no digo que en más de alguna ocasión no me haya aflorado a la garganta unas ganas irresistibles de lanzar al aire algún improperio en forma de insulto a más de uno y de mandar a quien se tercie a freír espárragos o algo peor.

 

Pero creo que para que la convivencia sea más amable para todas y todos, no está de más practicar la amabilidad social más allá de nuestro seno familiar que, es precisamente, por otro lado, donde se debe de comenzar a cultivar la amabilidad y el respeto hacia los demás. Pienso que no se es amable fuera de tu ámbito familiar cuando no lo eres dentro de él, claro que también podría suceder que fueras un psicópata, que son expertas personas de destacada amabilidad a nivel social y que, sin embargo, son auténticos seres de abominables dentro de su hogar. De esos conocemos todas y todos, sobre todo, todas, una gran muestra de ellos.

 

Porque tenemos que entender que todos formamos parte de un grupo social y que todos tenemos el deber de comportarnos como parte de una ciudadanía que, entiendo debe abogar por un civismo de índole democrático, en el que se respeten los principios básicos de igualdad y justicia.

 

Sí, vale, pudiera pensarse que estoy argumentando sandeces, cosas obvias que no hace falta decir. Pero no olvidemos que lo obvio también se olvida cuando no interesa a nuestros objetivos, como cuando de forma cobarde se utiliza el anonimato que ofrecen, por ejemplo, las redes sociales para lanzar todo tipo de insultos a cualquiera con quien no se comparta las mismas opiniones o ideología o incluso se inicia una campaña de cancelación anónima y colectiva con el único fin de provocar escarnio público a la persona objeto de la misma.

 

Y ya no hablo de saltarse las normas para no terminar con los huesos en la cárcel o afrontar una sanción pecuniaria, que para eso ya existen leyes de todo tipo, sino de algo todavía más sencillo: como por ejemplo, no ceder ni respetar el asiento para determinados colectivos como personas mayores, con discapacidad o embarazadas en el transporte público; aparcar en los espacios para personas con discapacidad en la vía pública o subir el vehículo a las aceras; gritar por las calles como si estuviéramos solos en el mundo; insultar al árbitro de turno en cualquier partido de fútbol porque sí, porque es el árbitro y ya está (no sé si a los árbitros les pagan un plus por aguantar tanto insulto gratuito por parte de la supuesta hinchada o a esos padres y madres a quienes les hacen falta un curso intensivo de civismo y deportividad y que, desde luego, no son nada educados. Mal ejemplo dan a su prole, luego no me extraña tanto golpe injustificado en un partido de fútbol).

 

Pero también poner el volumen de la música en nuestro coche cuando circulamos por una vía urbana a las doce de la noche; hablar a grito pelado en el bloque de edificios donde resides obligando a toda la vecindad a enterarse de tus líos amorosos o escuchar tu terrible voz al cantar o cuando a determinados energúmenos les da por lanzar las sillas de plástico a la fuente del pueblo cuando se supone que están de celebración porque España ha ganado el mundial de fútbol, como sucedió hace un par de domingos en la plaza de Santiago de Gáldar.

 

Pero voy más allá. La buena educación también se demuestra cuando saludamos y decimos 'gracias' a la cajera de un supermercado; cuando respetamos nuestro turno en cualquier fila; cuando no empujamos a nadie para intentar pasar sino que decimos 'perdone, ¿me permite pasar? Gracias'; cuando hablas de forma correcta a tu subordinado y no gritándole solo porque está un escalafón por debajo de ti; cuando ayudamos a recoger los platos de nuestra mesa en un restaurante o recogemos los restos de nuestra comida y la depositamos en el contener adecuado cuando vamos a un fast-food porque, por mucho que las personas que trabajen ahí estén cobrando por ello, un simple gesto puede hacerles la vida más fácil. ¿Y qué nos cuesta hacer ese simple gesto?

 

El negar este tipo de acciones dicen más y mal de nosotros que de los demás.

 

Por supuesto que esto sirve para todo tipo de situaciones porque el respeto al prójimo debe de comenzar en una y uno mismo. El agradecimiento no solo nos alienta a cada uno a ser mejores personas y sentirnos mejor, sino que nos posiciona socialmente ante los ojos de los demás. Y creánme, de las pocas cosas peores que pueden estigmatizar socialmente a una persona es considerarla como un gañán imbécil, desagradecido y ególatra.

 

Y de esos, por desgracia, me he encontrado con algunos por el camino. En fin, allá ellos y sus supuestas gestas de 'yo, mi, me, conmigo'. No quiero para mí ni para la gente que amo esa pobreza de espíritu, se los aseguro.

 

Por eso, quiero aprovechar para manifestar desde aquí mi más sincero agradecimiento a todas las personas que han leído mis columnas de opinión cada viernes durante todos estos años. Sin ustedes, no tendría sentido compartir estas reflexiones a través del periódico Infonortedigital, entidad a quien también agradezco que me ceda este espacio para compartir con ustedes mis pensamientos y consideraciones varias sobre el mundo de la literatura y sobre la actualidad. Así pues, MUCHAS GRACIAS, con mayúsculas, y a disfrutar del verano.

 

Sean felices y aprovechen estos días de vacaciones para leer mucho y sobre todo, leer a autoras y autores canarios. Denles una oportunidad en sus mesas de noche y zonas de lectura. No se arrepentirán.

 

Josefa Molina

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