
Una calabaza llena de dulces reposaba a los pies de la puerta del tercero A pese a que nadie vivía allí desde hacía años.
Me fijé al volver del mercado cargada con la bolsa de las verduras en una mano y el bolso y las llaves en la otra. Era 31 de octubre y, aunque siempre había llevado Samhain por dentro, los niños del edificio solían celebrar Halloween tocando en las puertas de los vecinos con sus disfraces del todo a 100 y una sonrisa tímida y encantadora dibujada en la cara. La semana anterior el presidente nos pidió que participáramos. Nadie le dijo nada a los del tercero A porque imaginamos que nadie respondería, como siempre.
Pero ahí estaba la calabaza: decorada con una cinta negra y una nota extraña: «para que los que todavía llaman». Estaba llena de caramelos de fresa, de esos duros de cristal que mi abuela solía llevar en el bolso. Solté la bolsa y cogí uno con disimulo. Luego me fui directa a casa.
El último que vivió en esa casa era Don José. Lo encontraron muerto dos años atrás sentado en su sillón de lectura con el gato todavía en su regazo. Desde entonces, la casa había estado cerrada, con las persianas a medio bajar y la mirilla tapada por dentro con cinta aislante.
Abrí la puerta y volví a mirar la calabaza. La cinta negra estaba atada con cariño, nada de artículo de tienda. Me agaché a tocarla y, sin querer, la nota se movió apenas dejando ver la parte de atrás. No ponía «truco o trato», sino «Feliz Halloween», como si estuviera escrito para nosotros, los del edificio, sus antiguos vecinos.
—Qué detalle —dijo una voz a mi espalda.
Era doña Eulalia, la del cuarto.
—¿Quién la habrá dejado aquí?
—Seguro que fueron sus sobrinos que habrán venido a limpiar el piso para venderlo.
—Pues es un bonito detalle para los niños.
Esa tarde, el edificio se convirtió en un desfile de carnaval entre tanto niño y tanto disfraz recorriendo las escaleras. Yo me dediqué a abrir la puerta vestida de monstruo con un plato de galletas en la mano y un balde donde ponía: «coge una galleta y dime qué es lo que más te asusta». Fue muy divertido leer lo que escribían: «los gatos», «los viejos sin dentadura», «mi madre cabreada»... Guardé los papelitos en una caja como recuerdo.
A las diez, cuando ya casi se había desvanecido el ruido de las risas lejanas y solo quedaba algún ¡buenas noches! rezagado, volví a salir al rellano. La calabaza colocada frente a la puerta del tercero A seguía llena, como si ningún niño se hubiera percatado de los dulces que había en su interior. Me incliné y vi que, entre ellos, había algo diferente: alguien había dejado una fotografía que parecía antigua.
La miré. Era una foto del portal del edificio. Tenía las mismas baldosas que habían antes de la reforma y la misma barandilla negra de hierro. Estaba sacada frente a la puerta de la casa y en el centro había un niño con un pantalón corto y una boina enorme.
En el reverso una nota: «para que regrese a su lugar»
De repente, me entró miedo. Miré la mirilla todavía cubierta y toqué el timbre. La madera de la puerta estaba fría.
—¿Hola? —dije. Pero nadie respondió.
Bajé al portal y encontré al presidente recogiendo los restos de envoltorios y decoración que habían quedado tirados.
—¿Sabe si los sobrinos de Don José han pasado por aquí? —pregunté.
—No. Solo vienen algún que otro sábado.
Me contó que a don José le encantaba Halloween, que solía ofrecerse para decorar el edificio y preparar sustos para los niños porque decía que había que perderle el miedo a los muertos.
Después de unas cuantas risas escuchando las historias que me contaba sobre el vecino volví a casa. Guardé el disfraz, me preparé una infusión y me senté frente a la tele con la foto entre las manos. Me fijé en que el niño de la imagen miraba hacia un punto situado a la derecha del encuadre y, sin querer, dirigí yo también la vista hacia ese borde en busca de alguna pista. Nada.
A las doce, el edificio entero parecía dormir excepto yo que, sin saber muy bien por qué, volví a salir a la puerta. La calabaza seguía en el mismo lugar, solo que ahora había también un carrete de hilo rojo.
Volví a llamar a la puerta. Al otro lado, una respiración lenta y suave se escuchó como respuesta. Sin pensarlo dos veces, bajé al portal, me colé en el cuarto del portero y agarré el manojo de llaves de urgencia del edificio. Volví a subir y me coloqué frente al tercero A. No tenía muy clara la legalidad de lo que estaba a punto de hacer, pero, aun así, lo hice. Busqué la llave que encajaba en la cerradura y abrí. La puerta se abrió con un chasquido suave, como si me hubiera estado esperando.
El piso estaba en penumbra, los muebles cubiertos con sábanas, el reloj de pared estaba detenido y, en la esquina del salón, una máquina de coser. Frente a ella, colgada de un viejo marco de madera, la misma foto que había encontrado dentro de la calabaza.
—Don José —dije, apenas—. Traje esto.
Dejé la foto sobre la máquina de coser, y junto a ella, el carrete de hilo.
Entonces lo vi.
No del todo, sino como se ven las cosas cuando se miran a través del agua. Estaba de pie en el pasillo, mirando hacia el salón. Llevaba un pantalón corto y la misma boina enorme.
—¿Quieres volver? —pregunté.
El niño no habló. Se acercó despacio y señaló la pared junto a la puerta. Ahí había un clavo vacío. Y marcas. El borde más limpio, más claro, delatando algo que colgó mucho tiempo.
Busqué algo que pudiera haber estado colgando de allí en algún momento. Miré en los muebles y dentro de los cajones y encontré la imagen de una Virgen. La saqué y la coloqué junto a la del niño, ambas colgadas de aquel clavo.
La casa respiró. Sí: respiró. El reloj comenzó a andar y la luz de la calle, filtrada por las persianas, se volvió más amarilla. El niño sonrió. Detrás de mí apareció una mujer con una blusa clara, las manos en la cintura, la cabeza inclinada. No se parecía a nadie de mi edificio, por lo que supuse que se trataba de la mujer que había sacado la foto.
—Gracias —dijo, y fue una palabra sin sonido, pero entendible a través de la mente.
Yo asentí. De repente, entendí que la foto había estado siempre ahí, que alguien la había retirado al vaciar la casa y que lo que faltaba no era un objeto, sino el sitio que ocupa una historia cuando la arrancas de su lugar. Cerré la puerta del tercero A con cuidado. Me llevé el hilo rojo conmigo sin querer, o queriendo. Lo dejé en mi mesa de noche como se deja una promesa. Apunté en un papel lo que había pasado, para no tener dudas a la mañana siguiente de si había sido un sueño y, al día siguiente, me fijé en que la calabaza había desaparecido y la mirilla ya no estaba cubierta con cinta.
Bajé y me encontré al presidente barriendo.
—¿Quién dejó la calabaza de anoche en la puerta del tercero A? —pregunté.
—¿Qué calabaza? —dijo, sin levantar la vista.
—Nada. Cosas mías.
Cuando llegué a la calle, un niño con una boina empujó la puerta desde fuera y me dio los buenos días con una sonrisa que parecía prestada de otra época. Llevaba un pantalón corto de época.
—Voy a casa de mi abuela —me dijo—. Vive arriba, en el tercero A.
Olga Valiente






























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