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Cada 25 de julio Gáldar celebra el Día Grande de Santiago. Es una jornada de encuentro, tradición y devoción, en la que miles de personas llenan las calles para compartir una de las fechas más importantes del calendario local. O al menos esa es la versión que vive el ciudadano de a pie. Porque existe otra celebración, mucho más exclusiva, mucho más elevada y bastante más difícil de encontrar en el programa oficial.
Mientras la plaza se llena de vecinos, visitantes y familias, en algún punto estratégico del edificio consistorial parece abrirse un discreto universo paralelo donde la fiesta adquiere un aire casi palaciego. No es una recepción cualquiera. Es la recepción de la Familia Real de Gáldar, una institución imaginaria que, sin aparecer en la Constitución ni en el BOE, lleva años demostrando una sorprendente estabilidad.
Este año, además, la ocasión lo merecía. Después de la solemne inauguración del flamante Mirador —conocido durante siglos por el nombre mucho menos glamuroso de "la azotea"—, había que estrenarlo como mandan los cánones de cualquier buena corte. Porque una azotea es una azotea. Pero si se inaugura, se fotografía y se presenta con la solemnidad suficiente, automáticamente se convierte en un mirador institucional de alta representación. La arquitectura también entiende de marketing.
Allí, lejos del gentío, la escena parecía sacada de una crónica de sociedad. Los invitados iban llegando con la naturalidad de quien conoce perfectamente dónde está la puerta correcta. Saludos medidos, sonrisas cuidadosamente administradas, conversaciones discretas y ese ambiente tan característico de los lugares donde nadie necesita preguntar si está invitado porque, sencillamente, quien no pertenece al círculo nunca llega a subir.
Abajo, la plaza era del pueblo. Arriba, el paisaje parecía reservado para una pequeña nobleza municipal. Una curiosa forma de entender la proximidad institucional: cuanto más importante es la celebración popular, más altura gana la representación oficial.
No faltaban los cortesanos de confianza. Siempre aparecen. Son una especie protegida. Especialistas en asentir con elegancia, reír en el momento exacto y aparecer casualmente en todas las fotografías importantes. Si mañana inauguraran un banco recién pintado, allí estarían. Si el acto consistiera en descubrir una nueva papelera, también. La fidelidad institucional tiene estas cosas: nunca falla una convocatoria.
Entre brindis, conversaciones y saludos protocolarios, uno casi esperaba que apareciera un maestro de ceremonias anunciando la llegada de Sus Altezas Municipales al balcón principal. Solo faltaba escuchar una fanfarria y ver ondear un estandarte con el escudo del Reino Independiente del Selfie Oficial.
Mientras tanto, abajo seguía desarrollándose la fiesta de todos. La de quienes soportaban el calor, buscaban un hueco entre la multitud o simplemente disfrutaban de Santiago sin acreditación, sin invitación y sin acceso a las alturas. Porque, al parecer, las mejores vistas de una fiesta financiada por todos siguen siendo patrimonio de unos pocos.
Lo más admirable es que esta nueva aristocracia ha sabido adaptarse perfectamente al siglo XXI. Ya no necesita coronas de oro ni tronos de terciopelo. Su símbolo de poder es mucho más moderno: una acreditación, una invitación o la pertenencia al círculo adecuado. Las antiguas audiencias reales se han sustituido por recepciones institucionales; los salones de palacio, por un mirador recién inaugurado; y los retratos al óleo, por álbumes de redes sociales cuidadosamente editados.
Porque si algo ha evolucionado en esta peculiar monarquía local es la propaganda. Antes los reyes encargaban cuadros para perpetuar su imagen. Ahora bastan un dron, un fotógrafo, un vídeo en cámara lenta y una publicación con música épica. Los tiempos cambian, pero la necesidad de proyectar grandeza permanece sorprendentemente intacta.
Y es entonces cuando surge una pregunta inevitable. Si las Casas Consistoriales son la casa de toda la ciudadanía, ¿por qué hay momentos en los que parecen convertirse en un reservado al que solo accede una reducida corte? ¿En qué momento un edificio público empieza a comportarse como un club privado con vistas privilegiadas?
Quizá no sea más que una anécdota. Quizá sea solo un protocolo. O quizá sea una imagen que resume demasiado bien una determinada manera de entender el poder: arriba, los de siempre; abajo, los de siempre también.
Porque las monarquías modernas ya no distinguen a las personas por su apellido. Lo hacen por su proximidad al poder, por su presencia constante en el lugar adecuado y por esa extraña capacidad de estar siempre donde se sirven los canapés mientras el resto contempla el espectáculo desde la plaza.
Y así concluyó otro Día Grande de Santiago. El pueblo celebró sus fiestas. La corte celebró las suyas. Todos contentos. Unos con los voladores y purpurina y otros con las vistas.
Al fin y al cabo, toda Familia Real necesita un balcón desde el que saludar... aunque el balcón lo siga pagando el pueblo.
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