
El niño entró al terrero cuando ya no quedaba casi nadie.
Las gradas, que apenas una hora antes habían temblado con los gritos, los aplausos y el sonido de las palmas, estaban ahora vacías. Quedaban algunos vasos bajo los bancos, una bandera olvidada sobre una silla y el eco lejano de una celebración que se había marchado hacia las calles del pueblo.
En el centro del terrero todavía se distinguían las marcas de las agarradas: círculos deshechos, surcos profundos y pequeños montículos de arena levantados por los pies de los luchadores. Cada señal parecía contar una historia. Una caída. Una resistencia. Una mano buscando apoyo. Una rodilla que se negó a tocar el suelo.
Su padre barría la arena con una escoba vieja.
Lo hacía lentamente, empujando hacia el centro lo que había quedado desplazado durante la luchada. Llevaba la camisa pegada a la espalda por el sudor y todavía tenía arena en los pantalones, en los brazos y hasta entre los cabellos.
El niño se quedó observándolo desde la entrada.
—¿Ganamos? —preguntó.
El padre levantó la cabeza y apoyó las dos manos sobre el palo de la escoba.
—Ganamos.
El niño sonrió. Había escuchado los voladores desde la plaza y había visto salir a la gente abrazándose, hablando de la última agarrada, de aquella levantada imposible y del luchador que había conseguido derribar al puntal contrario cuando todo parecía perdido.
Se acercó unos pasos.
—¿Y por qué barres si ganamos?
El hombre miró alrededor.
Miró las gradas vacías, la arena removida y las luces del terrero, que comenzaban a apagarse una tras otra. Después miró a su hijo y sonrió.
—Porque mañana hay que volver a empezar.
El niño no comprendió del todo.
Sobre una mesa, junto a una botella de agua y varias vendas usadas, descansaba la copa. Era grande, dorada y brillante. Bajo la luz parecía más importante que cualquier otra cosa que hubiera en aquel lugar.
El pequeño caminó hasta ella y rozó con los dedos una de sus asas.
—Es bonita.
—Sí —dijo el padre—. Pero pesa menos de lo que parece.
El niño intentó levantarla.
—Pues pesa bastante.
Su padre soltó una carcajada.
—No me refiero a ese peso.
El niño frunció el ceño.
El hombre dejó la escoba apoyada contra la pared y se sentó en uno de los bancos. Parecía agotado, pero en sus ojos había una alegría serena, distinta a la de quienes habían salido cantando y celebrando.
—Una copa dura muchos años si nadie la rompe —le explicó—. Pero un club puede desaparecer en una temporada si nadie lo cuida.
El niño volvió a mirar el trofeo.
Su padre comenzó a enumerar con los dedos.
—Un club necesita luchadores, claro. Pero también necesita a quien abra el terrero, a quien lave la ropa, a quien consiga un coche para los desplazamientos, a quien venda rifas, a quien prepare los bocadillos, a quien cure una herida, a quien llame a los niños cuando faltan a entrenar y a quien se quede barriendo cuando todos se han ido.
El niño miró la escoba vieja.
—¿Tú haces todo eso?
—Yo hago algunas cosas. Otros hacen otras. Por eso somos un equipo.
—Pero tú no luchaste hoy.
El padre miró la arena.
—No todas las luchas se ven desde las gradas.
Durante unos segundos solo se escuchó el roce de una bandera movida por el viento.
El niño tomó la escoba.
Era demasiado alta para él y tuvo que sujetarla con las dos manos.
—¿Te ayudo?
El padre no respondió enseguida. Se levantó, colocó las manos del pequeño correctamente sobre el palo y le enseñó a empujar la arena sin dejar huecos.
Trabajaron juntos durante un buen rato.
El niño barría mal. A veces levantaba polvo, deshacía lo que su padre acababa de ordenar o dejaba pequeños montones en mitad del terrero. Pero el hombre no se impacientó. Volvía sobre sus pasos y le explicaba cómo hacerlo.
Cuando terminaron, la copa seguía brillando sobre la mesa.
Sin embargo, el niño ya no la miró de la misma manera.
Antes de salir, su padre apagó la última luz y cerró la puerta del terrero. Ambos caminaron hacia casa con arena pegada a los zapatos.
Pasaron los años.
El niño creció entre entrenamientos, viajes en guagua, derrotas difíciles y victorias celebradas con abrazos. Aprendió a caer sin hacerse daño, a respetar al adversario y a ofrecer la mano después de cada agarrada.
Un día también él luchó una final.
El terrero estaba lleno. Su equipo ganó en la última agarrada y la gente invadió la arena para abrazar a los luchadores. Hubo música, fotografías, discursos y una copa todavía más grande que aquella que recordaba de su infancia.
Cuando la celebración terminó, todos se marcharon.
Él pudo haberse ido también.
Pero vio una escoba apoyada contra la pared.
Entonces recordó a su padre sudado, cansado y feliz. Recordó la pregunta que había hecho siendo niño y aquella respuesta que tardó tantos años en comprender.
Tomó la escoba y comenzó a barrer.
Porque un club no se sostiene con las fotografías de las victorias.
No se sostiene con los nombres escritos en una copa ni con los aplausos que duran una noche.
Se sostiene con quienes entrenan cuando nadie los mira. Con quienes acompañan después de una derrota. Con quienes remiendan una camisa, cargan una colchoneta, conducen durante horas o entregan parte de su vida sin esperar reconocimiento.
Se sostiene con quienes permanecen cuando la grada se vacía.
Con la gente que barre después de celebrar.
Y con la arena que, después de tantos años, sigue acompañándolos en los zapatos.
Vidal Bolaños Betancort




























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