Cuando la pólvora hace estallar el debate sobre la convivencia en Gáldar

Moisés Rodríguez Gutiérrez

[Img #40837]Las fiestas populares son mucho más que un programa de actos. Son el reflejo de un pueblo, de sus tradiciones, de su forma de entender la convivencia y de su capacidad para celebrar aquello que lo identifica. Precisamente por eso, también deben ser capaces de evolucionar cuando la sociedad cambia.

 

En Gáldar existe desde hace algún tiempo un debate cada vez más presente sobre el uso de fuegos artificiales, voladores, tracas y otros elementos pirotécnicos durante las celebraciones. Quienes muestran su desacuerdo lo hacen por motivos diversos y perfectamente razonables.

 

Conviene recordar, además, que la pirotecnia no está presente únicamente durante las fiestas patronales. En nuestro municipio forma parte habitual de numerosas celebraciones, actos institucionales, inauguraciones, romerías y otros eventos donde, en muchas ocasiones, parece haberse convertido en un elemento casi imprescindible del desarrollo de la programación. Precisamente por esa presencia continuada, el debate trasciende unas fiestas concretas y abre una reflexión más amplia sobre cómo compatibilizar la tradición, el espectáculo y el respeto hacia quienes compartimos un mismo espacio.

 

Los motivos de ese debate son diversos. En primer lugar, porque los animales sufren las consecuencias de unos estruendos que les generan miedo, estrés e incluso lesiones. También porque hay personas con diferentes capacidades y sensibilidades para quienes estos ruidos suponen una experiencia especialmente difícil, alterando su bienestar, su tranquilidad y su equilibrio emocional. A ello se suman personas mayores, enfermas o ciudadanos que, por diferentes circunstancias, viven estos episodios con ansiedad, nerviosismo o malestar.

 

A todo ello se añade el derecho al descanso, especialmente cuando los espectáculos se prolongan durante varios días consecutivos o tienen lugar en horarios en los que muchas personas necesitan tranquilidad por motivos laborales, familiares o de salud. La fiesta también debe ser compatible con el descanso de quienes la viven desde sus hogares.

 

Se podrá argumentar que los fuegos artificiales siempre han formado parte de nuestras fiestas, y es cierto. Sin embargo, quizá el debate no deba centrarse en su existencia, sino en su dimensión. No es lo mismo un espectáculo puntual que una sucesión continua de explosiones durante casi media hora o durante varios días consecutivos. Ahí es donde muchas personas perciben que se ha perdido el equilibrio entre la tradición y el respeto hacia quienes también tienen derecho a disfrutar de las fiestas sin sufrir sus consecuencias.

 

Si nos detenemos a analizar el desarrollo de las fiestas de este año, el debate cobra aún más sentido. La víspera de Santiago estuvo marcada por un espectáculo pirotécnico de aproximadamente media hora de duración. Esa misma mañana se lanzaron sobre una veintena de cañonazos que hicieron retumbar buena parte del casco urbano. Horas antes, durante la noche anterior, ya se habían escuchado los estruendos del volcán y de los tradicionales caballitos de fuego. A ello hay que añadir la pirotecnia utilizada durante las procesiones de Santiago y de Santa Ana, así como en otros actos festivos. Más allá de la valoración que cada uno haga de estos actos, resulta evidente que la presencia de la pirotecnia ha sido especialmente intensa durante buena parte de las celebraciones.

 

La mañana del 24 de julio me encontraba en la Plaza Chica y pude ver cómo algunos niños se sobresaltaban con la intensidad de las detonaciones. No se trata de buscar culpables ni de exagerar una situación concreta. Es, simplemente, la constatación de que el ruido no afecta a todos por igual y de que también es necesario tener presentes esas realidades cuando se programa una celebración.

 

Y hay algo que resulta evidente. El debate no solo está presente en las redes sociales; también forma parte de muchas conversaciones entre vecinos cada vez que llegan las fiestas. Las opiniones son diversas, como es lógico, pero cuando una preocupación ciudadana se mantiene en el tiempo, lo más sensato no es ignorarla, sino escucharla y analizarla con serenidad.

 

También resulta inevitable preguntarse cómo se compatibiliza la apuesta municipal por el bienestar animal con la celebración de espectáculos pirotécnicos de gran intensidad. No se trata de cuestionar el trabajo que se realiza en esa materia, sino de abrir una reflexión sobre la coherencia entre los principios que se defienden y determinadas decisiones que se adoptan. La tradición y la protección del bienestar no tienen por qué ser conceptos incompatibles si existe voluntad para encontrar un equilibrio.

 

Personalmente, no me gustan especialmente los fuegos artificiales, pero tampoco me molestan. No tengo animales en casa, no convivo con personas a las que este ruido les afecte de forma directa ni padezco ninguna circunstancia que me haga sufrir durante estos espectáculos. Precisamente por eso considero que la empatía debe ir más allá de las circunstancias personales. No hace falta verse afectado para comprender el sufrimiento de los demás ni para defender una forma de celebrar que tenga en cuenta a toda la sociedad.

 

Quizá haya llegado el momento de replantear también la forma en la que se diseñan nuestras fiestas. La participación ciudadana no debería limitarse a asistir a los actos, sino también a contribuir a definirlos. Abrir espacios de diálogo en los que estén presentes colectivos culturales y festivos, asociaciones vecinales, entidades sociales, representantes del bienestar animal, comerciantes, vecinos y personas con diferentes capacidades y sensibilidades permitiría construir unas celebraciones más consensuadas y representativas. Escuchar a quienes conviven cada día en el municipio no debilita las tradiciones; al contrario, las fortalece porque las adapta a la realidad social y hace que todos se sientan parte de ellas.

 

Las fiestas populares siempre han sido un espacio de encuentro entre generaciones, un lugar donde vecinos, familias y visitantes comparten una misma identidad. Precisamente por eso, cualquier decisión que afecte a la convivencia merece ser escuchada y debatida con serenidad.

 

Da la sensación de que, en ocasiones, pesa más proyectar una imagen espectacular hacia el exterior que garantizar una celebración respetuosa con quienes viven el día a día del municipio. Y esa forma de entender las fiestas termina pasando factura. Porque, por encima de cualquier ideología, de cualquier interés político o de cualquier tradición, hay valores que nunca deberían perderse: el sentido común, la empatía y el respeto por el bienestar de las personas y de todos los seres vivos.

 

No pretendo convencer a quienes disfrutan de los fuegos artificiales ni cuestionar una tradición que forma parte de nuestras fiestas desde hace décadas. Lo que defiendo es algo mucho más sencillo: que todos podamos disfrutar del periodo festivo.

 

Hay que escuchar a quienes piensan diferente, buscar fórmulas que reduzcan el impacto de determinadas celebraciones y abrir espacios de participación ciudadana no es renunciar a nuestras costumbres, sino demostrar que somos capaces de hacerlas mejores.

 

Porque las fiestas no pertenecen a una administración, ni a una comisión organizadora, ni a un colectivo determinado. Las fiestas pertenecen a todo un pueblo. Y cuando un pueblo es capaz de escucharse a sí mismo, sus tradiciones no se debilitan; simplemente evolucionan para seguir siendo de todos.

 

Cuando el ruido de la pólvora termina eclipsando la conversación sobre la convivencia, quizá haya llegado el momento de escuchar más a las personas y un poco menos a las explosiones.

 

Moisés Rodríguez Gutiérrez

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