Mi abuela

Quico Espino

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Era muy simpática mi abuela. Tenía siempre la sonrisa en los labios y en la mirada, la cual era una de sus características principales. Quienes la conocían, decían que se reía primero con los ojos que con la boca.
 
Se llamaba Tomasa Caballero. Me gusta el apellido Caballero, el segundo de mi padre, que yo lo habría querido tener entre los míos porque Sánchez no me seduce en absoluto. Espino Caballero, como mi padre, habría querido que fuesen mis apellidos, pero las cosas son como son y bastante tengo ya con el hecho de que mi abuelo, el marido de Tomasa, no se llamaba Espino sino Díaz, un rollo el que se formó, de tal forma que algunos de mis primos me decían y me dicen cuando me ven: “adiós, Espino comprado”, y yo, con cierto coraje, les contesto: “adiós, Díaz vendido”. 
 
Pero no quiero entrar al trapo en ese sentido sino centrarme en mi abuela, que es la que me dio el padre que me tocó, uno de los doce hijos que le vivieron, que no son pocos. Una mujer que se pasó toda su vida trabajando para sacar adelante la prole que tuvo y que no vistió sino de negro, por el luto que siempre la acució, aunque de último, a punto de cumplir los ochenta, le hizo una promesa a la virgen del Carmen y se vestía con un batilongo canelo, que fue el adjetivo que le puso de nombre a su burro casi sesenta años antes: Canelo. 
 
Mi abuela fumaba en cachimba, cosa que dio pábulo a que le llamaran la atención, sobre todo los médicos, que no paraban de decirle que lo dejara. Una vez le salió un quiste a la derecha de la boca y, mientras estaba operada, fumaba por la parte izquierda.
 
Recuerdo que cuando la acompañaba a vender pescado salado y pan de millo a Agüimes, ella siempre con sus trajes largos de bolsillos enormes, llenos de cajetillas de fósforos, se sentaba con sus clientas a fumar y que acostumbraba a pedir lumbre teniendo ella un montón de fósforos en su poder. A punto estuve de saltar varias veces pero entonces me echaba una mirada que me impedía hacer lo que me parecía correcto.
 
Una vez fui con ella a ver a Pepe Monagas, el cual, al mirarla sentada entre el público, empezó a decirle que sabía de ella algunas anécdotas y que si no le importaba que las contara. Y mi abuela empezó a reírse sobre la marcha.
 
-Ustedes conocen a Tomasa la Joyeta. Pues si no la conocen yo se los voy a decir. Resulta que su marido, que era muy supersticioso, estaba enfermo, con fiebre y todo. Entonces ella, que le gustaba más una perrería que comer, se subió a la azotea, con un quinqué y una sábana y empezó a dar patadas en el techo, justo encima de donde estaba el esposo. 
 
-Tomasa, ¿eso qué es? –preguntaba él, que estaba tirado con la fiebre ardiéndole en la frente. Ella, callada, siguió dando golpes en la azotea. Y él continuó preguntando que qué era aquello, hasta que se levantó y se asomó al patio por donde se subía a la azotea. Entonces ella se echó la sábana sobre el cuerpo, se puso el quinqué bajo la sábana y bajó por la escalera gritando como un fantasma.  Y luego le dijo a todo el mundo: Él se cagó y se meó todito por las patas pabajo.
 
Las carcajadas se oyeron por toda el recinto. Y casi todas las mujeres se orinaron de la risa. Entre ellas mi abuela, que era la protagonista del cuento, demostrando su gran sentido del humor, porque se estaba riendo de ella misma.
 
Mi abuela fue la primera persona a la que le oí decir que el sentido del humor empieza por uno mismo.
 
Quico Espino
Foto: álbum familiar
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