¿Siguen siendo excepcionales las Fiestas de Santiago?
Hubo un tiempo en el que julio no llegaba lo suficientemente rápido. Quienes crecimos en Gáldar pasábamos los meses previos contando los días para que comenzaran las Fiestas Mayores de Santiago Apóstol. La cuenta atrás empezaba mucho antes de que aparecieran los primeros carteles o se presentara el programa. Julio no era un mes cualquiera; era el mes de Santiago.
Del 1 al 27 de julio, la ciudad se transformaba. Gáldar se convertía en un auténtico punto de encuentro con la tradición, la agricultura, la ganadería, el folclore y la cultura popular. Llegaba la elección de la Guayarmina, el pregón, las grandes verbenas, las exposiciones, las carrozas, los actos populares, el concierto de la Banda Municipal, la representación teatral en los días previos a la festividad del Apóstol, los tradicionales papagüevos de la víspera, la feria de ganado y, desde finales de los años noventa, aquellos multitudinarios conciertos que marcaron a toda una generación. ¿Quién no recuerda aquel concierto de Ella Baila Sola, en 1999, en la Plaza de Santiago, que abrió una nueva etapa para las fiestas?
También quedaron grabadas en la memoria otras citas que hoy parecen haberse perdido con el paso del tiempo, como el concierto de rock protagonizado por los grupos locales que ensayaban en la Casa de la Juventud. Aquella noche era una oportunidad para que los jóvenes músicos mostraran su talento ante su propia gente y demostraran que en Gáldar también existía una cantera musical que merecía ser escuchada.
Y cómo olvidar aquellas quinielas improvisadas entre amigos para intentar adivinar qué artista sería el elegido para actuar en las fiestas de ese año. Las conversaciones comenzaban semanas antes de que se hiciera pública la programación. Cualquier rumor alimentaba la ilusión y cualquier pista era suficiente para iniciar un debate. La espera también formaba parte de la fiesta.
Recuerdo incluso el ambiente que se respiraba cuando empezaban a montar el escenario en la Plaza de Santiago o cuando las calles comenzaban a engalanarse. Eran pequeñas señales que anunciaban que algo importante estaba a punto de suceder. El pueblo entero parecía prepararse para vivir sus días grandes.
La tradicional representación teatral en los días previos a la festividad de Santiago era otra de las citas imprescindibles. Durante años fue uno de esos actos esperados que ayudaban a crear el ambiente festivo en la ciudad. Hoy continúa formando parte de la programación, aunque da la sensación de haber quedado relegada a un segundo plano, casi como si estuviera metida con un calzador entre una agenda cada vez más cargada de actividades.
Del mismo modo, los tradicionales papagüevos de la víspera han evolucionado hacia un formato diferente, más cercano al concepto de una Rama que, dicho sea de paso, parece no haber terminado de cuajar entre buena parte del público, alejándose de aquella imagen que muchos conservan en su memoria.
Algo similar ocurre con la Romería Ofrenda. Durante años se ha hablado de la necesidad de que evolucionara, no hacia una romería más grande, sino hacia una romería que profundizara en su valor cultural y patrimonial. Sin embargo, la sensación es que sigue primando más la cantidad que la calidad, el poder de convocatoria y, en ocasiones, incluso el postureo, antes que el verdadero significado de una de las manifestaciones más importantes de nuestras fiestas.
No hay más que fijarse en el titular que habitualmente protagoniza la jornada siguiente: “Multitudinaria Romería Ofrenda a Santiago en Gáldar”. Sin duda, la participación es motivo de satisfacción y demuestra el arraigo que mantiene este acto. Pero cuando el principal mensaje vuelve a ser la cantidad de asistentes, cabe preguntarse si la romería tiene algo más que contar y si estamos poniendo en valor aquello que realmente la hace diferente.
La propia nota institucional afirmaba textualmente que “un año más, los romeros han cumplido con la tradición acudiendo perfectamente ataviados con los trajes típicos tradicionales de diferentes localidades canarias”. Es cierto que, en los últimos años, la calidad y el rigor de muchas vestimentas han mejorado de forma evidente. Hay grupos, colectivos y particulares que realizan un trabajo extraordinario de investigación y recuperación de la indumentaria tradicional. Basta con contemplar algunas vestimentas para comprobar el enorme esfuerzo y respeto por nuestras raíces.
Pero, al mismo tiempo, también siguen viéndose atuendos que poco o nada tienen que ver con la indumentaria tradicional canaria. Aunque el nivel general ha mejorado notablemente, todavía persisten errores que desvirtúan el sentido de una romería que debería ser, además de una fiesta, una auténtica muestra del patrimonio etnográfico de las islas.
Quizá el verdadero reto de la Romería Ofrenda no sea seguir creciendo en participación, sino hacerlo en autenticidad. Porque cuando el principal titular vuelve a ser únicamente que ha sido multitudinaria, se corre el riesgo de dejar en un segundo plano todo lo que realmente la hace única: su historia, su simbolismo, la música tradicional, las carretas, las ofrendas, reflejo de la solidaridad de nuestra gente, la indumentaria y el inmenso legado cultural que representa. Una romería con tanta historia no debería medirse solo por el número de personas que participan, sino por su capacidad para transmitir, proteger y divulgar nuestras tradiciones.
A ello se suma otro aspecto que, probablemente, también merezca una reflexión. La instalación de mesas a lo largo del recorrido ha terminado generando, en algunos puntos, una convivencia difícil con el vecindario. Más allá de la propia celebración, existen efectos colaterales que afectan al descanso y al bienestar de quienes residen en esas calles: barbacoas instaladas bajo ventanas, con la consiguiente acumulación de humo que obliga a mantener cerradas las viviendas durante horas; equipos de música a gran volumen, en muchas ocasiones ajenos al carácter tradicional de la romería; y concentraciones que prolongan la actividad festiva justo debajo de los domicilios. Disfrutar de una fiesta tan arraigada no debería ser incompatible con el respeto hacia quienes conviven con ella cada año.
Esta reflexión sobre la convivencia no debería limitarse únicamente a la Romería Ofrenda. También convendría extenderla al resto del año, porque el derecho a celebrar y el derecho al descanso no son incompatibles. Encontrar un equilibrio entre ambos debería formar parte de cualquier programación festiva. Quizá haya llegado el momento de abrir ese debate con serenidad y de tomar como referencia aquellas experiencias vecinales que han demostrado que es posible compatibilizar la actividad festiva con el respeto hacia quienes viven en los espacios donde esta se desarrolla.
Y, por encima de todo, estaba la razón de ser de estas fiestas: la devoción a Santiago Apóstol. Porque conviene no olvidar que el verdadero origen de la celebración no son los conciertos, las verbenas o los espectáculos. El verdadero motivo es honrar al patrón de Gáldar. Todo lo demás era, y sigue siendo, un complemento a una celebración que durante siglos ha unido tradición, cultura y fe.
Sin embargo, el paso del tiempo también ha cambiado nuestra forma de vivir las fiestas. Antes, el calendario parecía avanzar lentamente hasta llegar a julio. Las Fiestas de Santiago suponían un punto de inflexión en el verano y eran, para muchos, el momento más esperado del año.
Hoy la realidad es diferente. La oferta cultural, festiva y de ocio es prácticamente continua. Hay conciertos, romerías, festivales, encuentros folclóricos y celebraciones durante casi todos los meses del año. Esa intensa actividad ha hecho que aquella espera cargada de ilusión se haya ido diluyendo poco a poco.
Quizá lo más llamativo no sea que existan grandes celebraciones en los municipios vecinos, algo que siempre ha ocurrido. Lo verdaderamente novedoso es que el propio municipio de Gáldar mantiene hoy una programación prácticamente permanente. A ello se suma la actividad que organizan los barrios gracias al esfuerzo de sus comisiones de fiestas y colectivos vecinales. Entre unos y otros, el calendario apenas deja espacio para echar de menos la llegada de julio.
No se trata, en absoluto, de restar mérito a esas celebraciones ni al extraordinario trabajo que realizan quienes las hacen posibles. Todo lo contrario. Gracias a ellos, los barrios mantienen vivas sus tradiciones y fortalecen la convivencia. Pero quizá también sea oportuno preguntarse si esa sucesión constante de actos, especialmente los impulsados en el propio casco durante todo el año, ha terminado restando parte del carácter excepcional que durante generaciones tuvieron las Fiestas Mayores de Santiago.
Había incluso un momento en el que todos éramos conscientes de que las fiestas llegaban a su fin. El 27 de julio, cuando se celebraba la festividad de San Cristóbal y tenía lugar la tradicional bendición de los vehículos, una cierta tristeza comenzaba a apoderarse del ambiente. Aquella jornada marcaba el punto y final a casi un mes de celebraciones, de encuentros, de música y de vida en las calles.
Pero esa nostalgia duraba muy poco. Casi sin darnos cuenta comenzaba una nueva cuenta atrás. La ilusión se renovaba pensando en el próximo Santiago y la espera volvía a convertirse en la gran protagonista. Mientras tanto, el calendario seguía su curso. Llegaban las fiestas de los barrios, cada una con su personalidad y su encanto; después las Navidades, San Sebastián, los Carnavales, la bajada de La Vega, la Semana Santa y, nuevamente, el ciclo festivo de los barrios. Sin apenas advertirlo, el tiempo volvía a colocarnos frente a las puertas de un nuevo mes de julio.
Quizá esa era la gran diferencia. Antes las fiestas tenían un principio y un final muy definidos. Existía un tiempo para disfrutarlas y otro para esperarlas. La espera formaba parte de la propia celebración. Alimentaba la imaginación, aumentaba las ganas de volver a encontrarse y hacía que cada edición de las Fiestas de Santiago se viviera como un acontecimiento único.
Tal vez por eso julio ya no se espera como antes. No porque las Fiestas de Santiago haya perdido su importancia, sino porque han dejado de ser aquella cita única cargada de esencia que marcaba el calendario y el comienzo del verano para varias generaciones de galdenses.
Los tiempos cambian y las fiestas también evolucionan. Es ley de vida. Cada época tiene sus formas de celebrar y cada generación construye sus propios recuerdos. Pero quienes tuvimos la fortuna de crecer esperando la llegada de Santiago sabemos que había algo especial en aquella cuenta atrás. Una emoción que comenzaba mucho antes de que sonara la primera verbena o repicaran las campanas de la iglesia. Una ilusión compartida que convertía a julio en un mes diferente.
Porque las Fiestas de Santiago nunca empezaban realmente el 1 de julio ni terminaban el 27. En realidad, comenzaban el mismo día en que finalizaban las anteriores, cuando la ilusión volvía a ponerse en marcha y la espera recuperaba el protagonismo. Quizá esa sea la mayor diferencia con el presente: antes esperábamos las fiestas; hoy, simplemente, llegan envueltas en una vorágine de actos constantes.
Y quizá sea precisamente esa ilusión de esperar la que nunca deberíamos perder. Tal vez también haya llegado el momento de dejar que Gáldar respire por sí sola, sin la necesidad de vivir permanentemente envuelta en una programación continua que, en ocasiones, termina confundiendo la cantidad con la calidad y, sobre todo, con la excepcionalidad.
Moisés Rodríguez Gutiérrez





























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