Gáldar: crónica de dos grandes acontecimientos

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]La historia de las ciudades suele escribirse a partir de aquellos momentos capaces de alterar su rumbo. La inauguración de un puerto que abre nuevas rutas comerciales, la construcción de un hospital que transforma la atención sanitaria, la llegada del ferrocarril, la apertura de una universidad o cualquier otra obra destinada a modificar la vida de miles de personas. Son acontecimientos que justifican ceremonias, discursos y fotografías porque, con el paso del tiempo, terminan formando parte de la memoria colectiva.
 
Gáldar, sin embargo, ha decidido ampliar esa definición y demostrar que la categoría de gran acontecimiento admite horizontes mucho más generosos. En apenas unos días, el municipio ha asistido a dos citas que, vistas desde la óptica de la comunicación institucional, parecen llamadas a ocupar un lugar preferente en la historia local: la culminación de una cubierta transitable en las Casas Consistoriales y la inauguración de una escalera que conecta dos calles en el barrio de La Montaña.
 
No existe aquí reproche alguno hacia las actuaciones. Rehabilitar un edificio histórico es una obligación que merece reconocimiento, del mismo modo que mejorar un acceso peatonal facilita la vida cotidiana de los vecinos. Lo verdaderamente interesante no son las obras, sino la extraordinaria capacidad para envolverlas en un relato donde cada intervención adquiere la dimensión de una gesta administrativa y cada mejora parece anunciar el comienzo de una nueva época.
 
Resulta admirable observar cómo el lenguaje institucional es capaz de transformar la escala de las cosas. Una azotea deja de ser una cubierta para convertirse en un mirador con nuevas posibilidades culturales, institucionales y turísticas. Un tramo de escaleras deja de comunicar dos calles para convertirse en una actuación destinada a impulsar la accesibilidad, la integración paisajística y la calidad de vida con una solemnidad que casi invita a pensar que estamos ante una infraestructura llamada a cambiar el destino del municipio.
 
Quizá sea esa la auténtica innovación política de nuestro tiempo. Ya no basta con gestionar correctamente los recursos públicos. Ahora es necesario dotar a cada actuación de una narrativa suficientemente grandiosa como para que el ciudadano perciba que acaba de asistir a un acontecimiento grandioso. La administración ya no solo ejecuta obras; también produce acontecimientos.
 
Y es precisamente ahí donde aparece la paradoja. Cuanto más cotidiano resulta el objeto de la inauguración, mayor parece ser el esfuerzo por elevarlo a la categoría de símbolo. La normalidad necesita convertirse en extraordinaria porque la gestión ordinaria, por eficaz que sea, rara vez genera titulares memorables.
 
No deja de tener cierto mérito. Durante siglos la arquitectura entendió que las escaleras servían para subir y las cubiertas para proteger los edificios de la lluvia. Gáldar ha conseguido añadirles una función que los tratadistas clásicos jamás imaginaron: convertirse en protagonistas de la agenda política y mediática del municipio.
 
Quizá dentro de algunos siglos, cuando algún investigador reconstruya nuestra época a partir de las notas de prensa conservadas, llegue a la conclusión de que el gran salto de la ciudad en las primeras décadas del siglo XXI no estuvo marcado por profundas transformaciones económicas o sociales, sino por el emocionante descubrimiento de que también era posible celebrar con extraordinaria solemnidad una azotea y una escalera.
 
Y tal vez ese historiador, incapaz de distinguir entre la importancia de las obras y la intensidad con la que fueron presentadas, acabe convencido de que el verdadero patrimonio que se protegía en Gáldar no era únicamente el arquitectónico, sino una forma muy particular de entender la comunicación pública, aquella según la cual la relevancia de un acontecimiento nunca depende de su tamaño, sino de la cantidad de discursos, fotografías y adjetivos que consiga reunir a su alrededor.
 
Guayarmina Guanarteme
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