Microrrelatos. Tiempo de romerías

Un homenaje a la herencia, los aromas y las emociones que unen a generaciones de canarios en torno a sus tradiciones.

Olga Valiente Miércoles, 22 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Mi abuela solía contarme que hay ropa que no solo se coloca sobre el cuerpo, sino sobre el alma. Nunca entendí muy bien a qué se refería hasta aquella tarde de sábado, en pleno mes de julio, frente al espejo de su casa. El mismo espejo en el que solía mirarse ella y que ahora me reflejaba a mí terminando de colocarme el traje de canaria con las manos ligeramente temblorosas.

 

La falda de rayas caía pesada sobre mis tobillos; el delantal blanco, roído ya de tantas romerías; y el pañuelo, doblado y colocado con paciencia, guardaba aún el aroma del hogar.

 

Olía a lavanda, a romero, a ropa lavada y guardada con cariño para vivir, otro año más, uno de los días más importantes. Olía a mi tierra.

 

Antes de vestirme acaricié los encajes de la blusa durante unos segundos. Mi abuela la había cosido hacía ya muchos años, puntada tras puntada, solo para mí. Tal como lo había hecho su abuela para ella. En la yema de mis dedos podía sentir las historias que se habían quedado atrapadas en cada hilo.

 

Cuando terminé de arreglarme levanté la vista, admirando la imagen que el espejo me devolvía y que hacía tanto tiempo no veía.

 

Era yo. Pero también ella y todas las demás mujeres que llegaron antes que yo y forman parte de mi linaje.

 

Fuera, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar anunciando el inicio de la romería. Desde la ventana, abierta de par en par, se escuchaba el bullicio del pueblo. El sonido de los timples afinando, las guitarras marcando el compás y las voces de hombres y mujeres uniéndose en un solo cantar.

 

El aire arrastraba el aroma típico de la tierra: carne, papas arrugadas, queso curado, gofio amasado, vino, ron... y polvo de las pisadas de los animales y las alpargatas.

 

Cerré los ojos y me dejé embriagar.

 

El sentimiento compartido por los canarios en momentos así es difícil de explicar. Es la emoción de saber que pertenecemos a ocho islas, y no solo a una; de formar parte de un pueblo pequeño, pero grande de corazón y repleto de gente; de una forma de vivir la vida, especial y única en el mundo; de compartir una misma historia arraigada ya en los corazones desde que nacemos.

 

Mi abuela siempre decía que la romería era la mejor fiesta de todas, el día más importante, el momento en el que no solo se baila con los pies, sino también con el alma; el lugar en el que se recuerda quiénes somos.

 

Y ahora sé cuánta razón tenía.

 

Ante aquel espejo me vi, de pronto, otra vez con seis años, caminando de la mano de mis abuelos en medio de las carretas adornadas con ramas de palmera, frutas y flores. Recordé cómo me cogía en brazos y bailaba al son de las parrandas mientras me enseñaba a distinguir una isa de una folía.

 

A mi mente vuelve la imagen de la plaza llena de gente, de las puertas de las casas abiertas, de la gente ofreciendo comida, de las mujeres en los balcones llenos de flores, de los hombres afinando el timple, de las risas...

 

Y pensar que pasé mis años de universidad intentando parecer más cosmopolita, viviendo en mitad de la ciudad y suavizando mi acento para esconder mi procedencia. Dejé de decir «fleje», «machango» y «mi niño» delante de quienes sonreían con condescendencia sin saber lo equivocada que estaba. Porque uno puede vivir en cualquier lugar del mundo, acostumbrándose al frío, a las grandes avenidas rebosadas de gente, a los edificios infinitos y los vecinos desconocidos, pero hay cosas que siempre permanecen: el olor a alisio, el ruido de las olas del mar, la imagen del Teide subiendo San Felipe, los latidos del corazón y el nudo de la garganta ante los primeros acordes de Los Gofiones.

 

Canarias es y será siempre mi lugar.

 

La imagen en el espejo me devolvió la sonrisa. Me coloqué los pendientes y me volví a mirar. Nunca me había sentido tan hermosa. No por la ropa, sino por todo lo que llevaba por dentro; por mi madre y por mi abuela; por el esfuerzo de quienes sembraron esta tierra volcánica; la paciencia de los hombres y mujeres que formaban parte de este pueblo; por quienes salieron y pidieron al mar poder regresar...

 

Bajé las escaleras despacio. Abrí la puerta y me encaminé hacia la plaza sintiendo el abrazo cálido del sol. La calle estaba llena: los niños corrían, las abuelas bailaban, las parrandas tocaban y las carretas avanzaban lentamente entre risas, brindis y canciones. Y comprendí, ante aquella bonita estampa, lo que siempre quiso transmitirme mi abuela: que la romería, y el resto de nuestras tradiciones, es el lugar donde la memoria se viste de fiesta para recordarnos que ningún canario camina solo.

 

Olga Valiente

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.82

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.