Yo creía que los burros eran todos burros, que no había ninguno inteligente hasta que a los doce años leí “Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez, que lo escribió en 1914. Esta novela transmite un mensaje que tiene que ver con la inocencia, el encanto de las cosas simples, el respeto hacia los animales y el valor de la amistad entre una persona y un animal. A través de la relación entre el autor y Platero, la obra enseña a cultivar la empatía, a cuidar la naturaleza y a atesorar viva la inocencia frente a un mundo que puede llegar a ser cruel.
Nueve años antes de que Juan Ramón Jiménez escribiera su famosa novela, mi abuela, que se llamaba Tomasa, pero que bien se habría podido llamar Peregrina, pues se pasaba todo el día de pueblo en pueblo, se compró un burro y le puso de nombre Canelo. Lo compró para tirar de un carro pequeño en el que ella llevaba pescado salado, queso, pan de millo (que ella amasaba y horneaba con leña), chochos, corazones de alcachofas (que pelaba y los ponía en salmuera y que vendía a perra chica la unidad), cueros de baifo, almendras garrapiñadas…
Mi abuela contaba veinte años y ya tenía cuatro de los dieciocho hijos que tuvo cuando compró a Canelo. A sus hijas, que tuvo diez (mi padre tenía diez hermanas) las solía subir a lomos de Canelo para darles una vuelta.
Canelo siempre llevaba una esquila al cuello y por tanto se sabía dónde se encontraba. Ella se presentaba en lugares como en Carrizal, Agüimes, Cruce de Arinaga y Vecindario, donde le compraban la mercancía.
-Ahí está Tomasa la Joyeta –decían los vecinos de esos pueblos cuando ella llegaba. La llamaban Tomasa la Joyeta porque vivía en un barrio de Ingenio llamado La Hoyeta
Al Carrizal no le gustaba ir a Canelo, porque era muy cuesta abajo y luego cuesta arriba. El Cruce de Arinaga y Vecindario le parecían muy lejos. Agüímes le seducía porque era una carretera llana, con algunas curvas, y porque había tomateros y árboles frutales y olivos por todo el camino. Al burro le gustaba comer tomates y manzanas y, además, había una señora en Agüimes, clienta de mi abuela, que le daba agua y un puñado de millo.
Canelo no tenía ni un pelo de bobo y cada vez que iba hacia Agüimes se le veía muy contento. Tanto que rebuznaba de alegría. Siempre que lo oía rebuznar, mi abuela pensaba que se estaba riendo. Había contraído con él un vínculo, el de la amistad y el respeto, y, aunque no conocía la palabra empatía, se ponía en su lugar y se reía con él.
Todo esto me lo contó mi abuela cuando yo, con nueve años, iba con ella a vender tortas de millo y pescado salado a Agüimes. Ella tenía más de setenta y se había quitado la dentadura.
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También me contó que Canelo falleció de viejo, a los cuarenta y cinco años, no como Platero, que murió repentinamente al comer una hierba venenosa. Ella lo quiso mucho. No conoció a Platero, pues nunca se leyó la novela. No obstante, sin saberlo, usó las mismas vocales para el nombre de su burro.
Me encantaba, ya lo he contado, que una vez que habíamos acabado de vender la mercancía, nos comíamos dos polos americanos, como bloques de dieciocho, ella de fresa y yo de naranja, sentados en la acera mientras esperábamos el coche de hora.
Siempre recordaré la figura de mi abuela pegándole lametones al polo.
Quico Espino
Dibujo de cabecera de Antonio Juan Valencia Moreno y la foto del álbum familiar
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