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Hay una diferencia enorme entre una romería y una
ronería. La primera es una manifestación popular donde la tradición, el folclore y la identidad de un pueblo son los auténticos protagonistas. La segunda es exactamente lo que Gáldar lleva años perfeccionando hasta convertirlo casi en una marca propia: una fiesta donde el alcohol termina eclipsándolo todo y donde aquello que durante décadas hizo grande esta celebración ha ido desapareciendo sin que nadie parezca dispuesto a reconocerlo.
Lo más llamativo es que ya nadie puede decir que le sorprendiera lo ocurrido este año. Todo transcurrió conforme al guion. El mismo de siempre. La misma desorganización, la misma falta de previsión y la misma sensación de que la preocupación de quienes dirigen el evento termina justo donde dejan de estar las cámaras. Delante de Santiago todo parece controlado, todo aparenta funcionar y todo transmite una imagen de orden. Sin embargo, basta avanzar unos metros para comprobar que el resto del recorrido parece quedar abandonado a su suerte, como si la fiesta tuviera dos versiones: la oficial, pensada para la fotografía, y la real, la que viven los vecinos.
Mientras tanto, la propia imagen de la romería se diluye año tras año. Ya casi resulta anecdótico encontrar grupos vestidos con la ropa tradicional canaria. En su lugar abundan los tirantes, las zapatillas deportivas de última generación, maquillajes propios de una gala drag y las ya célebres «falditas de Néstor» en algunos hombres, convertidas para muchos en el supuesto uniforme de una fiesta que, paradójicamente, presume de defender las tradiciones. Nadie discute la libertad de cada cual para vestirse como le dé la gana. El problema aparece cuando quienes durante todo el año llenan sus discursos de referencias al patrimonio cultural parecen no encontrar contradicción alguna entre hablar de identidad y convertir una romería en un desfile donde lo tradicional es, precisamente, lo excepcional.
Pero quizá el mayor éxito de esta edición haya sido conseguir que cada vez participe menos gente. Durante años fueron los vecinos quienes levantaron esta fiesta con esfuerzo, ilusión y decenas de carretas que daban sentido al recorrido. Hoy muchas han desaparecido, víctimas de unas normas de "seguridad" que, lejos de fomentar la participación, han servido para expulsarla. Resulta curioso comprobar cómo se presume de proteger una tradición mientras se ponen tantos obstáculos que los propios participantes acaban renunciando a formar parte de ella. Al final ocurre lo inevitable: menos carretas, menos implicación vecinal y una fiesta cada vez más desnaturalizada.
Y mientras la esencia desaparece, hay algo que nunca falla. Las borracheras siguen ocupando cualquier esquina, las escenas impropias de una romería vuelven a repetirse año tras año y el verdadero protagonista parece ser el consumo de alcohol. Hasta tal punto que cuesta seguir llamándola romería sin caer en la ironía. Quizá por eso hace tiempo que muchos prefieren definirla como una ronería, porque el nombre termina describiendo mucho mejor la realidad que cualquier cartel institucional.
Eso sí, protagonismo político no faltó. Nunca falta. La corporación municipal volvió a ocupar un espacio que debería corresponder a los verdaderos protagonistas de la fiesta: los vecinos que aún mantienen viva la tradición pese a los obstáculos. Porque da la sensación de que, para algunos, la romería es cada vez menos un patrimonio cultural y cada vez más un escenario donde dejarse ver, hacerse la foto y repetir, un año más, que todo ha sido un éxito rotundo.
Después llegarán los balances triunfalistas. Se volverá a hablar de una fiesta ejemplar, de una organización impecable y de la defensa de nuestras raíces. Se apelará, como siempre, al respeto por las costumbres y al valor del folclore canario. Sin embargo, basta echar un vistazo al recorrido para comprobar que entre el discurso y la realidad existe un abismo. Porque las tradiciones no desaparecen de golpe; se van vaciando poco a poco, edición tras edición, hasta que un día solo queda el nombre.
Y quizá el verdadero problema no esté en lo que ocurre un solo día al año, sino en lo que deja de hacerse durante los otros trescientos sesenta y cuatro. Porque las tradiciones no se conservan a base de discursos institucionales ni de fotografías el día de la romería. Se mantienen invirtiendo en cultura, enseñando a las nuevas generaciones de dónde vienen sus raíces y haciendo que se sientan orgullosas de ellas.
¿Dónde está la Escuela Municipal de Folclore de Gáldar? ¿Dónde están los talleres de vestimenta tradicional, de baile o de música popular en los colegios? ¿Dónde están las iniciativas para que los jóvenes conozcan el significado de una romería antes de participar en ella? Si no se siembra cultura durante todo el año, es imposible recoger tradición un solo día.
Luego resulta muy fácil lamentarse porque cada vez hay menos carretas, porque la gente viste de cualquier manera o porque el folclore pierde protagonismo. Pero la esencia no desaparece por casualidad; desaparece cuando deja de cuidarse. Y cuando una administración prefiere invertir en la fiesta antes que en la cultura que le da sentido, el resultado termina siendo inevitable: una romería que conserva el nombre, pero que va perdiendo el alma edición tras edición.
Porque las tradiciones no mueren de repente. Se vacían lentamente, entre la indiferencia de quienes tienen la responsabilidad de protegerlas y el silencio de quienes se conforman con que la música suene más fuerte que la identidad de un pueblo.
Eso sí, después hacemos declaraciones diciendo que Quevedo es un referente cultural de Canarias...
Guayarmina Guanarteme
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