Lo que el mar borra y la ciudad recuerda: ¿por qué el Belén de Arena de Las Canteras no es Bien de Interés Cultural?

Vidal Bolaños Betancort

[Img #41927]

Después de veinte ediciones, más de tres millones de visitantes y una profunda vinculación con la Navidad de Las Palmas de Gran Canaria, ha llegado el momento de preguntarse si esta creación colectiva debe seguir siendo considerada únicamente un acontecimiento turístico o si merece una protección patrimonial que garantice su continuidad.

 

Cada enero, el Belén de Arena desaparece.

 

Las figuras que durante semanas contemplaron el Atlántico pierden sus formas. Los rostros se desdibujan, las escenas se desmoronan y la arena regresa a la playa. No quedan muros, esculturas que trasladar a un almacén ni piezas que colocar detrás de una vitrina.

 

Y, sin embargo, el Belén permanece.

 

Permanece en las fotografías familiares, en la memoria de quienes acuden cada Navidad a La Puntilla, en las manos de los artistas, en las visitas de los colegios y en las monedas que los ciudadanos convierten en ayuda para los comedores sociales. Permanece, sobre todo, como una costumbre que la ciudad ya siente suya.

 

Ahí reside la paradoja: la obra desaparece, pero la tradición continúa.

 

Por eso, después de veinte ediciones, resulta legítimo formular una pregunta que las instituciones deberían estudiar con rigor: ¿por qué el Belén de Arena de Las Canteras no es todavía Bien de Interés Cultural?

 

Veinte años no se sostienen por casualidad

 

El Belén nació en 2006 y en diciembre de 2025 celebró su vigésima edición. Para aquel aniversario, una decena de escultores internacionales trabajó con cerca de 1.500 metros cúbicos de arena sobre una superficie aproximada de 1.500 metros cuadrados en la zona de La Puntilla. Desde su creación ha acumulado más de tres millones de visitantes y solo en 2024 recibió alrededor de 260.000 personas, según los datos difundidos por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. 

 

Las cifras impresionan, pero no deberían ser el argumento principal para reclamar una protección cultural.

 

El patrimonio no se mide únicamente contando visitantes. Un centro comercial puede recibir millones de personas y no convertirse por ello en patrimonio. Lo verdaderamente relevante es otra cosa: la capacidad de una manifestación para generar identidad, transmitir conocimientos, reunir a una comunidad y crear una continuidad entre generaciones.

 

Durante dos décadas, el Belén ha unido arte, paisaje, celebración navideña y solidaridad. Su acceso es gratuito y las donaciones recogidas se destinan a cinco comedores sociales de la capital. Las administraciones local, insular y autonómica colaboran en su realización junto con entidades privadas. 

 

No estamos, por tanto, ante unas esculturas aisladas.

 

Estamos ante una práctica colectiva que cada año transforma temporalmente un espacio natural y urbano en lugar de encuentro. Una costumbre contemporánea que ha pasado de ser una iniciativa cultural a formar parte del calendario emocional de la ciudad.

 

Muchos habitantes ya no imaginan la Navidad en Las Palmas de Gran Canaria sin ese recorrido entre figuras de arena y sonido de olas. El propio Ayuntamiento reconoce que se ha convertido en una cita imprescindible para la ciudadanía. 

 

¿No es precisamente así como comienza a construirse el patrimonio?

 

El patrimonio también puede ser efímero

 

Existe una idea equivocada según la cual un Bien de Interés Cultural debe ser necesariamente antiguo, sólido y permanente.

 

Pensamos en una iglesia, una casa histórica, un yacimiento o una fortaleza. Pero el patrimonio cultural también puede estar formado por conocimientos, técnicas, celebraciones, expresiones artísticas y formas de relación social que no pueden guardarse en una caja.

 

La Ley de Patrimonio Cultural de Canarias permite declarar Bien de Interés Cultural manifestaciones inmateriales vinculadas, entre otras categorías, a las artes del espectáculo, los usos sociales, los rituales y actos festivos, las técnicas artesanales tradicionales y las formas de socialización colectiva. 

 

Desde esa perspectiva, la posible protección del Belén no tendría que recaer sobre cada escultura, destinada inevitablemente a desaparecer. El objeto protegido podría ser la manifestación cultural en su conjunto: la tradición anual, el conocimiento artístico del modelado, su relación con Las Canteras, la participación ciudadana, su dimensión solidaria y la transmisión de la técnica a nuevas generaciones.

 

No se trataría de prohibir que la arena regresara a la playa.

 

Se trataría de asegurar que el Belén pudiera volver a levantarse.

 

La fragilidad material de las esculturas no debería ser un obstáculo. Al contrario: podría ser una de las razones para documentar y proteger los saberes que hacen posible su construcción. El patrimonio inmaterial no conserva objetos inmóviles; protege comunidades, procesos y conocimientos vivos.

 

La pregunta adecuada, por tanto, no es cómo preservar una figura de arena para siempre. Es cómo garantizar que dentro de veinte años siga existiendo una comunidad capaz de crearla.

 

¿Un atractivo turístico o una expresión cultural?

 

Las instituciones presentan habitualmente el Belén como uno de los grandes atractivos turísticos y culturales de la Navidad. El proyecto recibe apoyo económico y logístico del Ayuntamiento, el Cabildo de Gran Canaria y el Gobierno de Canarias. 

 

Ese respaldo es importante, pero también plantea una contradicción.

 

Si las administraciones lo consideran un símbolo de la ciudad, una proyección internacional de Gran Canaria, una plataforma para los artistas locales y una manifestación de identidad insular, ¿por qué no abrir formalmente el debate sobre su protección?

 

Tal vez porque todavía confundimos patrimonio con antigüedad.

 

Tal vez porque veinte años parecen pocos frente a las tradiciones transmitidas durante siglos. Pero toda costumbre centenaria tuvo alguna vez veinte años. La antigüedad importa, aunque no debería ser el único criterio. También cuentan la singularidad, la continuidad, la identificación de la comunidad y el valor cultural que se ha generado durante ese tiempo.

 

Tal vez el Belén no reúna todavía todos los requisitos técnicos para alcanzar la máxima categoría de protección. Esa posibilidad debe contemplarse con honestidad. Un BIC no puede convertirse en una medalla promocional concedida únicamente por popularidad, éxito turístico o conveniencia política.

 

Declarar algo patrimonio supone asumir obligaciones: investigarlo, documentarlo, establecer medidas de salvaguardia, favorecer su transmisión y evitar que su sentido cultural quede reducido a una marca comercial.

 

Pero precisamente por eso merece ser estudiado.

 

La respuesta institucional no debería ser un “sí” automático ni un “no” basado en la juventud de la iniciativa. Debería comenzar con una evaluación técnica, histórica, artística, social y antropológica.

 

Una pregunta dirigida al Cabildo

 

La legislación canaria establece que el Cabildo correspondiente puede iniciar de oficio un expediente para declarar un BIC de ámbito insular. El procedimiento también puede promoverse a instancia de otra administración o de cualquier persona física o jurídica. Cuando la solicitud parte de la ciudadanía o de una entidad, la administración debe pronunciarse sobre la incoación, inadmisión o desestimación de la petición. 

 

Esto significa que la pregunta no tiene por qué quedarse en un titular.

 

El Ayuntamiento podría promover la iniciativa. También podrían hacerlo la organización del Belén, asociaciones culturales, colectivos ciudadanos, artistas, investigadores o particulares. Correspondería al Cabildo de Gran Canaria valorar si existen fundamentos suficientes para iniciar el expediente y, posteriormente, elevar la propuesta al Gobierno de Canarias.

 

En las fuentes oficiales públicas consultadas no he localizado una declaración ni un procedimiento abierto específicamente para el Belén de Arena. La ausencia de un expediente conocido obliga a formular preguntas concretas:

 

¿Ha encargado alguna institución un estudio sobre su valor patrimonial?

 

¿Se ha documentado la evolución artística y social de sus veinte ediciones?

 

¿Existe un archivo completo de escultores, técnicas, fotografías, testimonios y actividades educativas?

 

¿Se está formando a artistas jóvenes para garantizar el relevo?

 

¿Podría reconocerse inicialmente mediante una figura de protección insular o municipal, aunque no alcanzara la consideración de BIC?

 

Estas cuestiones no buscan dictar una conclusión antes de realizar el análisis. Buscan impedir que la falta de iniciativa administrativa se confunda con falta de valor cultural.

 

Protegerlo sin convertirlo en una postal vacía

 

La declaración patrimonial tampoco debería petrificar el Belén.

 

Una tradición viva necesita cambiar. Cada edición incorpora artistas, relatos y referencias distintas. En 2025, por ejemplo, el conjunto rindió homenaje a Gran Canaria y a Néstor Martín-Fernández de la Torre. 

 

La protección debería respetar esa libertad creativa. No tendría sentido imponer que todas las ediciones fueran idénticas ni convertir el proyecto en una reproducción anual de sí mismo. Lo que habría que conservar no es una composición determinada, sino su esencia: la creación artística con arena, la ubicación junto al mar, el encuentro ciudadano, la transmisión del conocimiento y su vocación social.

 

También sería necesario garantizar que la dimensión turística no desplazara a la cultural. Cuando una tradición se convierte exclusivamente en producto, corre el riesgo de perder aquello que la hizo significativa para su comunidad.

 

El Belén no debería ser protegido porque atrae turistas.

 

Debería ser valorado porque pertenece emocionalmente a la ciudad. El turismo puede ser una consecuencia de ese arraigo, no su única justificación.

 

Reconocer antes de lamentar

 

Las sociedades suelen declarar patrimonio aquello que temen perder. A veces actúan cuando los artesanos han desaparecido, cuando la tradición apenas se practica o cuando el último testimonio está a punto de extinguirse.

 

Quizá deberíamos invertir ese comportamiento.

 

Proteger también aquello que está vivo, que convoca a miles de personas y que todavía dispone de una comunidad capaz de transmitirlo. No esperar al abandono para descubrir el valor.

 

El Belén de Arena es joven si se compara con manifestaciones centenarias. Pero veinte años de continuidad tampoco son un accidente. Son el resultado del trabajo de artistas, organizadores, operarios, instituciones, empresas y visitantes. Son miles de recuerdos compartidos y una generación de niños que ha crecido visitándolo cada Navidad.

 

El mar borrará de nuevo las figuras. Esa es su naturaleza y, probablemente, una parte esencial de su belleza. Nos recuerdan que todo es temporal, incluso aquello que parece monumental.

 

Pero el hecho de que una obra esté destinada a desaparecer no significa que su historia deba quedar desprotegida.

 

La cuestión no es proclamar desde ahora que el Belén de Arena tiene que ser necesariamente BIC. La cuestión es exigir que se investigue, se documente y se valore públicamente.

 

Después de veinte ediciones, más de tres millones de visitantes y una evidente identificación ciudadana, la pregunta ya no resulta exagerada.

 

¿Qué más tiene que demostrar el Belén de Arena de Las Canteras para que las instituciones estudien seriamente su reconocimiento como patrimonio cultural?

 

Vidal Bolaños Betancort

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.82

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.