Cuarenta años después, el viejo Faro de Sardina vuelve en forma de réplica
La reproducción impulsada por el Ayuntamiento de Gáldar recupera uno de los símbolos más queridos de Sardina y abre una reflexión sobre la importancia de proteger el patrimonio antes de que solo nos quede reconstruir su recuerdo.
La reciente licitación por parte del Ayuntamiento de Gáldar del contrato para la fabricación, instalación y montaje de una reproducción del antiguo Faro de Sardina, con un presupuesto base de licitación de 34.146 euros, constituye una noticia que merece ser valorada positivamente. La actuación permitirá devolver simbólicamente al barrio uno de sus elementos más representativos mediante una reproducción que se instalará en el parque Don Juan Aguiar, junto al principal acceso al barrio marinero de Sardina.
No se trata únicamente de embellecer la entrada al barrio. Se trata de recuperar un símbolo que durante décadas formó parte del paisaje, de la historia y de la memoria sentimental de quienes nacieron o crecieron mirando hacia el mar desde este rincón del noroeste de Gran Canaria.
La iniciativa del Ayuntamiento merece reconocimiento. Recuperar, aunque sea de forma simbólica, la imagen del antiguo faro supone un gesto de respeto hacia la identidad de Sardina. Sin embargo, esta actuación también invita a una reflexión inevitable: si hoy es necesario construir una reproducción es porque en 1986 desapareció el edificio original. Cuarenta años después, aquella pérdida continúa muy presente en la memoria de muchos vecinos.
No escribo estas líneas para buscar culpables. Sería injusto juzgar el pasado únicamente con la sensibilidad patrimonial que existe en la actualidad. Hace cuatro décadas la conservación del patrimonio no ocupaba el lugar que hoy tiene en la conciencia colectiva. Pero precisamente porque hemos aprendido, conviene recordar lo ocurrido para que determinadas decisiones no vuelvan a repetirse.
Allá por el año 1999 tuve la fortuna de conocer a José Gil Ramos, más conocido como Pepe Gil, "el del camión". Aunque nunca tuvo la oportunidad de cursar estudios, la vida fue su mejor escuela. Aprendió a leer y a escribir por sí mismo y convirtió la experiencia en un conocimiento que pocas personas poseen. De él recibí muchas enseñanzas y sabios consejos que todavía hoy siguen acompañándome. Siempre me impresionó su capacidad para analizar cualquier situación con serenidad, objetividad y sentido común.
En aquella época la parada de los camiones se encontraba en la calle San Amaro, frente al 99 Hogar. Allí pasábamos largas horas conversando sobre el municipio, sus gentes y su historia. En una de aquellas conversaciones me habló por primera vez del Colectivo Barrilla, una asociación fundada en Sardina en 1984.
Aunque fue especialmente conocida por su defensa del medio ambiente, su compromiso iba mucho más allá. También luchaba por la protección del patrimonio histórico y etnográfico, convencida de que un pueblo pierde parte de su identidad cuando deja desaparecer los símbolos que cuentan su historia.
Con el paso de los años resulta inevitable reconocer el mérito de colectivos como Barrilla. Cuando hablar de patrimonio todavía no ocupaba titulares ni formaba parte de las prioridades institucionales, ellos ya defendían aquello que hoy consideramos imprescindible. Quizá muchas de sus reivindicaciones no fueron comprendidas en su momento, pero el tiempo ha terminado demostrando que proteger la memoria nunca fue una exageración.
Entre todas las historias que compartió conmigo hubo una que jamás olvidé. Pepe siempre decía que una de las mayores "rasqueras" que había sentido fue la demolición del viejo Faro de Sardina. Recordaba perfectamente cómo una tarde vieron pasar un tractor en dirección al faro sin imaginar cuál era realmente su destino. Siempre me decía que, si hubieran sabido cuál era su cometido, los miembros del Colectivo Barrilla se habrían organizado para impedir aquella demolición.
Aquellas palabras siempre me hicieron reflexionar, porque aquel día no desapareció únicamente un edificio, también desapareció una parte de la memoria de Sardina.
Durante noventa y cinco años el viejo faro acompañó la vida del barrio. Fue testigo de la evolución de Sardina, de la actividad pesquera y del tráfico marítimo que durante décadas caracterizó esta costa. Su presencia no solo tenía una utilidad para la navegación; también representaba un punto de referencia para quienes regresaban del mar y un elemento inseparable del paisaje que identificaba al barrio.
Los edificios históricos tienen un valor que va mucho más allá de su arquitectura. Son testigos silenciosos del paso del tiempo. En sus paredes quedan reflejadas las vivencias de varias generaciones. Por eso, cuando desaparecen, no solo perdemos piedra, madera o hierro. Perdemos parte de nuestra historia.
Afortunadamente, el recuerdo del viejo faro ha permanecido vivo gracias a quienes nunca dejaron de hablar de él. Vecinos, investigadores, cronistas y amantes del patrimonio han contribuido a mantener viva su memoria, evitando que el paso del tiempo terminara borrándolo definitivamente.
Existe un patrimonio construido con piedra y otro formado por los recuerdos de las personas. Este último es igual de valioso. Si hoy conocemos muchas historias de nuestros barrios es gracias a quienes las vivieron y decidieron transmitirlas. Personas como Pepe Gil, que sin escribir libros ni ocupar grandes titulares han conservado una parte de la historia de Gáldar a través de la memoria oral.
Precisamente por eso considero acertada la decisión del Ayuntamiento de Gáldar de levantar una reproducción del antiguo faro.
Una reproducción nunca podrá sustituir al edificio original. Sería un error pretenderlo. La autenticidad de un monumento es irrepetible porque en sus muros se acumulan el paso del tiempo, las vivencias de quienes lo utilizaron y la historia de un pueblo. Sin embargo, una reproducción sí puede devolver algo que también se había perdido: un símbolo visible de la memoria colectiva. No reconstruye el pasado, pero ayuda a contarlo. Y quizá, cuando un niño pregunte por qué hay un antiguo faro en la entrada de Sardina, alguien pueda responderle que allí existió uno de verdad, que durante noventa y cinco años acompañó a marineros y pescadores y que un día desapareció. Si esa conversación llega a producirse, la reproducción ya habrá cumplido una de sus misiones más importantes.
También conviene reconocer que rectificar, aunque sea cuarenta años después, es una forma de gobernar. Las administraciones no solo están llamadas a construir nuevas infraestructuras o prestar servicios. También tienen la responsabilidad de proteger, recuperar y dignificar aquellos símbolos que forman parte de la identidad de sus pueblos. En ese sentido, la decisión del Ayuntamiento de Gáldar trasciende el ámbito de una actuación ornamental. Representa un gesto de reconciliación con la historia de Sardina y un reconocimiento de que determinados elementos patrimoniales nunca debieron desaparecer.
Si mañana desaparecieran el Roque Nublo, la Casa de Colón o el Teatro Pérez Galdós, difícilmente aceptaríamos que, años después, se intentara reparar esa pérdida levantando una reproducción. Todos entenderíamos que una copia jamás puede sustituir el valor histórico, artístico y emocional del original. Con el viejo Faro de Sardina sucede exactamente lo mismo, aunque su dimensión sea local. Durante demasiado tiempo se pensó que solo era un edificio más. Hoy sabemos que era mucho más que eso: era un símbolo, un referente para los marineros, un elemento inseparable del paisaje y una parte de la memoria colectiva de Gáldar.
Quizá esa sea la mayor lección que nos deja esta historia. El patrimonio no se valora por el tamaño de un edificio ni por el número de visitantes que recibe. Su verdadero valor reside en lo que representa para quienes han construido su vida a su alrededor. El viejo Faro de Sardina nunca fue el monumento más famoso de Canarias, pero para generaciones de vecinos fue una referencia emocional imposible de reemplazar.
Un pueblo no pierde su identidad de un día para otro. La pierde poco a poco, cada vez que desaparece uno de sus símbolos y nadie hace nada por conservarlo. La historia del viejo faro nos recuerda que el progreso y la conservación del patrimonio no son conceptos enfrentados. Al contrario. Una sociedad avanza de verdad cuando sabe crecer sin renunciar a aquello que explica quién es.
Quizá dentro de unos años nadie recuerde cuánto costó levantar esta reproducción. Lo verdaderamente importante será que las nuevas generaciones sepan por qué se construyó y qué representa para Sardina.
No sé qué sentirá Pepe Gil cuando vea levantada la reproducción del viejo faro. Lo que sí sé es que cada vez que hablaba de aquel edificio lo hacía con el cariño y la tristeza de quien siente que desapareció una parte importante de la historia de su pueblo. Ojalá, cuando la reproducción ocupe su lugar en la entrada de Sardina, pueda contemplarla con la satisfacción de saber que aquel símbolo nunca cayó definitivamente en el olvido.
Porque los faros no solo sirven para orientar a los barcos.
También iluminan la memoria de los pueblos.
Y un pueblo que conserva su memoria siempre sabrá hacia dónde quiere navegar.
Moisés Rodríguez Gutiérrez





























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