Desapego
Después de veinte años de sólida amistad he decidido iniciar un paulatino desapego. Tal vez pudiera sonar extraño o desleal, pero es actuar en legítima defensa. Mi alejamiento tiene que ver, sobre todo, con una necesidad perentoria de ser yo mismo, pues llevo dos décadas prisionero de su amistad. Por eso he decidido, en un arranque de osadía, acabar con la dependencia que me tiene anulado como persona. Y a pesar de que me cuesta lo indecible, he ido dando pasos en este sentido.
No vayan a pensar que soy un desalmado. Tengo mis razones. Estoy convencido de que, cuando les cuente mi historia, lo comprenderán.
Todo comenzó el día que me lo presentaron, de eso hace cerca de veinticinco años. Un simple saludo, un gesto con la cabeza, una mirada fugaz, unas frases hechas…lo clásico en una presentación. Apenas intercambiamos más palabras que las establecidas. La segunda vez que nos vimos, él llegó de la mano de unos amigos entrañables que hacía cierto tiempo que no veía. Me hablaron maravillas de él. ¡Ojalá no lo hubieran hecho, porque desde ese momento mi vida ha dado un gran cambio! Su extraordinario talento, sus enormes ganas de explicártelo todo con el máximo detalle, su actitud sumisa y lisonjera, su disposición a hacerme la vida más fácil, fueron calando tanto en mí que empecé a sentir una admiración que crecía cada día y que terminó por hacer que fuera desplazando a mis amigos de siempre. Su compañía se hizo cada vez más habitual y duradera.
Pasaba tanto tiempo a su lado que comencé a tomarle verdadero afecto. Llegó un momento que parecíamos dos enamorados que se iban a morir mañana, como cantaba Ana Belén. Cuando quedaba con mis amigos, lo llevaba conmigo, y para no dejarlo solo frente a los demás, me pasaba todo el tiempo a su lado haciéndole compañía.
Era como un libro abierto: de todo sabía y entendía, aunque es cierto que a veces me sentía agobiado ante tanto conocimiento. Al fin y al cabo yo también sentía necesidad de saber más y por eso lo soportaba. Hasta que me di cuenta de que absorbía todo mi tiempo y de que apenas buscaba yo la compañía de mis viejos amigos. Tanto se había colado en mi vida que ya no sabía hacer nada sin él. La amistad que forjamos era tan sólida que se mantuvo hasta hace bien poco, hasta que empecé a notar que algo no terminaba de gustarme en esta relación. Tal vez fuera un exceso de amistad. Tal vez pasáramos juntos demasiadas horas. O tal vez me empezara a asfixiar en su compañía, pues soy una persona que necesita mucho de su espacio vital.
El caso es que me dije un día que no podía continuar así, que debía reaccionar antes de que fuera tarde, que lo mío con él suponía demasiada dependencia. Llegué a pensar que sería incapaz de hacer nada sin él, por eso necesitaba tomar cuanto antes las riendas de mi vida. Sabía que no iba a ser fácil, que no sería cuestión de un día, pero estaba dispuesto a intentarlo, pues de lo contrario me hundiría en la miseria más absoluta. Y yo no quiero llegar al nivel de dependencia que han llegado muchos de los que me rodean. Tengo que darle un giro a mi vida antes de que me meta en una espiral de la que no sabré salir.
Así reflexionaba yo, sumido en la mayor preocupación que había tenido nunca. No entendía cómo había llegado hasta aquí con esta amistad y cómo no me había dado cuenta de lo tóxica que había sido para mí. Me enfada porque siempre he procurado controlar todos los aspectos de mi vida hasta el más mínimo detalle. Siempre he sido un celoso guardián de mi intimidad, nunca he dejado que agentes extraños invadan mis sentimientos ni que se apoderen de mí.
No importa, me dije un día, me rebelaré. Siempre he sido un luchador. Nunca he dado una batalla por perdida. Le plantaré cara. Le pondré freno, no me dejaré convencer, y por muchas malas artes que emplee para retenerme a su lado, no podrá conmigo. Lo primero de todo es tomar conciencia del problema.
Necesitaba estar solo una temporada para encontrar mi verdadero yo, para velar por mi bienestar, para ponerle mayor atención a todo lo que me atañe sin cometer los errores del pasado. No más ataduras ni dependencias. Quiero ser yo por encima de todo. Disfrutar de la vida con plena conciencia.
Así se lo planteé al amigo con el que creía tener tanta amistad, al que hubo un tiempo en que no hacía nada sin él, al que todo lo consultaba, al que tenía controlada mi vida, al que me había acostumbrado tanto y al que me volví tan dependiente como lo podría estar un toxicómano de la cocaína o del alcohol.
De ahora en adelante, le dije, tomaré las riendas de mi vida, pues me he dado cuenta de que no te necesito para vivir. Seguiré conservando, si lo deseas, tu amistad, pero le pondré límites. Será duro, sin duda, pero me acostumbraré a ir a todas partes sin tu compañía. El sacrificio va a ser grande, lo sé, pero hay que comenzar el desapego para evitar malos mayores y, sobre todo, para no sufrir tanto. Pero no te preocupes, te dejaré guardado en el cajón de mi escritorio y te prometo que, una vez al día, contestaré los mensajes y haré las llamadas imprescindibles. Espero que llegue un día en que no te eche de menos, querido móvil.
Juan Ramón Hernández Valerón.




























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