En esta Isla nuestra: agua, tierra, aire, fuego...

Nicolás Guerra Aguiar

[Img #41838]

 

Sacar una buena fotografía a un monumento estático, enhiesto e inalterable, estimado lector, no consiste en enfocar, centrar y disparar, no. Como posible obra de arte que podría ser el resultado, se exige mucho más que el simple y mecánico movimiento humano comentado.

 

Así, una catedral gótica se define las más de las veces por su monumentalidad. Debido a la interesada ostentación estética y a recargados elementos decorativos (vidrieras de colores dan paso a luces pintadas, por ejemplo) debe ser estudiada por quien aspira a archivar un grato recuerdo: tiene tanta exterioridad embellecedora en su fachada, la caracterizan tantos componentes ornamentales, que resulta imposible captar los mil un detalles de todo el conjunto para una buena fotografía.

 

Sin embargo, la fascinante imagen que acompaña a este texto rompe con estatismos, rigideces y calculadas proporciones arquitectónicas o ingenieriles: es la Naturaleza en pleno movimiento, activísima. Es tal su precisión que me trae al recuerdo planteamientos de la filosofía clásica, entendiendo por tal la manifestada dos mil y tantos años atrás. (Vaya como adelanto la hipotética presencia de cuatro elementos relacionados con “los constituyentes básicos de la materia y de la vida”.)

 

Es zona costera con distintos planos o perspectivas. En ella su autor captó el impacto estético del entorno tal como lo consigue en otros muchos lugares, trátese de orografía, flora... Lo cual, por supuesto, no está reservado para seleccionadas personas, muy al contrario: cualquiera -eso sí, con sensibilidad, imaginación y rigurosa observación- puede intentarlo. Porque costas, mar, sol… se ven y se sienten en todos los países cuyos barranquillos, riachuelos y ríos “[...] van a dar a la mar, / ques el morir” manriqueño. Pero en tal conjunción...

 

A veces son rincones; otras, geografías tímidamente semiescondidas; algunos se muestran al natural, tal en la foto de mi colega o el sardinero Paso del Sargo (Gáldar)... Pero todos maravillan, deslumbran o intimidan por su extraordinaria belleza: la Naturaleza los crea. Y aquí los mima y los alimenta con el ronco y ruidoso y rudo embate de las mareas cuando la mar está ruin... o con sordos silencios, sosegados mutismos...

 

Este trozo de litoral arehuquense no es único. Muchos esconden uno o cientos de veriles, ‘desniveles rocosos y perpendiculares […]’, definición del Diccionario básico de canarismos (primer significado). Algunos se muestran a pecho descubierto: es su regalo a quienes sabemos añorarlos… y los buscamos. Hay rincones tan embriagadores, seductores y poderosamente atrayentes para el ser humano que este, a veces, los simboliza como la libertad y conversa a solas con ellos.

 

De tal manera, por ejemplo, los veriles majoreros cantados por Unamuno (De Fuerteventura a París) se convierten en materia humanizada, sensibilidades o belleza suma en algún soneto. Así, don Miguel quedó tan impactado con ellos que le dio a la mar la cualidad humana de la compasión, entendida esta como ‘sentimiento de ternura e identificación’ (“la mar piadosa con su espuma baña / las uñas de sus pies…”). Claro, ¡cómo no!: su natural condición de vasco y bilbaíno fue moldeada por brisas y tarosadas desde los iniciales segundos de su nacimiento. Y quien nace a orillas de la mar y en ella se cría y con ella vive termina amándola y añorándola, desesperadamente impaciente para arrullarse, para arrorrorearla con las voces de sus querencias...

 

Así debió de haber quedado mi colega Juan Julio, prendado de rincones como los de su tierra de nascencia o nacimiento y, tal puede concluirse, de enamoramiento. Sabe de ella como saben las gentes que la aman: ya en la orilla, ora casi en alta mar, la mece entre sus brazos cuando nada y, a veces, ella misma le muestra sus profundidades y bellezas, y él la bucea a pulmón.

 

Sólo un profesor de Filosofía como J.J., estimado lector, está autorizado por la tradición cultural grecolatina para conjuntar en un solo plano los tradicionales cuatro elementos de la Naturaleza ya arriba apuntados: agua, tierra, aire y fuego. Es decir, “los constituyentes básicos de la materia”, la cual viene definida como “Realidad espacial y perceptible por los sentidos de la que están hechas las cosas que nos rodean y que, con la energía, constituye el mundo físico”.

 

Cultura “grecolatina”, sí. En el mundo de la mitología, por ejemplo, el dios romano del amor -Cupido- viene a ser el griego Eros; Platón, Sócrates... fueron adaptados con sabio rigor, serenidad, ciencia... Y desde el siglo V a. C. el filósofo griego Empédocles habló de estos cuatro elementos. Y de que el origen de las cosas “no es más que la unión y combinación de ellos, y la muerte su separación”.

 

Pues bien, estimado lector: ¿podríamos encontrarlos en esta impactante foto, muestra de una realidad viva? El AGUA de la mar rompe estrepitosamente en la abrupta costa, TIERRA. Esta pretende frenar su paso y la obliga a desparramar inmensidades de espuma, como si acaso pretendiera engañarla con el blanco de la pureza. Pero no lo conseguirá: la aparente pequeña islita que deja tras sí es prueba contundente de que sólo desea fingir, simular, aparentar. ¿Y por qué tal pretensión si, a fin de cuentas, está condenada al continuo movimiento, acción también apuntada por Heráclito: todo se mueve, incluso no nos bañamos dos veces en las aguas del mismo río?

 

Las nubes, testigos fieles de tales acontecimientos, no caminan a su capricho: dependen del AIRE. Este las mueve caprichosamente y las va colocando a su voluntad ya sobre la islita, ya en precipitadas paradas, ya como larguísimas hebras de seda sobre el Sol, a fin de cuentas es el centro del Universo, todo gira en torno a él. Y el autor de la foto, embriagado por brisas, vientos o corrientes, comienza a sentir que la Naturaleza es una, a pesar de que esté formada por millones de elementos invisibles.

 

Sí, el Sol centra la mayor atención, y resulta normal: es casi infinita energía, deslumbrante luz, FUEGO que adopta la forma circular para teñirse también de blanco a pesar de su amarillosa vestimenta externa, la misma que aparece en la tricolor canaria, la bicolor grancanaria o la verdiamarillenta de Gáldar: no casualmente se va ocultando por la geografía que inicia el Noroeste isleño. Pero nada sabemos sobre su voluntad: ¿se detendrá para escuchar el reto de Espronceda, el joven poeta romántico español que pide su parada y reclama su atención mientras inicia la salutación “Para y óyeme, oh Sol yo te saludo / […] ardiente como tú mi fantasía” mientras se muestra orlado también por llameante vestidura?

 

Sí, estimado lector: nuestro profesor de Filosofía aunó imagen y saberes. Cum laude!

 

Nicolás Guerra Aguiar

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