Me planTeo si la identidad canaria se mide en apenas dos años

Moisés Rodríguez Gutiérrez

[Img #40837]La identidad de un pueblo es una construcción colectiva que trasciende modas, fenómenos mediáticos y debates políticos.

 

Primero fue Bueno. Después ha sido Peña. Políticos que ahora desarrollan una labor vinculada a la comunicación y a los espacios de opinión. No hay nada que objetar a ello. Cada uno es libre de emprender el camino que considere oportuno. Sin embargo, cuando una persona dispone de un altavoz desde el que miles de ciudadanos escuchan lo que dice, también adquiere una responsabilidad añadida. Porque hay afirmaciones que, dependiendo de quién las pronuncie, terminan teniendo una influencia que va mucho más allá de una simple opinión.

 

Precisamente fue el avance de la primera entrevista de Peña, cuyo protagonista es Teodoro Sosa, el que me llevó a escribir estas líneas. La entrevista todavía no se ha emitido y, por tanto, sería injusto valorar un contenido que aún no conocemos en su totalidad. Mi reflexión nace únicamente de una afirmación adelantada en ese avance: la idea de que Quevedo ha hecho más por la identidad canaria en apenas dos años que muchos partidos políticos de diferentes ideologías durante toda la historia de la democracia.

 

No pretendo debatir una entrevista que todavía no he visto ni sacar de contexto unas palabras que conoceremos cuando se emita íntegramente. Lo que sí considero es que una afirmación de ese alcance merece una reflexión serena, porque no estamos hablando de un asunto cualquiera, sino de la identidad de un pueblo.

 

Antes de entrar en esa cuestión quiero hacer un inciso. Teodoro Sosa lleva veinte años como alcalde y eso significa que habrá tomado decisiones acertadas, otras discutibles y, como él mismo ha reconocido públicamente en alguna de sus visitas a los barrios, también se ha equivocado. Personalmente, creo que reconocer los errores le honra, porque quien trabaja, quien toma decisiones y quien asume responsabilidades también tiene derecho a equivocarse. Al fin y al cabo, todos somos humanos.

 

Precisamente por tratarse de una persona con una importante capacidad para influir en la opinión pública considero que determinadas afirmaciones deben analizarse con calma. Cada vez estoy más convencido de que vivimos en una sociedad donde, en muchas ocasiones, importa más quién dice las cosas que lo que realmente se dice.

 

Pensemos en un ejemplo muy sencillo. Si cualquier ciudadano afirmara que emborracharse todos los días es bueno, lo más probable es que nadie le prestara demasiada atención. Sin embargo, si esa misma afirmación la realizara una persona con una enorme repercusión pública, siempre habría quien terminara creyéndola o utilizándola para justificar su comportamiento. No porque esa afirmación fuera cierta, sino porque el peso de quien la pronuncia hace que muchas personas dejen de cuestionar el mensaje.

 

Con la identidad canaria puede ocurrir exactamente lo mismo. Cuando una persona con relevancia pública realiza una afirmación de este calibre, es fácil que termine instalándose en el imaginario colectivo sin que nos detengamos a pensar si realmente responde a la realidad. Y precisamente por eso creo que antes de responder a esa afirmación conviene hacerse una pregunta mucho más importante: ¿qué entendemos realmente por identidad canaria?

 

Porque la identidad canaria no es un concepto que pueda resumirse en una canción, un videoclip o un momento de éxito. Es el conjunto de valores, tradiciones, costumbres, historia, lengua, patrimonio y formas de entender la vida que distinguen al pueblo canario y que se han forjado a lo largo de los siglos mediante la convivencia de diferentes culturas.

 

La identidad canaria está presente en nuestro folclore, en las isas, las folías, las malagueñas, las seguidillas, los romances, el sonido del timple, las chácaras y los tambores. Está en nuestras romerías, en el Carnaval, en la Bajada de la Rama, en las fiestas patronales y en tantas manifestaciones populares que han llegado hasta nuestros días. También forma parte de ella nuestra manera de hablar, nuestra gastronomía, el patrimonio natural, la solidaridad entre vecinos y ese sentimiento de pertenencia que hace que un canario siga sintiendo su tierra como parte de sí mismo viva donde viva.

 

Pero la identidad canaria también está en miles de pequeños gestos cotidianos que rara vez ocupan titulares. Está en quien enseña a tocar un instrumento tradicional, en quien transmite una folía como la aprendió de sus mayores, en quien mantiene viva una parranda, en quien investiga la historia de un pueblo, en quien conserva un oficio artesanal o dedica parte de su tiempo a que una tradición no desaparezca.

 

Y es precisamente después de recordar todo lo que encierra ese concepto cuando vuelvo a plantearme la afirmación que dio origen a esta reflexión. Porque si la identidad canaria es todo eso, ¿de verdad puede medirse en apenas dos años? ¿Puede compararse con el trabajo desarrollado por miles de personas durante generaciones? Esa es, al menos para mí, la verdadera pregunta.

 

Mi respuesta, al menos desde mi punto de vista, es que no.

 

Y quiero dejar claro desde el principio que esta reflexión no pretende restarle un solo mérito a Quevedo. Sería injusto hacerlo. Ha alcanzado un éxito extraordinario y ha conseguido que el nombre de Canarias llegue a millones de personas dentro y fuera de las islas. Eso es una realidad y reconocerlo no debería incomodar a nadie, como tampoco debería serlo el admitir que no me gusta su música, ni sus letras, ni sus formas y modos de cantar.

 

Sin embargo, una cosa es el éxito de un artista y otra muy distinta afirmar que ha hecho más por la identidad canaria que muchos partidos políticos de diferentes ideologías durante toda la historia de la democracia.

 

Sinceramente, tampoco creo que el debate deba centrarse en los partidos políticos. Porque la identidad canaria no la construyen los partidos. La construye el pueblo.

 

Los gobiernos tienen la obligación de proteger el patrimonio, apoyar la cultura, respaldar a los colectivos y crear las condiciones para que ese legado llegue a las nuevas generaciones. Después podremos debatir si unos lo han hecho mejor que otros, pero la identidad canaria nunca ha dependido exclusivamente de quienes gobiernan. Ha dependido, sobre todo, de la gente.

 

Ha llegado hasta nuestros días gracias a miles de hombres y mujeres que, generación tras generación, han mantenido vivas nuestras costumbres de una forma completamente natural. Mucho antes de que existieran las redes sociales, los videoclips o las campañas de promoción, ya había personas enseñando a tocar el timple, transmitiendo una folía, organizando una romería, conservando un oficio artesanal, investigando la historia de nuestros pueblos o dedicando parte de su vida a que nuestras tradiciones no desaparecieran.

 

Hay personas que llevan cuarenta o cincuenta años enseñando música tradicional, formando nuevas generaciones, manteniendo vivos los grupos folclóricos, recuperando documentos históricos o defendiendo el patrimonio cultural de nuestras islas y nunca han necesitado que nadie las calificara como embajadoras de la identidad canaria. Simplemente han trabajado por ella con humildad, constancia y un profundo amor por esta tierra.

 

Ellas también hacen identidad canaria.

 

Por eso creo que debemos ser prudentes cuando intentamos medir quién ha hecho más o menos por ella. No porque unos merezcan más reconocimiento que otros, sino porque estamos comparando realidades que difícilmente pueden medirse con el mismo criterio.

 

Vivimos en una sociedad donde la repercusión suele confundirse con la importancia. Si algo consigue una enorme difusión, tendemos a pensar que automáticamente también tiene un valor superior. Sin embargo, la repercusión depende de muchos factores y no todos parten con las mismas posibilidades. La visibilidad es importante, pero no siempre refleja la verdadera dimensión del trabajo realizado.

 

Las reproducciones se cuentan por millones; la identidad canaria se construye por generaciones.

 

Ese es, probablemente, el aspecto que más me preocupa. Corremos el riesgo de valorar únicamente aquello que tiene mayor impacto mediático y de olvidar a quienes llevan toda una vida sosteniendo nuestra cultura desde el anonimato. Personas que organizan actividades culturales, que mantienen abiertas asociaciones vecinales, que ensayan durante meses para una actuación, que enseñan sin esperar nada a cambio y que dedican incontables horas a conservar un legado que pertenece a todos.

 

Quizá por eso me cuesta aceptar que la identidad de un pueblo pueda entenderse como una competición. No existe un marcador capaz de decir quién ha hecho más o quién ha hecho menos por una cultura que se ha construido durante siglos gracias al esfuerzo colectivo de miles de personas.

 

Después de escuchar el avance de esa entrevista me planteé si la identidad de un pueblo podía medirse en dos años.

 

Mi respuesta sigue siendo la misma. No.

 

Porque la identidad canaria no pertenece a un artista, ni a un partido político, ni a una institución. Pertenece a un pueblo que lleva siglos construyéndola y que seguirá haciéndolo mucho después de que pasen las modas, cambien los gobiernos o aparezcan nuevos referentes. Esa es, precisamente, la mayor fortaleza de nuestra identidad y, también, la mejor garantía de que seguirá viva para las generaciones que están por venir.

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