Los vecinos de Sigmund Freud

Josefa Molina

[Img #10531]Una de las cosas maravillosas que te ofrece la oportunidad de visitar otros países es conocer en persona no solo los edificios, museos y centros históricos emblemáticos de cada ciudad sino algo para mí todavía más especial, adentrarte y perderte por sus calles para descubrir sus espacios mágicos repletos de Historia y de historias que, de otro modo, no podrías haber conocido.

 

En un viaje reciente a la majestuosa ciudad de Viena, capital de Austria, tuve el lujo de visitar el Museo dedicado a la figura del insigne médico Sigmund Freud. Mucho se ha dicho y escrito de este médico vienés, una de las figuras más influyentes del pensamiento contemporáneo. Y para ello, les recomiendo buscar información en alguna de las múltiples obras y biografías sobre su persona en su biblioteca más cercana.

 

En esta columna, mi intención es hablarles del museo ubicado en la calle Berggasse 19, donde estaba situado el apartamento en el que entre 1891 y 1938 vivió Sigmund Freud y su familia y donde el reputado médico tenía su consultorio de tratamiento psicoanalítico (y más tarde también el de su hija Anna Freud que ocupaba otro apartamento en esta misma casa).

 

El inmueble alberga, en la actualidad, un museo, una biblioteca especializada en la obra de Freud y en el psicoanálisis, el archivo Freud, con una apreciable colección de documentos históricos, cartas y certificados así como dependencias de la secretaría de la Sociedad Sigmund Freud.

 

Hasta 2006, los únicos museos en Europa dedicados a Freud eran este museo en Viena y el Museo Freud de Londres (Freud Museum London) ubicado en el barrio de Hampstead (Londres) donde Freud residió junto a su familia tras tener que exiliarse de Austria en 1938 y donde su hija Anna permaneció hasta su muerte en 1982. Desde 2006, y con motivo de la celebración de los 150 años del nacimiento de Freud, la casa ubicada en Příbor (República Checa), donde nació y vivió hasta los tres años de edad el psicoloanalista, se encuentra también abierta al público, con lo que ya suman tres los museos biográficos europeos dedicados al creador del psicoanálisis.

 

El museo de Viena se abrió al público en 1971 y fue inaugurado en conjunto con el Archivo Sigmund Freud (Sigmund Freud Archiv). Anna Freud, la menor de sus seis hijos y la única quien siguió sus pasos como médica psicoanalista y se encargó personalmente de dar forma a este espacio.

 

Freud nació en República Checa un 6 de mayo de 1856 y falleció un 23 de septiembre de 1939, a los 83 años de edad, víctima de un cáncer de paladar que se le diagnóstico en 1923 probablemente a consecuencia de su adicción a los puros, del que fue operado hasta 33 veces. Su enfermedad, además de generarle mucho dolor, le dificultó el habla y le condujo a una sordera. Sin embargo, nunca dejó de fumar, con las consecuencias que esto le acarreó, y a pesar de su enfermedad, continuó trabajando como psicoanalista y, hasta el fin de su vida, no cesó de escribir y publicar un gran número de artículos, ensayos y libros.

 

Con la excepción de sus tres primeros años, su vida transcurrió en la ciudad de Viena. Sin embargo, en 1938, tras la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi, Freud, en su condición de judío y fundador de la escuela psicoanalítica, fue considerado enemigo del Tercer Reich. Sus libros fueron quemados públicamente y tanto él como su familia sufrieron un intenso acoso. De hecho, a pesar de mostrarse contrario a abandonar Viena, finalmente se vio obligado a escapar del país tras la detención primero de su hijo Martin, que fue detenido durante todo un día, y de su hija Anna, también detenida una semana más tarde e interrogada en el cuartel general de la Gestapo. Estos sucesos lo llevaron a convencerse de la necesidad de partir.

 

El hecho de que cuatro de sus hermanas, que habían permanecido en Viena, fueran apresadas después y murieran en campos de concentración confirma que el riesgo vital era cierto. Gracias a la intervención in extremis de Marie Bonaparte, Princesa María de Grecia y de Dinamarca descendiente de Napoleón Bonaparte y con una amplia trayectoria en el campo del psicoanálisis, y Ernest Jones, neurólogo galés, psicoanalista y biógrafo oficial de Sigmund Freud, consiguió salir del país y refugiarse en Londres. En el momento de partir se le exigió que firmara una declaración donde se aseguraba que había sido tratado con respeto por el régimen nazi. (¿Con respeto? En fin...)

 

El legado médico y del campo del psioanálisis que Freud fundó es amplio y controvertido. Mientras unos le consideran un gran científico en el campo de la medicina, que descubrió gran parte del funcionamiento psíquico humano, otros lo ven sobre todo como un filósofo que replanteó la naturaleza humana y ayudó a derribar tabúes. En todo caso, su contribución es sin duda incuestionable. En su obra más conocida, La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900), Freud nos introduce en el concepto del inconsciente, a la vez que postula la existencia del consciente y el inconsciente. En todo caso, resulta de lo más fascinante adentrarse en las obras y el pensamiento de Freud. Se lo recomiendo.

 

Pero volvamos al motivo de mi columna: la casa donde se alberga el Museo, porque tengo que comentarles la impresión que me causó la exposición relativa al resto de inquilinos de los distintos apartamentos del inmueble. En el edificio del número 19 de la calle Berggasse convivían y trabajaban, bajo un mismo techo, judíos y no judíos, personas de diversos oficios y profesiones de las capas media de la época: un carnicero, un comerciante de telas, pero también un vendedor de seguros y un abogado. Según datos de la época, solo un inquilino en la casa era militante nacionalsocialista y su vida no corría peligro, pero para el resto de los vecinos del inmueble, la historia nazi les deparaba otro dramático fin.

 

En 2003, tuvo lugar una exposición de documentos y objetos históricos bajo el título de Los vecinos desaparecidos de Freud (Freuds verschwundene Nachbaren), en la que se muestra el destino de las personas que vivían en los otros ocho apartamentos alquilados. En la exposición, parte de la cual se puede visionar en la actualidad, se muestran planos del edificio que señalaban en qué apartamento vivía cada uno de los vecinos, incluyendo sus nombres y fechas de fallecimiento. Causa pavor comprobar que casi el cien por cien de estas personas tuvieron como fecha de su muerte las que discurren entre los años 1942 al 1944, lo que quiere decir que fueron asesinadas en los campos de concentración nazis.

 

Resulta paradójicamente doloroso que hoy en día, volvamos a vivir esta situación pero ya no con los judíos como pueblo víctima, sino como pueblo verdugo ejecutor de un genocidio como el que está siendo cometido por el gobierno de Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, contra el pueblo de Palestina. Los vídeos que se pueden visionar por internet en los que colonos israelitas desalojan violentamente y ocupan casas y terrenos a familias palestinas, son escalofriantes.

 

No puedes evitar pensar que, a pesar del drama y de la tragedia que supuso el nazismo y sus deplorables mecanismos de exterminio humano, con casi seis millones de personas asesinadas y gaseadas en los campos de concentración nazi, no ha servido para que la humanidad diga basta ya de tanto sinsentido. Víctimas convertidas en verdugos. Espeluznante.

 

Estoy segura de que no toda la comunidad judía apoya el genocidio que comete el gobierno de Netanyahu, pero mirar hacia otro lado, como hace la comunidad política internacional, empezando por su principal aliado, Estados Unidos, solo ayuda a que se siga cometiendo en pleno siglo XXI un asesinato en masa de personas por razones raciales, étnicas o religiosas. A principios de este mes, las autoridades palestinas contabilizaban en 73.000 personas asesinadas, de las cuales 21.500 eran menores y de estos, 1.022, bebés. ¿Se puede ser más cruel?

 

Genera verdadero terror certificar con la realidad que, a pesar del dolor, del sufrimiento, de la muerte y de la desolación, el mundo no solo no haya ganado en humanidad, sino que siga igual e incluso peor, porque no hay nada peor y más trágico que la indiferencia con la que apagamos la televisión y seguimos sin más con nuestras vidas.

 

Josefa Molina

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.150

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.