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Hay una escena que se repite demasiado en la política: dirigentes alineados, discursos preparados, cámaras esperando y una piedra simbólica que todavía no sostiene nada, pero que ya sirve para levantar titulares.
Las primeras piedras se han convertido en una de las ceremonias favoritas del poder. Permiten vender futuro antes de entregar resultados. Permiten celebrar intenciones antes de evaluar realidades. Y permiten transformar una obligación básica de cualquier administración —gestionar correctamente el dinero de todos— en un acto de autopromoción política.
La colocación de la primera piedra del aparcamiento del antiguo IES Saulo Torón y la rehabilitación del antiguo edificio de la ONCE en Gáldar llega acompañada de grandes mensajes institucionales, fotografías y declaraciones sobre transformación, futuro y progreso. Las actuaciones, con una inversión aproximada de cinco millones de euros, pueden ser necesarias y positivas para el municipio. Nadie cuestiona que una biblioteca, espacios culturales o nuevas zonas de aparcamiento puedan mejorar los servicios públicos.
Pero una cosa es ejecutar proyectos necesarios y otra muy distinta convertir cada obra en un escaparate político.
Conviene recordar algo que a veces se pierde entre tantos discursos: el Cabildo no regala nada y el Ayuntamiento tampoco. El dinero no sale del bolsillo particular de ningún responsable político. Sale de los impuestos de miles de ciudadanos que esperan soluciones, no ceremonias.
El Plan Adicional de Inversiones para los Municipios del Cabildo de Gran Canaria debe entenderse como una herramienta pública al servicio de los vecinos, no como una fábrica de fotografías ni como una plataforma para acumular méritos personales. Administrar fondos públicos no debería presentarse como un favor a la ciudadanía, sino como la responsabilidad mínima de quienes ocupan un cargo.
La política lleva años perfeccionando el arte de multiplicar los momentos de propaganda. Primero se anuncia la idea, después el proyecto, más tarde la financiación, luego la adjudicación, después llega la primera piedra y finalmente —si todo va bien— la inauguración. Una sola obra puede generar una colección completa de actos institucionales antes de que un vecino haya podido beneficiarse de ella.
Y ahí está el verdadero problema: demasiadas veces se gobierna pensando más en el calendario electoral que en el calendario ciudadano.
Las infraestructuras no deberían medirse por la cantidad de fotografías que producen, sino por su utilidad real. La pregunta no es cuántas autoridades aparecen colocando una piedra, sino cuándo estará terminada la obra, cuánto acabará costando realmente y si responderá a las necesidades prometidas.
Porque las primeras piedras no solucionan problemas de aparcamiento. Las bibliotecas anunciadas no prestan libros. Los espacios culturales proyectados no generan actividad hasta que abren sus puertas.
La ciudadanía tiene derecho a exigir menos puesta en escena y más rendición de cuentas. Menos titulares de comienzo y más explicaciones al final. Menos apropiación política de inversiones que pertenecen a todos.
Celebrar una obra antes de terminarla es fácil. Lo difícil —y lo verdaderamente importante— es entregarla en plazo, justificar cada euro y demostrar con hechos que detrás de la fotografía había algo más que oportunismo.
Guayarmina Guanarteme
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