Antes de julio de 1976, cuando alguien en Ingenio enfermaba de noche, no había a quién llamar. Había que salir a la calle y tocar puertas. De médico en médico, de casa en casa, con el miedo en la garganta y la vergüenza en las manos, a ver cuál de ellos quería abrir. Eso era, en la práctica cotidiana, vivir en el llamado Triángulo de la Miseria: no solo pobreza de bolsillo, sino pobreza de derecho. No solo falta de dinero, sino falta de garantía. No solo una urgencia, sino la humillación añadida de tener que rogar para que alguien te la atendiera.
Esa era la norma en Ingenio, Agüimes y Santa Lucía de Tirajana, una comarca sostenida durante generaciones por la aparcería feudal, con analfabetismo alto y sin agua corriente para buena parte de su gente. Y esa fue, durante tres años, la injusticia concreta contra la que una mujer decidió no resignarse.
Se llamaba Amparo Castro Mayor.
Cuatro años viendo la pobreza desde dentro.
Nacida en la localidad zamorana de Fermoselle en 1930, doña Amparo pertenecía a esa extraordinaria y reducida estirpe de mujeres que, desafiando las profundas brechas de género de la posguerra, lograron acceder a las aulas universitarias, licenciándose en Medicina y Cirugía por la Universidad de Sevilla en 1958. Cuando a principios de la década de los setenta fijó su residencia en Ingenio, llevaba consigo ese bagaje académico y una profunda vocación asistencial.
No tardó en integrarse en un pueblo donde el aire huele a zafra de tomate y a polvo de cuarterías. Durante unos cuatro años, vio de cerca lo que otros preferían no mirar: familias enteras sin médico al alcance y un sistema sanitario precario. El Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE), nacido en 1942, seguía dejando fuera décadas después a más de la mitad de los españoles; en el papel prometía cobertura, pero en la práctica se resistía a llegar hasta el sureste de Gran Canaria.
En algún momento de esos cuatro años, consciente de que su conocimiento de la medicina debía ser un instrumento de transformación social, doña Amparo decidió que aquello no podía seguir así. Y empezó una guerra que ella nunca llamó guerra.
Tres años, una página desaparecida y un marido que sostuvo la llave.
Durante más de tres años fue de despacho en despacho, topándose siempre con la misma respuesta: negativas. El motivo de fondo era casi absurdo. En Madrid se exigía un mínimo de cinco mil asegurados para conceder el servicio, y allí se había decidido, sin que nadie lo hubiera pisado nunca, que Carrizal e Ingenio eran dos poblaciones distintas, cada una por debajo del umbral. Daba igual que llevaran generaciones siendo, de hecho, la misma gente compartiendo la misma tierra y la misma necesidad: en el papel eran dos mitades que nunca sumaban lo bastante.
Hubo, además, un episodio que ella misma relató con una naturalidad que hoy, medio siglo después, sigue resultando reveladora. “No ha sido fácil, ni mucho menos”, dijo, con la sobriedad de quien ha aprendido a no dramatizar lo que ya de por sí pesa. Cuando por fin se publicaron en el Boletín Oficial del Estado las bases para solicitar el servicio, fue a consultarlas a los centros oficiales y descubrió que la página exacta que necesitaba había desaparecido de los ejemplares disponibles. Fue su marido quien, a base de contactos y paciencia, consiguió finalmente el ejemplar completo. Detrás de una mujer que empujaba puertas oficiales, había otra persona sosteniendo la llave; en el Triángulo de la Miseria, casi nadie abría puertas del todo solo.
Con ese ejemplar en la mano, doña Amparo tuvo que ir todavía al Ayuntamiento a recabar el certificado que probara lo evidente: que Carrizal e Ingenio eran un único pueblo, y remitirlo, junto con la relación de asegurados, a la Dirección General de la Seguridad Social. Empujó esa piedra cuesta arriba una vez más, sabiendo que ya la había empujado antes, y que probablemente tendría que volver a hacerlo.
Cuando finalmente presentó toda la documentación, los médicos de la zona firmaron su conformidad. Totalmente, respondió ella cuando le preguntaron si había habido acuerdo entre sus colegas. Todos, sin excepción, por considerar que el servicio era beneficioso tanto para la localidad como para ellos mismos. La habían visto trabajar de cerca como facultativa. Sabían que cuando la doctora Amparo Castro Mayor insistía en que algo era necesario, no era capricho: era lo que veía, día tras día, en las casas sin luz, en las consultas improvisadas y en los bebés que dormían en cajas de embalar mientras sus madres pasaban doce horas bajo el sol de la zafra.
Una victoria real, con una grieta dentro que ella misma señaló.
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El servicio se inauguró en julio de 1976: un médico, un asistente sanitario y un celador, con atención nocturna y a domicilio si la urgencia lo requería, totalmente gratuita para los vecinos de Carrizal e Ingenio inscritos con carácter fijo en la Seguridad Social.
Me llevé una grata sorpresa, dijo, al recordar el final de tres años de recibir solo negativas. Pero cuando se le preguntó qué pasaba con quienes tenían trabajo eventual, la mayoría, en una comarca que vivía esencialmente de la zafra tomatera, no se escudó en la reglamentación para evitar la pregunta incómoda. Ese punto es delicado, admitió sin rodeos, con la misma honestidad con la que había contado lo de la página desaparecida: la normativa amparaba solo al asegurado fijo con cartilla en regla, y dejaba fuera, salvo urgencia verdadera, al aparcero o al eventual sin alta.
Esa distinción no era un matiz técnico. Era la línea exacta que separaba a quien podía enfermar tranquilo de quien no. Y el hecho de que ella misma la señalara, sin necesidad de que nadie se la sacara con calzador, dice de su carácter tanto como la propia victoria conseguida: no vendió su logro como una solución perfecta, aun teniendo todos los motivos del mundo para hacerlo.
Una fecha que no fue casualidad.
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Conviene no perder de vista el momento exacto en que ocurre todo esto. El 1 de julio de 1976, Carlos Arias Navarro dimitía como presidente del Gobierno, incapaz de sostener la reforma imposible de un régimen que ya no tenía a su fundador. Dos días después, el rey Juan Carlos I nombraba a Adolfo Suárez para pilotar lo que meses más tarde sería la Ley para la Reforma Política. España entera cruzaba, ese verano, la bisagra entre lo que había sido durante cuarenta años y lo que todavía no sabía qué sería.
Y en Ingenio, esa misma bisagra giraba en pequeño: el sistema sanitario que doña Amparo consiguió implantar pertenecía por completo al mundo viejo, el del SOE heredado de la posguerra, con su lógica de asegurado fijo y su exclusión silenciosa del jornalero eventual. La cobertura sanitaria universal, tal como hoy se entiende, tardaría todavía diez años más en llegar, hasta la Ley General de Sanidad de 1986. Lo que ella logró en 1976 no fue el futuro. Fue la última versión, ya agotada, de un pasado que se resistía a soltar, conseguida, además, contra ese mismo pasado.
Lo que queda, cincuenta años después.
Amparo Castro Mayor falleció a los 90 años de edad. No hay una calle con su apellido ni una placa en ningún ambulatorio que recuerde lo que consiguió. El servicio que ella logró sacar adelante ya no existe con esa forma, y la zafra del tomate que sostenía a media comarca se apagó poco después de aquella victoria.
Pero algo queda, y no es poco: la certeza, adquirida a fuerza de tres años de negativas y una página desaparecida, de que un sistema que se resiste puede, aun así, ceder. Que un pueblo entero puede dejar de depender de tocar puertas en la madrugada si alguien, con la paciencia suficiente, se empeña en que deje de ser así. Doña Amparo no resolvió toda la injusticia de su tiempo, ella misma fue la primera en decirlo, sin que nadie se lo preguntara dos veces, pero movió la pieza que hacía falta mover, en el único terreno donde estaba a su alcance moverla.
Cincuenta años después, cuando alguien en Ingenio necesita asistencia médica de urgencia, ya no tiene que salir a la calle a tocar puertas. Ese hecho tan simple, tan fácil de dar por descontado, tiene un origen concreto y una fecha exacta: julio de 1976, y el nombre de una médica que decidió que su pueblo merecía algo mejor que rogar.
Juan Vega Romero
Fotos: Álbum familiar
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