
Hay inventos que cambiaron el curso de la historia: la electricidad, la penicilina, la imprenta, internet… ¡y los campus de verano! Aunque no necesariamente en ese orden.
Y es que, si preguntas a cualquier padre o madre con hijos en edad escolar, te dirá que el campus de verano ha hecho más por la humanidad que la mismísima ONU. Quizá para los niños se trate solo de una aventura veraniega; para los monitores, un trabajo temporal más; sin embargo, para los padres es todo un milagro de la vida moderna.
Cada año igual, se acaba el colegio y las familias pasan de la alegría al llanto en cuestión de segundos. Todos están eufóricos celebrando las vacaciones, pero, a la vez, preocupados por dónde van a dejar a los niños y desesperados por la cada vez más variedad de campus existentes… y sus precios. Ya da igual si es de deporte, de cocina, de robótica o de cultivo de acelgas, la cuestión es que se mantenga entretenido y llegue cansado a casa. Muy cansado.
Tan cansado que, al llegar a casa, no le queden ganas de preguntar qué van a hacer por la tarde porque, si hay algo a lo que teman los padres es a la famosa pregunta “¿qué hacemos hora?”. Porque, hagan lo que hagan, dure mucho o cure poco, la pregunta siempre aparece. De ahí la alegría de los padres al descubrir la existencia de los campus: un lugar mágico donde los niños entran corriendo a las ocho de la mañana y salen felices a las dos de la tarde; sudados, despeinados, llenos de pintura, con arena entre los ñoños, pero felices y, sobre todo, cansados.
Lo mejor de los campus sucede en los primeros días. Los niños van emocionados, los padres también, los monitores todavía conservan la esperanza y todo el mundo sonríe. Pero, a medida que pasan las semanas, empiezan a ocurrir cosas extrañas. Los monitores se aprenden los nombres de los niños, los niños se aprenden los de los monitores y los padres hacen buenas migas con el resto de padres.
Lo nunca visto.
—¿Tu hija es la amiga de Paula?
—Sí.
—Ah, pues la mía habla de ella todos los días.
Y tú ni siquiera sabías quién era Paula.
Luego están las actividades, esas que venían anunciadas en la cartelera prometiendo experiencias inolvidables, talleres creativos, juegos cooperativos, actividades acuáticas… aunque en realidad, la verdad es completamente distinta. Los niños suelen volver a casa con una piedra pintada, una pulsera torcida, una mancha de acuarela en la oreja y una historia increíble sobre una guerra de globos de agua que aparentemente cambió el destino de la humanidad.
Y tú sonríes porque él también lo hace, pese a que en el fondo no entiendas para qué sirve la piedra.
Pero lo mejor llega al finalizar la jornada. Los progenitores esperan en la puerta, emocionados, a que sus pequeños corran hacia ellos, deseosos de saber qué han hecho durante el día… porque todo es posible. Y, al llegar a casa, ocurre el milagro: comen entre bostezos y desaparecen entre los cojines del sofá.
¡Bendita siesta!
Los pájaros cantan, las nubes dejan espacio al sol, el silencio se adueña de la casa y mamá y papá aprovechan para disfrutar del café mirándolo, embelesados y orgullosos, desde la mesa del comedor.
Porque el campus de verano no solo entretiene, sino que enseña, ayuda a conciliar y, lo más importante, los agota utilizando técnicas legales. Por eso cuando llega septiembre y cierran sus puertas, miles de padres sienten pena y tristeza porque entienden que llegó el final de una bonita época feliz y empiezan con la cuenta atrás de los meses que quedan para volver a apuntarlos.
Aunque, siendo sinceros, algunos empiezan a reservar plaza para el verano siguiente antes incluso de recogerlos el último día.
Olga Valiente






























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.15