
Si has tenido peques, imposible que no hayas vivido la experiencia. Además, normalmente te coge desprevenida. Estás en el súper, se le antoja algo, le dices que no, y estalla lo que parece la Tercera Guerra Mundial. Parece un sinsentido. ¿Cómo se ha puesto así por esta tontería? Si te acercas, llora más, si te alejas, también, si te enfadas, ni te cuento… Solo te queda aguantar el chaparrón o sacarlo por la fuerza del súper en medio de las miradas del resto (que además te miran como si eso solo te pasara a ti, o como si ellos tuvieran la solución en sus manos. Puedes ver que están pensando… “yo le daba un pescozón al mío..y se le quitaba la tontería”
Las rabietas en muchas casas, son el pan de cada día. Y la pregunta que más se hacen las familias es...¿hasta cuando dura esta etapa? Quisieran saber fecha y hora exacta en la que dejan de cogerse esas “pasiones” por cualquier cosa. Pero lo siento, no tengo la respuesta. O más bien...no existe una respuesta universal.
Una rabieta es una forma “torpe” de expresar una emoción que te está desbordando y que no sabes gestionar.
Conozco muchos adultos que siguen teniendo rabietas. No se tiran al suelo a patalear, pero dan un portazo y dejan de comunicarse si no salen los resultados que esperaban. O quizás te ponen mala cara y te hablan con ironías incómodas. O giran la cara y no escuchan lo que no les interesa o reaccionan de forma desproporcionada.
Eso también es una rabieta.
Entonces...¿Cuando acaban las rabietas?
Pues acaban cuando tengamos las herramientas y estrategias necesarias para transitar esas emociones. Acaban cuando aprendemos a expresarlas de una forma sana, sin hacernos daño a nosotros mismos y sin dañar a nadie más.
Hay una etapa en la que es imposible que tengamos esas herramientas. Por una cuestión biológica. En nuestra primera infancia (y más concretamente en los trers primeros años) nuestro cerebro es arcaico, básico, reptiliano. Su única función es mantenernos con vida y tenernos siempre alerta de cualquier cosa que considere un peligro para nuestra existencia. Así que eso de gestionar emociones no es una de sus funciones. No entra en sus planes por ahora.
Es una etapa en la que las rabietas son frecuentes y completamente esperables.
A partir de ahí...pues depende. Si vamos dándole herramientas y estrategias para gestionarlas, pues podrán ponerlas en práctica cuando el escenario lo requiera. Si no, no.
¿Entonces? ¿Hasta los tres años no sirve de nada darle herramientas? ¿Empiezo a partir de los cuatro?
Bueno, no es que no sirva de nada, más bien es que no tiene la capacidad de ponerlas en práctica.
Si no, por esa misma lógica no hablaríamos a nuestros hijos hasta cumplidos los 2 años casi, cuando tenga la capacidad de hablar. Porque...¿para qué sirve hablarle antes si su cerebro no está capacitado aún para el lenguaje?
Bueno, la respuesta es sencilla. Su cerebro no está capacitado aún para poner en práctica eso que le estamos enseñando, pero está guardando y estructurando la información para cuando esté preparado para llevarlo a la práctica.
Nuestro hijo va a ver cómo gestionamos nosotros las emociones cuando nos desbordan. Eso es una estrategia que su cerebro está almacenando para el futuro.
Nuestro hijo está asimilando cuando le retiramos el brazo porque está a punto de pegarnos y le decimos… “puedes estar enfadado, pero no puedes pegar”. Eso también es una estrategia que está almacenando para el futuro.
¿Qué más podemos hacer?
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No trates de razonar en medio de una tormenta emocional (¡te prometo que no funciona!).
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Sé su calma. Tu eres su refugio y su ancla para volver a regularse.
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Modela con tu ejemplo. Si nosotros nos ponemos a su nivel y reaccionamos desde la ira, perdemos la oportunidad de enseñar.
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Valida sus emociones: Aunque te parezca absurdo que llore porque el plátano está “mal pelado” para él es una crisis real. Dile: "Veo que estás muy enfadado porque el plátano no salió como querías." No cambia la situación, pero sí le ayuda a sentirse comprendido.
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Diferencia emoción de conducta: Tu hijo puede sentir rabia porque no consigue lo que quiere. Eso es válido. Lo que no se valida es pegar o romper cosas (por ejemplo).
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Da un respiro (literal): Ayúdale a encontrar formas de calmarse. Practiquen respiración profunda, den un paseo o tomen aire juntos.
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Anticipa y prepara: El cerebro de un niño se desborda con los cambios repentinos. Si sabes que una situación va a ser difícil (como salir del parque o apagar la tele), anticipa lo que va a pasar: "En cinco minutos nos vamos del parque, ¿Quieres tirarte por última vez en el tobogán o prefieres el remo?"
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Recuerda que no es personal. Su resistencia no es contra ti, sino contra la frustración que siente.
Ten presente siempre que estamos enseñando para la vida.
Las rabietas pasan. Lo que permanece es la forma en la que un niño aprendió a sentirse acompañado cuando peor lo estaba pasando. Y esa será una de las herramientas más valiosas que llevará consigo el resto de su vida.
Haridian Suárez
Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)
































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