
A mamá, in memoriam.
Aún permanecía grabada en la retina de los españoles la imagen televisiva, en blanco y negro, de Arias Navarro anunciando, con el rostro compungido, el fallecimiento del Jefe del Estado. La frase «Españoles, Franco ha muerto» dio la vuelta al mundo y quedó para siempre en la memoria colectiva de un pueblo que contemplaba, entre esperanzado y anhelante, el inicio de un nuevo amanecer.
No habían transcurrido aún nueve meses cuando tuvo lugar en Gáldar, mi pueblo natal, una manifestación. En ella no se reclamaba la redacción de una Constitución, ni la legalización del Partido Comunista, ni siquiera la liberación de presos políticos, sindicalistas o anarquistas. Sin embargo, no por ello dejó de ser menos heroica y significativa que las muchas que la sucederían en los años venideros.
En 1976 me disponía, junto a mis compañeros, a afrontar el sexto curso de la EGB, sin imaginar que también nosotros seríamos testigos de aquellos primeros cambios que comenzaban a transformar el país y a moldearnos, casi al mismo tiempo, en lo académico y en lo social.
En la asignatura de Lengua Española nos iniciamos en las lecturas, necesariamente abreviadas, de Lazarillo de Tormes y Rinconete y Cortadillo. Descubrimos el blanco caserío de Moguer y la ternura de Platero y yo y, de la mano de Miguel Hernández, nos acercamos por primera vez a una poesía comprometida con la realidad social. Sin saberlo, aquellas páginas iban a despertar en nosotros una forma particular de ver el mundo.
Pero, para emociones fuertes y descubrir el mundo, no había nada como el aula de Sociales. De repente, un día, cruzábamos de la mano de la señorita Agustina Marrero los Pirineos y, en un chasquear de dedos, llegábamos hasta las puertas de los Urales. Aprendimos que la Torre Eiffel estaba en París y que los italianos habían construido una torre que parecía desafiar la gravedad de Newton. Aunque, para alturas y vértigos, nada como las Montañas Rocosas, que iban cambiando de nombre a medida que descendíamos por el globo terráqueo: Sierra Madre, los Andes y, finalmente, la Patagonia.
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No tardé en comprender lo poco que conocía el lugar en el que había nacido. Con la yema del dedo índice podía seguir el curso del río Volga en el mapa mudo y encontrar los montes Grampianos o señalar con exactitud la posición de la Gran Muralla China, el Partenón o la plaza del Trocadero con la precisión de un experimentado geógrafo. En cambio, cuando recorría el territorio de mi propia memoria, apenas tenía referencias. La Montaña de Gáldar era para mí una inmensa pirámide cercada por feraces platanales y el puente de Los Tres Ojos, un camello de tres jorobas que atravesaba el barranco. Había aprendido a viajar por el mundo sin salir del aula, pero todavía ignoraba los accidentes geográficos y monumentos históricos que se extendían más allá de la puerta de mi casa.
Por fortuna, en 1976, dos jóvenes galdenses de pro se empeñaron —aunque no estaba el horno para bollos— en recabar apoyos para salir en defensa de los túmulos de La Guancha. Uno era hijo de una conocida saga de empresarios; el otro me había visto crecer en los aledaños de la Cueva Pintada jugando con sus primos y primas y, durante una temporada, se ganó unas pesetas como dómine de latín.
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Arropados por pintores, escultores, poetas, maestros de escuela y otros profesionales comprometidos hasta la médula con la protección del patrimonio, lograron reunir a un ingente grupo de héroes anónimos que venciendo el miedo heredado de tantos años de silencio, decidieron alzar la voz.
Todos a una, como en Fuenteovejuna, protagonizaron la primera movilización ciudadana de la Transición en Gran Canaria. No reclamaban, como ya he dicho, libertades políticas ni exigían cambios constitucionales; defendían algo que trascendía con creces el ideario político de cada uno de ellos: un legado que pertenecía a todos, la memoria de una tierra y la herencia de quienes la habitaron siglos antes.
Aquella protesta demostró que la democracia no solo comenzaba a construirse en los parlamentos o en las grandes ciudades, sino también en pueblos como Gáldar, donde el compromiso con el patrimonio se convirtió en una forma de aprender a ejercer la ciudadanía y el civismo, y donde ese compromiso brotaba, a mi entender, de los estratos más profundos de la tierra.
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Porque, como escribió don Benito Pérez Galdós, «entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde». También en Gáldar hubo, hace ahora cincuenta años, lenguas vivas que se negaron a que el silencio y la desidia sepultaran para siempre los túmulos de La Guancha. Gracias a ellas, una parte esencial del patrimonio prehispánico de Gran Canaria ha llegado hasta nuestros días y continúa formando parte de la memoria histórica y la identidad cultural de la isla.
De los veranos de mi infancia recuerdo ahora con especial cariño aquellos momentos en los que mi madre aparcaba las tareas domésticas para llevarme junto al mar. Los quehaceres del hogar podían esperar. Mientras yo correteaba por la arena de Bocabarranco buscando conchas y sedales olvidados, ella recolectaba lapas y burgados para un arroz que, una vez cocinado, sabía a gloria bendita.
Si aquel fin de semana papá no andaba enfrascado en la autoconstrucción de nuestra pequeña casa, todavía a medio hacer, y no tenía que recorrer a pie la costa de El Pagador, San Felipe y San Andrés pregonando, a golpe de trompetilla, una garrafa de mantecado, ni esperaba otra de igual calibre que le llegaba en la bodega del coche de hora para despacharla, ya desfallecido, en Moya, entonces nos acompañaba al mar.
Con papá aprendí a nadar en las piscinas del Agujero y que los desperdigados túmulos de la costa eran un gran cementerio de los aborígenes. Papá desconocía términos como necrópolis o panteón funerario del Guanarteme y su corte para referirse a La Guancha. Pero en él se daban dos circunstancias extraordinarias: el respeto y la sensibilidad por el trabajo ajeno.
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De vuelta a casa, al pasar junto a los túmulos y ver allí un neumático abandonado, un reguero de botellas y vidrios o una olla rota, junto a unas solidificadas heces humanas, papá decía a mamá en voz baja:
—Esto es vergonzoso.
El abandono y la dejadez se habían adueñado de los túmulos y por ese motivo se escuchó en 1976 el clamor de unas dos mil personas en favor de su digna conservación.
Pero, para hablar de conservación y limpieza, nadie mejor que mamá. Al aproximarse el Día de Difuntos, subía a la azotea y, de entre los tiestos, algunos incluso lañados con alambres, escogía con mimo los mejores crisantemos. Luego, junto con la tía Carmela y conmigo, acudía al cementerio de San Isidro.
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En la tumba de los abuelos se pintaba el borde de la lápida, se daba una capa de barniz a la cruz y se lavaban los floreros antes de colocar en ellos los crisantemos. Como a la tumba de al lado no acudía nadie, también la adecentábamos y dejábamos unas pocas flores.
Si mamá, con tan poco, encontraba tiempo, voluntad y recursos para cuidar lo que consideraba digno de respeto, ¿cómo es posible que un Estado entero no hiciera lo mismo con La Guancha?
Desde aquella primigenia manifestación de 1976 han transcurrido cincuenta años, casi sin advertir el paso del tiempo, y ni un solo día el mar ha dejado de batir con sus olas el litoral de La Guancha, con suaves movimientos y la cadencia de un arrorró. Del mismo modo, las generaciones venideras deberían velar por este legado para que el abandono nunca vuelva a imponerse sobre la memoria. Como es obvio, yo ya no estaré, pero, como escribió recientemente en un bello artículo Manuel Vicent, sí que me gustaría estar mirando, desde el Carro de la Osa Mayor, la tierra que me vio nacer, junto a papá y mamá, los guayres, las harimaguadas y los amigos de la infancia.
Eulalio J. Sosa Guillén
































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