La manifestación en defensa de La Guancha [Gáldar] en 1976, supuso un antes y un después, como se suele decir. Lo cierto es que poco después de la manifestación, muchos entendimos que los manifestantes, no solo salieron a las calles por La Guancha, sino por todo el patrimonio en sus distintas manifestaciones en Canarias. Un patrimonio abandonado, expoliado y en algunos casos convertidos en auténticos basureros. Era un deber inexcusable y todo un clamor de los jóvenes que allí se congregaron; jóvenes universitarios formados principalmente en la universidad lagunera y en las facultades de magisterio.
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Llano de la Mimbre. Lugar habilitado en Tamadaba para acampar. En la fotografía
Celso Martín de Guzmán y los componentes del primer campo internacional
de excavación en Guayedra [Agaete], 1979
El año 1976 trajo consigo sin duda alguna, cambios y nuevos rumbos. Fue un año de transformaciones, tanto a nivel nacional como regional. Los cambios políticos llegaron con la destitución de Carlos Arias Navarro. A nivel significativo y para una referencia, el periódico El País inicia su andadura, se produce el secuestro de Eufemiano Fuentes, y la prisión para Ángel Cabrera Batista, el Rubio. El Ovni de Las Rosas [Gáldar] generó una expectación inusual a todos los niveles. Año en EL que tuvo lugar el primer carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, y de las movilizaciones obreras, atentados terroristas y olas de calor interminables. Entre estos el Manifiesto de «La Guancha»:
«La Guancha» es sólo un ejemplo, quizás el más lamentable de un proceso nefasto y negativo, de postergación sistemática de un patrimonio que por ser de la cultura, también lo es universal. Es así, como salvaguardarlo compete a instancias ya no sólo locales e insulares, sino regionales incluso. El llamamiento tiene por ámbito todo EL País Canario.
Que nadie se inhiba ante la exigencia histórica y social: pues, son las fuerzas vivas, las instituciones que se precian de ser canarias, el poder, y en definitiva sus hombres, a quienes exigimos, y advertimos, de su responsabilidad más allá de las consabidas disculpas burocráticas. Es el pueblo canario quien, por fin, ha hablado. Y la voz del pueblo, es nuestra voz», Celso Martín de Guzmán.
En la década de los setenta llegaron los campos internacionales de arqueología, y las primeras hornadas de alumnos del noroeste procedente de la Universidad de La Laguna [Tenerife], intelectuales que reivindicaban mejoras sustanciales y que participaron en sus municipios en distintas áreas del conocimiento y del saber. Así, gente de esta isla, norteamericanos, ingleses, franceses y de gran parte del territorio nacional, recalaron en diferentes campañas arqueológicas en «Guayedra» [Agaete]. Por entonces, los grandes yacimientos de Gáldar estaban en proyecto o ni siquiera algunos tenían la consideración. Primero fue las excavaciones en el «Barranquillo de Altabaca y en el Roque de Guayedra», precedidos por un exhaustivo trabajo de campo de su director. Algo tenía «Guayedra» que el Dr. Celso Martín de Guzmán se sentía atraído, ensimismado con su paisaje. Acaso sería por ser este anfiteatro, como le llamaba, la última posesión realenga del rey canario Fernando Guanarteme, de la que era descendiente según el correspondiente estudio genealógico.
Cincuenta años después, «Guayedra» yace en el olvido, abandonada, en la ignominia; mientras que los cimientos que el Dr. Celso Martín de Guzmán ideó para Gáldar han recogido sus frutos, y hoy es una ciudad visitable en este ámbito.
Por entonces, el camino a los campos de trabajo de «Guayedra» [en el escarabajo azul celeste], se convertía diariamente en una tertulia mañanera con Chano Sosa, José Antonio García Álamo y Sebastián Monzón Suárez como invitados de honor. Recuerdo que uno de los temas venía a cuento por los matices intensos de azules y verdes que afloraban en los riscos y andenes a eso de las siete de la mañana, con una atmosfera tan cambiante en la cordillera de Tamadaba, que recordaba a los pintores flamencos; sobre todo a los paisajes de Patinir. Con todo, y durante el trayecto, los consejos de Chano Sosa fueron de suma utilidad con el paso del tiempo.
En uno de esos días, Celso me encargó que eligiera un camino que partiendo del «Barranquillo de la Altabaca», lugar donde se ubicaba el yacimiento, llegáramos hasta el pinar de Tamadaba. La empresa no era difícil pero sí arriesgada, por el desconocimiento del lugar de los improvisados senderistas; nos invadió en la primera parte del trayecto cierta preocupación y locura de cabeza por la ligereza de algunos. Pero logramos llegar sanos y sin ningún rasguño al Llano de la Mimbre, lugar tradicional de acampada. No sin antes haber subido hasta la era del Lomo de las Casas, ribetear el canal de Guayedra Arriba para subir hasta Los Hoyos, en los bajos de Tamadaba, por la empinada Hoya de las Higueras. Desde donde trazamos una línea recta dificultada por la altura y la extensión considerable de las melosillas, que apenas nos permitía avanzar hasta llegar a la «Fuente de la Ovejera», con descanso obligado luego en el «Roque de la Ovejera». Fortaleza pétrea considerada como un pontón geográfico y por los lugareños una reseña horaria utilizada desde la época aborigen como huso horario; espectacular la visión que se ofrece desde esta altura. Allí estaba Celso mirando al Atlántico, sentado al pie de la muralla de piedras ciclópeas que dividía desde tiempos ancestrales los cortijos de «Guayedra y de Bizbique». En ese instante tuvo lugar una de las imágenes que se quedan fotografiadas en la memoria y que perduran en el recuerdo y que no se olvidan, pasando a formar parte del álbum fotográfico de nuestra vida. Tras el descanso reparador, continuamos la marcha lomo arriba a enlazar con el camino Real, la «Fuente del Cuervo» y ya en Tamadaba, camino cómodo hacia el Llano de la Mimbre, donde pernoctamos y hasta el día siguiente.
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Marca horaria en el anfiteatro de Guayedra [Agaete]. En la imagen el Roque Ovejero desde el yacimiento situado en el Roque de Guayedra. Fotografía realizada en 2013, a las 12:15 h.
De este lugar refería el Dr. Celso Martín de Guzmán de la existencia de «postes conmemorativos» en los acantilados del anfiteatro de «Guayedra», donde aún hoy se conserva en la toponimia el sitio conocido como el «paso del palo», en la lengua aborigen «Taxamenbidagua». Como del «culto astral» en el Roque de la Ovejera –28º 4’ 45’’ N y 15º 41’ 7’’ O–, cuyas coordenadas geográficas constituyeron un autentico calendario solar, reutilizado por los lugareños siglos después de la aculturación, de ahí el nombre de «Roque de la Sombra». Marcas solares de una sociedad productora jerarquizada y de la que fui testigo a través del aprendizaje recibido por mi abuelo paterno Rafael Cruz Jiménez. También los trabajadores de Agaete tomaban como referencia las cuevas de «Amagro» [Gáldar], que miraban al poniente; así cuando la sombra invadía su interior sabían que era las siete de la tarde, la hora de suelta [del trabajo].
Contaba Celso Martín de Guzmán, más bien reflexionaba intelectualmente, sobre el estado de los yacimientos, en uno de esos recorridos por la costa de «Botija» y en vista del estado en que se encontraban surgía la siguiente reflexión: «primero había que vallar los yacimientos para crear conciencia entre la gente, como ocurría en otros yacimientos en Europa». Es una de esas frases que me han acompañado a lo largo de mi vida, principalmente en lo profesional, como reflexión para inculcar modelos de protección del patrimonio.
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Guayedra de Abajo. Campaña de excavación en la Majada de Altabaca, 1979
Corría los tiempos de la alcaldía socialista en Agaete. Y en «Barranco Santo», topónimo cristianizado de un entorno sagrado aborigen, se inauguraba una pequeña plazoleta dedicada a Fernando Guanarteme y un pretendido hermanamiento entre Gáldar y Agaete. En el suelo de callados grises se dio forma con callados rojos, al panel de la Cueva Pintada, un excelente trabajo realizado por los operarios municipales. Cuando Celso recaló en el lugar el día de la inauguración, dejó de nuevo una frase para la historia de aquel Gáldar en blanco y negro por entonces, y en referencia al acto dijo: «luce más una piedra en Agaete que en Gáldar con toda su riqueza». Lo cierto es que cincuenta años después siguen luciendo las piedras en Agaete, pero desnudas; mientras que el municipio vecino se ha convertido en una referencia a todos los niveles. ¡Qué pena lo de este pueblo!
Otro de esos días, se organizó la subida al «Roque Bermejo» partiendo de Las Candelarias, hacia la cueva de Adelina, el camino Real de El Risco, el Lomo del Manco, la era, el Cardón Grande, la Montaña, la Degollada de la Arena y la vereda que conducía al cortijo de Bizbique, donde nos esperaba el merecido descanso frente al majestuoso «Roque Bermejo», y vuelta atrás para deshacer el camino. En aquella ocasión nos acompañaba Eusebio Barroso Álamo, además de don José Antonio Álamo García, Chano Sosa y don Sebastián Monzón Suárez. Qué día tan espléndido. El trayecto se convirtió en un caminar sosegado, con pausas significativas, que se convirtieron en un aula al aire libre, para hablar cada uno de ellos de historia, de arqueología, geología, botánica e incluso de climatología. De aquí la frase de José Antonio: «Nubarrones en Amagro, recalmón en Las Nieves».
De todos es sabido que el subsuelo de Agaete es un escenario de restos arqueológicos; a menos que se removieran los solares aparecían éstos en notable abundancia. Recuerdo que junto a Manuel Hernández Rosario, ir a la casa del arqueólogo en la calle Larga, para mostrarle los vestigios encontrados en una obra de la villa de Arriba, para que verificara su origen aborigen o no. Nos recibió en su despacho, interrumpiendo una tertulia donde estaba entre otros, el escultor Borges Linares. Magnifico detalle, detener una conversación privada para atender a dos jóvenes interesados por la historia y la arqueología de su pueblo.
Allí siempre estaba Celso Martín, un intelectual de origen dando testimonio de una época de un interés inusual.
El Dr. Celso Martín debía su formación a su carácter personal, como también a sus maestros y profesores. Unos de sus maestros fueron don Sebastián Monzón Suárez y don José Antonio García Álamo. Cuando coincidían formaban una triada pocas veces vista, con un dominio del lenguaje inusual y conocedores del saber en su máxima expresión; y del latín. Que con el paso del tiempo se convirtieron en nuestros amigos. Amistad, en el caso de José Antonio, que llegaba hasta las correcciones ortográficas y tipográficas de nuestras publicaciones, incluso en la propia calle, como del tríptico, del cual compartimos la información que nos llegó de Bruselas [Bélgica]; y de Sebastián Monzón Suárez, las matizaciones oportunas cuando consultábamos el archivo parroquial de Gáldar, de la que era Archivero Municipal. Nunca podré olvidar sus consejos a la hora de publicar, como tampoco su voz que te transportaba a otros ámbitos y te facilitaba recorrer Gáldar a través de sus poemas.
Los tres formaban parte de una triada de pensadores y humanistas, conocedores al dedillo de la documentación existente en los archivos municipales y parroquiales, de su historia, de su flora y fauna, y del tiempo: político como atmosférico. Hasta entonces no he conocido a personajes de semejante consideración.
Antonio J. Cruz y Saavedra
Licenciado en Historia del Arte
Profesor Catedrático de Enseñanza Secundaria [Jubilado]
Universidad de La Laguna [Tenerife]
































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