Cuando Gáldar dice que todos somos pregoneros
El pregón de las Fiestas Mayores de Santiago ha vuelto a recordar algo que conviene no olvidar: una fiesta no pertenece solo a quien sube al escenario, sino a toda la comunidad que la sostiene.
Victorio Pérez emocionó a Gáldar con un pregón ligado a la memoria, a los recuerdos personales y a la historia reciente de la ciudad. Pero más allá del nombre del pregonero, lo importante es la idea que queda flotando después: todos somos pregoneros de alguna manera.
Porque un pregón no es únicamente un discurso inaugural. Es una forma de decirle al pueblo que ha llegado su tiempo de reconocerse. Es una llamada a la memoria, a la convivencia y al orgullo compartido. Durante unos días, la ciudad se mira a sí misma con más intensidad, recuerda lo que fue, celebra lo que es y se pregunta, aunque no siempre lo diga en voz alta, qué quiere seguir siendo.
Lo es quien adorna una calle. Quien prepara una comida familiar. Quien vuelve al municipio cada julio. Quien recuerda cómo eran las fiestas de antes. Quien trabaja en seguridad, limpieza, cultura o sonido. Quien toca, canta, baila, reza, mira o simplemente se emociona.
También es pregonero quien abre su casa a familiares que regresan. Quien guarda una silla para un mayor. Quien enseña a un niño dónde empieza la tradición. Quien participa desde un barrio, desde una asociación, desde un comercio, desde una parroquia, desde una banda, desde un colectivo cultural o desde el trabajo silencioso que casi nunca aparece en las fotografías.
Las fiestas populares no se construyen solo con programas impresos.
Se construyen con pertenencia.
Y la pertenencia no nace de un cartel ni de un escenario. Nace de sentirse parte de algo que nos supera. Nace de saber que la fiesta no es solo una sucesión de actos, sino una memoria compartida que cada generación recibe, transforma y entrega a la siguiente.
Gáldar vive en julio una de sus expresiones más intensas de identidad colectiva. Las Fiestas Mayores de Santiago no son solo una cita festiva; son una manera de encontrarse, de volver, de reconocerse y de recordar que la ciudad tiene una historia profunda, pero también una vida presente que necesita ser cuidada.
Pero una ciudad no debe limitarse a celebrar su memoria; también debe preguntarse qué hace con ella.
Una fiesta puede unir, pero también puede excluir si no llega a los barrios, si no cuida a los mayores, si no piensa en la accesibilidad, si no escucha a los jóvenes o si convierte la tradición en un simple escaparate.
Ahí está el reto de toda fiesta grande: no perder alma mientras gana tamaño.
Porque una programación puede ser amplia, atractiva y multitudinaria, pero si una parte del municipio no se siente llamada, algo falla. Las fiestas deben ser del casco, sí, pero también de la costa, de las medianías, de los barrios rurales, de quienes viven lejos del centro y de quienes no siempre tienen facilidad para participar.
La fiesta verdaderamente popular no pregunta cuánto puede consumir una persona, sino cuánto puede reconocerse en ella.
Ser pregonero no es solo hablar de la fiesta.
Es responsabilizarse de lo que la fiesta representa.
Y lo que representa Santiago para Gáldar va mucho más allá de unos días de música, procesiones, encuentros, ferias o actos culturales. Representa continuidad. Representa comunidad. Representa una ciudad que se sabe heredera de una historia y que, precisamente por eso, tiene la obligación de celebrarla con respeto.
Gáldar tiene una historia fuerte, pero esa fuerza debe traducirse en convivencia, participación y cuidado de lo común. Debe traducirse en calles limpias después de la celebración, en respeto al descanso vecinal, en seguridad para todos, en inclusión, en accesibilidad y en capacidad para que la alegría no se convierta en molestia ni la tradición en rutina.
Porque una fiesta grande no se mide únicamente por la asistencia.
Se mide por la capacidad de reconocerse en ella.
Se mide por cómo trata a quienes la sostienen desde dentro. Por cómo incorpora a los barrios. Por cómo cuida a sus mayores. Por cómo permite que los jóvenes participen sin reducirlos a espectadores. Por cómo respeta la memoria sin impedir la renovación.
Las fiestas necesitan música, sí. Necesitan alegría, economía, emoción y calles llenas. Pero también necesitan sentido. Sin sentido, cualquier celebración corre el riesgo de convertirse en ruido. Con sentido, incluso el acto más pequeño puede convertirse en memoria.
Por eso todos somos pregoneros.
Lo somos cuando hablamos bien de nuestra ciudad sin esconder sus problemas. Cuando participamos sin apropiarnos de la fiesta. Cuando criticamos para mejorar y no solo para destruir. Cuando entendemos que la tradición no pertenece a un grupo, a una generación ni a una institución, sino a toda una comunidad.
Todos somos pregoneros cuando contamos Gáldar con dignidad.
Y también cuando ayudamos a que nadie quede fuera de su celebración.
Porque al final, una fiesta no empieza solo cuando alguien pronuncia un pregón desde un escenario. Empieza cuando un pueblo decide volver a mirarse, volver a encontrarse y volver a decir, con alegría y responsabilidad, que sigue estando vivo.
Vidal Bolaños Betancort






























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