
Siento decirlo porque confieso que me hubiera gustado estar allí. Mucho. Pero yo no formé parte de esa pequeña y ruidosa multitud de mujeres y hombres comprometidos y decididos que en julio de 1976 se manifestaron en La Guancha. De hecho, no fue hasta tres años después cuando tuve mi más temprano contacto con el importantísimo rosario de yacimientos arqueológicos de la costa de Gáldar (La Guancha, El Agujero, Bocabarranco). Fue durante mi primera estancia en Gran Canaria donde había llegado desde Madrid para participar, como estudiante voluntario, en una campaña de excavaciones que tuvo por objeto dos pequeños caseríos canario-amaziges del barranco de Guayedra: Majada de Altabaca y El Roque.
El director de estos trabajos no era otro que mi muy querido y añorado Celso Martín de Guzmán. Y a él debo todo lo que sé, y recuerdo por personas interpuestas, de lo sucedido aquel día en que se expresó de manera elocuente una conciencia patrimonial, pionera y robusta, que solo necesitó, para salir de su estado de latencia y llenar las calles y los caminos que bajaban hacia La Guancha, la condescendencia gubernamental otorgada que caracterizó, con todos sus desvaríos, excesos e insuficiencias democráticas, el inicio de eso que hemos convenido en llamar la Transición.
Fue Celso quien, con el correr del tiempo, supo hacerme partícipe de la excitación y de la solemne relevancia del momento. Y, también, del ambiente festivo que reinó entre las y los manifestantes. Para muestra, el botón del equívoco hilarante de una de las consignas acuñadas para la ocasión por el inefable Pepe Dámaso: “lo primero, lo primero, salvar El Agujero”. Varias fotografías, algunos artículos de prensa y el texto del manifiesto que él mismo redactó y leyó encaramando a uno de los túmulos hicieron el resto para estampar en mi memoria esos recuerdos prestados y retrospectivos.
Al mes de tener lugar la marcha de La Guancha, mi futuro maestro y amigo pronunció, en el marco de las VI Jornadas Culturales del Archipiélago celebradas en la Villa de Agaete, una conferencia titulada “La problemática arqueológica de la costa de Gáldar”. Vale la pena reproducir un pasaje de este texto, inédito hasta 2019:
“Frente al ‘guanchismo’ o a los patrioterismos ocasionales, más allá de esas efervescencias veraniegas que todo lo pretenden zanjar tras una ligera visita a aquellas ruinas, quiero, porque es de justicia, reconocer la dimensión y el significado de la manifestación patriótica que el pasado 15 de Julio, partiendo de la ciudadela de los guanartemes, recorrió las calles y caminos de la vieja Agaldar, hasta la misma Necrópolis del Aguyarem. Allí efectivamente no estuvimos todos. Pero puede decirse que estuvimos los de siempre. Las ausencias notorias resaltaron con su vacío esa distancia, casi siempre insalvable que se interpone entre la realidad y la erudición. El hecho que se planteó como simplemente cultural, en defensa del patrimonio que nos estamos jugando a cara o cruz, fue como es fácil adivinar, aprovechado por otros sectores ideológicos que en el fondo utilizan nuestro pasado como mero trampolín populista. Ese género de canarismo y de política me merece todos los respetos, pero considero que invierte la dialéctica del proceso cuando ‘como una linda tapada’, coquetea con nuestra historia en un oportunismo que no merece más comentario” (C. Martín de Guzmán: Scripta ad historicam haeriditatem pertinentia. Debates y combates por el Patrimonio, Gobierno de Canarias, 2019, p. 64).
Esta crónica crítica, marca de la casa, esa llamada a la acción eficaz no eran pura retórica pues la contribución de Celso fue fundamental para que se hiciera realidad antes de que acabara el año, en el mes de octubre, la declaración de utilidad pública para esta zona arqueológica. Como por entonces ya había sucumbido para siempre, además de al encantamiento de la arqueología isleña, al placer de estar en su compañía, y de gozar de su cautivadora inteligencia, soy testigo directo, y leal en mis silencios, de que sin él nunca se habría logrado, ya a principios de los ochenta, la cesión al Estado por parte de los herederos del empresario británico David J. Leacock, Míster Leacock, de la parcela donde se ubican las ruinas. Hay que recordar que esta donación era una condición necesaria, aunque por desgracia no suficiente, para conseguir la protección definitiva de este notable conjunto, empezando por su tan indispensable como polémico vallado. Y asimismo para favorecer el desarrollo, en las mejores condiciones, de un primer programa de actuaciones arqueológicas y patrimoniales dignas de ese nombre que el propio profesor Martín de Guzmán acabaría liderando junto con sus colegas y amigos Antonio Tejera Gaspar y Rodrigo de Balbín Behrmann.
En esas estábamos cuando, después de varios años intentándolo, conseguimos poner en marcha, a finales de 1986, el proyecto Cueva Pintada que concitó todos nuestros afanes y absorbió todo nuestro tiempo. Y el conjunto arqueológico formado por La Guancha, El Agujero y Bocabarranco pasó, para nosotros, a un segundo plano. Sería muy injusto decir que nada se ha hecho allí desde entonces. Pero estas acciones, en algunas de las cuales yo mismo participé como colaborador ocasional de Iñaki Sáenz y Sergio Olmo (ver Un lugar y un tiempo. La Guancha, El Agujero y Bocabarranco, Sociedad Científica El Museo Canario, 2024), saben realmente a poco. Sobre todo, si el listón sigue siendo, medio siglo después, 2 3 el “doble compromiso; ante la historia y ante el futuro” con que concluía la primera frase del Manifiesto de 1976.
Ya veremos en qué queda la reciente inauguración del Centro de Interpretación de La Guancha, tan largamente esperado. Pero, entretanto, hay que volver a La Guancha este próximo miércoles, 15 de julio de 2026, acompañando y arropando a mis estimados Javier Quesada y Antonio Rodríguez, los dos principales impulsores de aquella memorable jornada. Porque, tal y como veo yo las cosas, sigue siendo indispensable renovar, cincuenta años después, el compromiso que, como rezaba también ese texto, convierta a cada ciudadana canaria, a cada ciudadano canario en “guardián permanente de un legado cultural e histórico que tiene su razón de ser en un principio muchas veces invocado y pocas veces respetado: la canariedad”. La incuestionable legitimidad de las mayorías de gobierno, el magnetismo deslumbrante de los líderes carismáticos, el principio de autoridad, un punto tiránica, de las y los expertos, no son nada, absolutamente nada, sin el concurso decidido de unos hombres y mujeres juramentados para reactivar, atravesando los pliegues del tiempo y buceando en las superposiciones que dan forma a los espacios, las memorias materiales, los recuerdos y los olvidos hechos cosas, vestigios y trazas, de todas y cada una de las ausencias de eso que llamamos presente.
Jorge Onrubia Pintado






























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