Cuando lo que se hace por devoción se convierte en una obligación
Son las dos de la madrugada. Mañana hay una actuación, todavía queda un documento por enviar, una llamada pendiente y varios mensajes por responder. Mientras la casa duerme, la luz del ordenador sigue encendida. Es entonces cuando uno se pregunta en qué momento el tiempo que decidió regalar empezó a convertirse en una obligación.
No escribo estas líneas desde la teoría. Lo hago desde la experiencia de haber dedicado muchos años al asociacionismo cultural, con sus alegrías, sus satisfacciones y también con sus renuncias. Porque hay una realidad de la que pocas veces hablamos quienes formamos parte de un colectivo: el compromiso puede ser una de las experiencias más gratificantes de la vida, pero también puede convertirse, sin apenas darnos cuenta, en una pesada carga.
Vivimos en una sociedad donde el tiempo parece ser el bien más escaso. Corremos para llegar al trabajo, atender a la familia y cumplir con nuestras obligaciones. Sin embargo, existe un regalo que vale más que cualquier bien material: el tiempo que dedicamos a los demás. Es el único bien que nunca podremos recuperar. Cada minuto que ofrecemos a una persona, a una causa o a un proyecto es una parte de nuestra propia vida.
Ese regalo adquiere un valor especial en quienes forman parte de asociaciones culturales, colectivos sociales, entidades vecinales, clubes deportivos o grupos de voluntariado. Gracias a esas personas se mantienen vivas nuestras tradiciones, se organizan actividades para los vecinos, se ayuda a quienes más lo necesitan y se crea un sentimiento de comunidad que ninguna administración puede sustituir.
Precisamente porque ese tiempo tiene tanto valor, nunca debería dejar de ser un regalo.
El problema aparece cuando aquello que comenzó siendo una ilusión acaba convirtiéndose, casi sin darte cuenta, en una obligación. Primero aceptas una responsabilidad porque crees en el proyecto. Después llegan nuevas tareas. Más tarde aparecen los compromisos que nadie quiere asumir. Y un día empiezas a escuchar frases como: si tú no estás, esto no sale; solo tú sabes hacerlo; sin ti la asociación no funciona.
Quien las pronuncia suele hacerlo con la mejor intención. Pero esas palabras, repetidas una y otra vez, terminan colocando sobre una sola persona una responsabilidad que debería pertenecer a todo el colectivo.
Es entonces cuando el voluntariado deja de ser completamente libre. La satisfacción de colaborar empieza a mezclarse con la presión de no fallar. Uno siente que no puede decir basta, que descansar es abandonar o que dar un paso al lado equivale a traicionar a quienes tanto aprecia.
Y esa no debería ser nunca la esencia del compromiso.
Hay una frase que resume muy bien esta situación: cuando las cosas salen bien, el mérito es del colectivo; cuando salen mal, la culpa suele recaer sobre el presidente. El éxito se comparte; el fracaso, demasiadas veces, se personaliza.
Quienes asumen responsabilidades conocen bien ese desgaste. Son las noches sin dormir preparando reuniones, redactando proyectos o resolviendo problemas de última hora. Son las llamadas fuera de horario, las gestiones invisibles y los imprevistos que siempre acaban llegando cuando parecía que todo estaba resuelto.
También están esos favores que se piden en nombre de la asociación y que muchas veces terminas pagando con tu propia palabra. La llamada a un amigo para conseguir una colaboración, la búsqueda de un patrocinador, el préstamo de un material o una gestión urgente no los hace únicamente un presidente; los hace una persona que pone en juego su credibilidad, sus relaciones personales y el prestigio ganado durante años.
A ello se suma una realidad poco conocida. Aunque una asociación tenga personalidad jurídica propia, quienes la representan asumen importantes responsabilidades legales y el deber de actuar con transparencia, diligencia y honestidad. Son obligaciones que pocos tienen presentes cuando alguien acepta un cargo y que añaden un peso más a quienes ya han decidido regalar una parte de su vida al servicio de los demás.
Representar a una entidad significa, además, aprender a dejar a un lado las opiniones personales para defender las decisiones acordadas por el colectivo. La institución debe estar siempre por encima de quien circunstancialmente la preside. No siempre es fácil, pero forma parte de la responsabilidad que libremente se asume.
Poner límites tampoco suele ser bien recibido. Cuando decides reducir el ritmo o anunciar que ha llegado el momento de dar un paso al lado, descubres que no siempre encuentras comprensión. Quien durante años ha escuchado, animado y ayudado a los demás, pocas veces recibe una palabra de aliento cuando el cansancio empieza a pasar factura.
Quizá uno de los mayores errores que cometemos en muchas asociaciones sea confundir compromiso con disponibilidad permanente. Quien siempre responde acaba recibiendo cada vez más responsabilidades, mientras otros, convencidos de que siempre habrá alguien que las asuma, terminan alejándose de ellas. Sin mala intención, unos pocos cargan con casi todo y muchos acaban participando únicamente del resultado.
No escribo esto para señalar a nadie. Todos atravesamos etapas en las que podemos aportar más y otras en las que necesitamos descansar. Precisamente por eso las asociaciones deben aprender a compartir responsabilidades, fomentar el relevo y entender que decir hasta aquí no significa abandonar un proyecto. Significa permitir que otras personas también tengan la oportunidad de servir, aportar nuevas ideas y asumir nuevos retos.
Porque una asociación no se fortalece cuando tiene personas imprescindibles. Se fortalece cuando consigue que el compromiso sea compartido y que nadie sienta que lleva solo el peso de un proyecto que pertenece a todos.
Y, sin embargo, pese a todo, volvería a hacerlo.
Lo volvería a hacer porque el asociacionismo también regala momentos que difícilmente pueden describirse con palabras. La emoción de ver un proyecto hecho realidad, la satisfacción de comprobar que el esfuerzo compartido da sus frutos o el orgullo de contribuir a mantener vivas nuestras tradiciones compensan muchas horas de trabajo silencioso.
A lo largo de estos años como presidente de Los Cebolleros he tenido la fortuna de vivir experiencias que, cuando comenzaron a plantearse, muchos consideraban inalcanzables. Recuerdo cuando propusimos que nuestro grupo folclórico fuera la imagen del Cupón de la ONCE. Hubo quien pensó que era una meta demasiado ambiciosa. Lo mismo ocurrió cuando nació la idea de llevar nuestro folclore hasta Uruguay. También entonces aparecieron las dudas y quienes veían el proyecto como un sueño imposible.
Sin embargo, ambos desafíos terminaron convirtiéndose en realidad. Aquellas experiencias me enseñaron que los grandes proyectos siempre comienzan rodeados de incertidumbre. Lo que los hace posibles no es la ausencia de dificultades, sino la capacidad de un grupo de personas para creer en una misma idea y trabajar unidas hasta hacerla realidad.
Y esa es una enseñanza que nunca debería olvidarse: ningún éxito importante pertenece a una sola persona.
Sería profundamente injusto atribuir aquellos logros a quien ocupaba la presidencia. Detrás de cada proyecto hubo personas que dedicaron horas de su tiempo, aportaron ideas, buscaron soluciones, llamaron a puertas que parecían cerradas y mantuvieron la ilusión incluso cuando el camino se hacía cuesta arriba.
No voy a nombrarlas porque, con toda seguridad, cometería la injusticia de olvidar a alguien. Ellas y ellos saben perfectamente quiénes son. A todas esas personas les pertenece una parte de cada objetivo alcanzado y mi agradecimiento más sincero. Sin ellas, ninguno de aquellos sueños habría dejado de ser un simple deseo.
Precisamente por haber vivido esas experiencias afirmo que merece la pena comprometerse. Lo que no merece la pena es que ese compromiso deje de ser libre.
Este artículo no pretende reclamar reconocimiento ni despertar compasión. Tampoco busca señalar a quienes participan menos o cuestionar el trabajo de nadie. Al contrario. Es una invitación a que más personas den un paso al frente, porque cuanto más se compartan las responsabilidades, más fuertes serán nuestras asociaciones y menos dependerán del sacrificio de unos pocos.
Quizá el mayor éxito de quien preside una entidad no sea organizar el mejor acto, conseguir el mayor patrocinio o sacar adelante el proyecto más ambicioso. Quizá el verdadero éxito sea marcharse sabiendo que la asociación seguirá caminando sin él. Eso significará que no dedicó sus esfuerzos a hacerse imprescindible, sino a construir un proyecto capaz de perdurar gracias al compromiso de muchas personas.
También estas líneas han requerido tiempo. Tiempo para recordar, ordenar pensamientos y poner por escrito una experiencia que, estoy convencido, comparten muchas personas que dedican parte de su vida al mundo asociativo. Si este artículo consigue que alguien valore un poco más ese trabajo silencioso, que una persona decida implicarse en su colectivo o que quien lleva años sosteniendo una responsabilidad sienta que no está solo, el tiempo invertido en escribirlo habrá merecido la pena.
Porque regalar tiempo es uno de los actos más nobles que existen. Pero un regalo solo tiene valor cuando se ofrece libremente. Las asociaciones necesitan personas comprometidas, pero nunca personas cautivas de su compromiso. La devoción inspira; la obligación desgasta. Y cuando eso ocurre, no solo pierde quien entrega su tiempo. Perdemos todos. Porque el tiempo nunca debería exigirse; solo agradecerse.
Vaya, por tanto, mi admiración, mi respeto y mi más sincero reconocimiento a todas las personas que, de forma silenciosa y desinteresada, dedican parte de su vida para que nuestras asociaciones, nuestra cultura y nuestras tradiciones sigan vivas. A ellas les debemos mucho más de lo que, en ocasiones, somos capaces de reconocer.
Moisés Rodríguez Gutiérrez































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