¿Se relajan algunas fuentes de información?
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Actualmente, estimado lector, los acontecimientos humanos se precipitan: “Es el progreso”, pregónase. Y uno de los tales hechos se relaciona con la comunicación a través de redes sociales, periódicos, radio, televisión y los mil vericuetos que móviles e Internet imponen: ¡sorimba su multiplicidad!
(Por cierto: sorimbar y sorimbado(-a) son voces conocidas por mí desde la infancia, puro huesito recubierto: se mantiene -mantengo- el significado de la forma verbal en Gáldar -‘perplejar, anonadar, sorprender’- y de sus adjetivos. Busqué la palabra en el Diccionario básico de canarismos para confirmarla e, inmediatamente, sentí sobre mí la acción del verbo: ¡acabé enchumbado!, pues sólo aparece como ‘Caer lluvia menuda’. Tf., LP. [¿Viene a ser la construcción “siesne-siesne” para el agua muy fina, aportación de un paisano galdense, padre de mi exalumno Lucas Quintana?] Ya mojadito con simbólica llovizna del cielo descubro también que la voz “enchumbar” viene registrada en el Diccionario de la lengua española -RAE- como usual en Canarias, Antillas, México, Venezuela... ¿Por qué, estimado lector? )
Pero si mis observaciones no andan desarretadas, la ciudadanía tiende a agruparse en torno a concretas ofertas de tales medios de comunicación con cabezales registrados, lemas, simpatías… Pero algunos, anquilosados en monolíticas visiones y desprecios a contrarias ideas, despliegan bulos, falsedades, mentiras: en su guerra todo vale, aunque la barbarie afecte a inocentes o embarre el buen nombre de otros. Se trata de quienes no revisten su trabajo con imparcialidad informativa, muy al contrario: imponen intereses privados y venden panfletos disfrazados. (En varios, no obstante, es fácil localizar parentescos políticos, aproximaciones o servilismos a determinados partidos.)
Entre las cinco y las cinco treinta de las albas alterno dos emisoras de radio nacionales: sus titulares informativos coinciden bastante. Pero atendiendo a lo que Tomás Navarro Tomás -científico filólogo- llamó intensidad, tono, timbre y cantidad para referirse a las cualidades físicas del sonido articulado, algunas de estas difieren en los modos, lo que popularmente se conoce como “el retintín con que lo dicen”. Por tanto, alguien podría sospechar que una de las dos está sometida a lenta pero activa metamorfosis, disimulada pero perceptible en momentos.
Así, dícese y léese en titulares y desarrollos de ciertos medios que la Cadena SER emprendió una llamativa política de moderación, “entendiendo por tal que sus opiniones se deslicen discretamente hacia posiciones más aceptables para quienes detentan el poder en la derecha política y económica” (nuevatribuna.es). Añade que “la Plataforma ‘RTVs Públicas’ denuncia la ‘manipulación y privatización’ existente en los canales autonómicos”. Y un conocido periodista (elplural.es) “opina que la ‘derechización’ de la SER explica la salida de Ángels Barceló”. (Esta profesional inició en la Cadena el espacio informativo “Hora 25” y, posteriormente, “Hoy por hoy”, correspondiente a la madrugadora madrugada. Meses atrás fue “invitada” a la mesura. Dijo en su despedida: "Pasamos página, ya soy la página de la izquierda y ahora toca completar la página de la derecha".)
Viene a cuento lo anterior porque tengo muy presente la aceptada invitación que muchos años atrás la Cadena SER en Las Palmas me hizo: participar en el dominical programa “Vivir Canarias”, cuya dirección estuvo a cargo del palpitante isletero Domingo Rodríguez. Allí maduré la amistad con Nicolás López, exalumno, hoy jefe de Deportes. Y conocí para aprender con él al tercer Nicolás (Castellano), reportero y ciudadano del mundo: nos lo trae a través de palabras orales desde cualquier rincón de las tragedias e inmoralidades humanas. Y a Santiago Moreno Guedes, también ex, muchachote de gran nobleza…
Pero tuvo un final, como todo: fueron razones organizativas las cuales, obviamente, respeté, pues pertenecen a su estructuración y a su libertad empresarial. Frente a la SER y su exdirector solo tengo comentarios de gratitud: me permitieron intervenir con la más absoluta libertad de expresión durante los varios meses de presencia física.
Hoy también sigo en la misma línea a pesar de las edades... o a causa de ellas, acaso. Mantengo reflexiones y acudo a mi plácida colaboración periodística como hice años atrás, cuando tertuliaba con Antonio Castellano (todo un intelectual) y el largo listado de invitados, decenas de ellos. Como apunto, jamás se me insinuó desde las direcciones -a través de palabras concretas o figuradas- lo más mínimo sobre temas prohibidos o caminos “moderados”, inexistentes insinuaciones que, por supuesto, hubiera rechazado. Más: no formaban parte de su filosofía profesional. (Eso sí, tuve un gran freno: mi limitada capacidad.)
Siempre fui libre en el programa porque mis contertulios de todos los domingos (el director y la estructura del proyecto) fueron exquisitamente respetuosos con las palabras dichas y discutidas aunque -por suerte- no siempre coincidentes. (Por cierto: “discutir” no es llamar al contrincante “hijo de puta, gilipollas, putero, miserable, mamporrero de quinta…” en el recinto parlamentario, tal leo en elconfidencialdigital.com, 17/4. Porque es en el respeto donde está la persona civilizada, la que siente como elemento vital la opinión ajena acaso no convergente, pero le permite su relajada exposición sin arrebatos místicos, increpaciones, desajustes irracionales.)
Encontré también en la calle algo que me sorprendió y agradó: el programa era seguido por muchísima gente de distintos estamentos sociales, pensamientos paralelos pero no siempre iguales. Personas que, por ejemplo, nos mostraban su identificación con algunas ideas expuestas o, al contrario, manifestaban su desacuerdo -¡otra vez la palabra!- con civilizada distensión, tal corresponde a ciudadanos políticamente aprendidos en la libertad, el respeto... Y aunque discreparan de mis exposiciones me reconocían la prudencia y el sosegado respeto que siempre mantengo hacia quienes nada tienen que ver conmigo en el pensamiento.
En conclusión, estimado lector: nuestra sociedad, nuestros paisanos, necesitan programas y páginas dedicados a serenos y meditados análisis, racionales apasionamientos ante concretas situaciones, claros intentos de escapar a las verdades absolutas secuestradoras de absolutamente todas las libertades, imprescindibles estas para la comunicación con los demás. (Sobre controles, doctrinas emanadas desde el Poder y prohibiciones, tengo experiencia acumulada desde mi etapa juvenil: en un programa semanal -Palestra Universitaria- de Radio Popular de Tenerife, quizás año 70, osamos reclamar Marcos Cisneros y yo la libertad secuestrada. La censura oficial intervino desde el Gobierno Civil y lo eliminaron. Pero la Iglesia lagunera que nos invitó había tenido el valor de ofrecernos sus antenas.)
Hoy, como al poeta, me queda la palabra escrita. A veces deshaciéndola para darle un significado figurado. Otras, las más, para mantener la solidaridad de contenido humano. Y en mi alquilado corazón laten eternos AGALDAcimientos a la SER, La Provincia, Canarias7, iINFONORTEdigital.com, TeldeActualidad: “Le debo a la libertad / muy grande deuda le tengo”. Y a los medios mencionados (más otros), les correspondo con lo único que poseo: palabras nobles y elementales.
Nicolás Guerra Aguiar






























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