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Hace días escuchaba con atención el podcast “un tema al día” del Diario.es. Soy uno de los más de un millón de personas que lo escuchan al mes. Trata todo tipo de temas de actualidad con una seriedad, rigor y profesionalidad que hacen que no te despegues de tu móvil. Se ha convertido en el podcast más escuchado.
Desde hace dos años Juanlu Sánchez, el periodista que presta su maravillosa voz a este contenido, representa para mí el amigo con el que quedo todas las mañanas para desayunar. Su voz se adueña de la cocina en la que tomo el desayuno y, en quince o veinte minutos, me cuenta una historia. El día que por algún motivo mayor no lo puedo escuchar es como si le faltara algún ingrediente a mi desayuno. Ese día la comida no me sabe igual.
El tema que escuchaba hace unos días me puso los pelos de punta. Hablaba de Suecia y de niños sicarios. No me lo podía creer, porque se me hace muy difícil imaginar a unos niños de quince años encerrados en una celda en cualquier lugar del mundo, pero más en uno como Suecia. Sin embargo, es la triste realidad en la que vive hoy este país. Me asombra que esto pueda estar ocurriendo en este lugar que siempre representó para mí todo lo bueno y lo más avanzado, el ejemplo a seguir.
Sin querer, me ha venido a la mente el título de un libro que hace décadas circuló por las librerías españolas: “Suecia, Infierno y Paraíso”, un ensayo publicado en los primeros años de la década de los 70 cuya autoría he tenido que consultar para recordar cómo se llamaba: Enrico Altavilla, un italiano casado con una nórdica. El libro fue muy comentado en su época por el contraste que se daba en la sociedad sueca: el alto nivel de vida, el sistema social, la emancipación de la mujer y la modernidad contrastaban con el aislamiento, los altos índices de alcohol y los problemas de la juventud.
No hay que olvidar que Suecia, en los años 70, era “el país del futuro”. Para muchos ciudadanos europeos ha representado siempre el paradigma de las democracias más avanzadas del continente europeo, el más seguro, el más preocupado por los derechos de sus ciudadanos, el más tolerante, el de la sociedad del bienestar; el que poníamos siempre como ejemplo de todo lo mejor.
Lo que nos habló ese día Juanlu hizo temblar mi convicciones, fue como si se me cayera a los pies el mito que tenía en tan alta estima, me dio un baño de realidad que me dura hasta hoy en que, frente a mi ordenador, trato de encontrar las palabras para comentar la noticia.
El periodista habla de una cárcel para niños y de la aplicación de mano dura contra ellos; de la bajada de la edad penal a los quince años aduciendo el aumento de episodios violentos, de una espiral de violencia por revancha entre los jóvenes. De redes que se aprovechan de niños para cometer actos de violencia y convertirlos en sicarios. De esta manera estas bandas reducen el riesgo penal para sus propios miembros, además del coste económico, sabedores de que el código penal les aplicaría penas más suaves. Lo que subyace en el fondo de toda esta espiral de violencia es el intento de controlar el mercado de droga que entra en el país y los enormes ingresos que genera. En los últimos años, es el país de la Unión Europea con más muertes por tiroteo en relación al tamaño de la población.
Que se hable de una cárcel para niños en un país como Suecia es reconocer de facto el fracaso de una sociedad, es un paso significativo en el retroceso de las libertades; es volver a la barbarie de siglos anteriores; perder un referente mundial; es sentirnos, de alguna manera, derrotados.
Y nos resulta paradójico que esto ocurra en un país en el que los índices económicos son tan buenos y que cuentan con un estado de bienestar consolidado.
Este endurecimiento de las medidas tiene mucho que ver con los cambios que desde hace unos años ha venido experimentado la sociedad sueca. El voto conservador se ha ido imponiendo en sucesivas elecciones y hoy los partidos políticos que actualmente gobiernan son una coalición de tres partidos conservadores, junto a otro de ultraderecha, que no gobierna, pero que le presta su apoyo en la lucha contra el crimen organizado para terminar con la violencia utilizando políticas de mano dura que se traduce en más poder a la policía y más agentes en la calle, reforma del código penal, en el endurecimiento de las penas con los delitos más graves…
Y aunque estén en módulos individuales de 6 metros cuadrados, tengan ventanas con barrotes por los que entra bastante luz y una pared pintada de verde bosque para suavizar la estancia; que reciban visitas de familiares y salgan al patio una hora al día, no hace olvidar que están en una prisión. En esencia, son muy parecidas a la de los adultos, aunque no tengan ningún contacto con ellos.
La idea de las autoridades actuales es la reinserción de estos jóvenes, pero el simple hecho de meterlos en la cárcel lo contradice. Muchos organismos han criticado la medida: la fiscalía, policía, funcionarios de prisiones, criminólogos y miembros de otras organizaciones. Critican que no hay suficientes políticas de prevención. Que lo que habría que hacer es invertir en barrios marginados, pues muchos jóvenes no se sienten parte integrante de esa sociedad.
Aunque el gobierno lo quiera adornar empleando los más suaves adjetivos, una cárcel para niños será siempre una cárcel. Por lo que para mí Suecia es hoy más infierno que paraíso.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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