Kafka, siempre Kafka
Atreverme a hablar de uno de los autores más leídos, analizados, mencionados, idolatrados y, sin embargo, tal vez, menos entendidos, resulta toda una osadía por mi parte, lo reconozco. Pero después de haber contado con el lujo de visitar el museo en el que se congregan parte de sus trabajos literarios en la bella ciudad de Praga, el pasado 3 de julio, justo en el día en que Franz Kafka cumpliría 143 años de edad (nació un 3 de julio de 1883), pues qué quieren que les diga, es casi una obligación, una maravillosa obligación.
Todo está dicho sobre este escritor judío de Praga que usaba el alemán como idioma para hacer su literatura, no voy a aportar nada nuevo, más allá de manifestar mi admiración y reconocimiento por este escritor. Nacido en la capital de la República Checa, el creador de El castillo y de Metamorfosis, su obra más popular y mencionada, fue autor sobre todo de novelas y cuentos que sin embargo contó con una cierta consideración en vida como poeta. Está considerado como uno de los más importantes referentes de la literatura moderna y ello, muy a su pesar porque el escritor praguense había pedido a su amigo y editor Max Brod que destruyera toda su producción literaria, incluyendo sus diarios y cartas, punto que afortunadamente para la historia de la literatura, Brod desobedeció. Si no llega a ser así, las maravillosas creaciones literarias de este maestro de la vida y, sobre todo, de la desesperación de existir, que fue Kafka, no hubieran sido conocidas jamás.
A él debemos incluso la creación de un concepto que utilizamos cuando queremos hacer referencia a una situación carente de sentido: kafkiano, que deviene de la concepción del absurdo que expuso en sus obras literarias, sobre todo en relación a la crítica que realizaba hacia la burocracia gubernamental, un tema que abordó de forma profusa en obras como El proceso o en El castillo.
Hace poco leí Dos tardes con Kafka, un pequeño libro sobre lo que significa Kafka para el escritor Manuel Vilas. El autor Premio Planeta, natural de Barbastro (Huesca), reconoce abiertamente y con toda humildad que «con mucha probabilidad, yo no me habría convertido en escritor si no hubiera leído a Franz Kafka, o si la obra de Franz Kafka no existiese. Si intento borrar la obra de Kafka de mi alma, me quedo sin vocación literaria.»
Vilas, que afirma «yo no soy un lector de Kafka, yo soy su enamorado», nos recomienda para adentrarnos en la obra del checo: «leer, como primer plato, las tres narraciones largas de Kafka: América, El proceso y El castillo, por este orden. Y luego el diario, los cuentos, la carta al padre, los epistolarios, en fin, la obra completa» para luego afirmar «Kafka te manda amorosamente que te leas su obra completa. No te lo manda. Tú sientes esa necesidad, por una razón bien simple: cualquier frase de Kafka es un prodigio de la vida. Por eso acabas leyéndote no solo la obra completa sino todo cuanto se ha escrito sobre él». Por eso, leer a Kafka es también leer Dos tardes con Kafka (Alianza Editorial 2025), obra en la que Manuel Vilas establece un diálogo con el autor checo a partir de un soliloquio personal en un ejercicio de absoluto reconocimiento crítico y vital hacia este autor universal y único.
Pero el escritor español no ha sido el único que se ha visto influenciado por la literatura de Kafka. También otros grandes de la literatura como Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez se han declarado públicamente en deuda con el autor de La condena.
Nuestro autor nació en Praga en el seno de una familia judía checa de habla alemana y yidis. La ciudad por aquel entonces era la capital del Reino de Bohemia, que pertenecía al Imperio austrohúngaro. Allí estudió leyes y trabajó a tiempo completo en varios empleos vinculados al derecho y la correría de seguros, lo que le originó un conflicto vital ya que su verdadero deseo, tal y como expone en sus diarios, era dedicarse por entero a la escritura.
Franz fue el mayor de seis hermanos. Dos de ellos, Georg y Heinrich, fallecieron a los quince y seis meses de edad, respectivamente, antes de que nuestro autor cumpliera los siete años. Tuvo también tres hermanas: Gabriele (1889-1941), Valerie (1890-1942) y Ottilie (1892-1943). Las tres fueron conducidas por los nazis a un gueto tras la ocupación de Checoslovaquia. De allí condujeron a Ottilie, la hermana menor con la que más vinculación emocional mantenía Franz, al campo de concentración de Theresienstadt y el 7 de octubre de 1943 al campo de exterminio de Auschwitz, donde murió ese mismo día en las cámaras de gas, igual que otras 1.300 personas. Las otras dos hermanas también fueron víctimas del genocidio nazi.
Afortunadamente, Franz no vivió para sufrir el cruel final de sus hermanas a manos de los nazis ya que había fallecido casi veinte años antes, a la edad de 40 años, tras sufrir una dolorosa pulmonía, que le llevó a ser internado en un sanatorio cerca de Viena, donde sufrió un ataque de tuberculosis de laringe, que hacía que es simple gesto de tragar los alimentos le resultara muy doloroso. De hecho, durante sus últimas semanas de vida solo pudo alimentarse de líquidos. Falleció el 3 de junio de 1924, siendo enterrado el 11 de junio en la parte judía del cementerio nuevo de Praga, junto a sus progenitores. De su agonía es resultado la obra Un artista del hambre.
Al conocerse su fallecimiento, Milena Jesenská, periodista checa con quien le unía una entrañable amistad, quien por cierto también falleció en un campo de concentración nazi en mayo de 1944, escribió un obituario para el diario checo en el que trabajaba. En él escribió: “Pocos lo conocieron aquí, porque era un recluso, un hombre sabio y temeroso de la vida [...] Era tímido, asustadizo, gentil y bueno, pero los libros que escribió fueron crueles y dolorosos.”
Su obra, una de las más influyentes de la literatura universal, repleta de imágenes y situaciones fantásticas y surrealistas, en las que aborda temas como la ansiedad, el sentido de la existencia, la culpa o el absurdo de la burocracia, no se entendió estando el autor en vida. Sin embargo, hoy por hoy, y sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, su fama y su obra literaria, a la que hay que sumar una abundante correspondencia y escritos autobiográficos, ha ido incrementándose hasta convertirse en una de las más conocidas, admiradas y renombradas del mundo.
Si pasean por Praga, encontrarán numerosas referencias a su convecino más ilustre como la Cabeza de Kafka, en la zona moderna de la urbe, una escultura obra de David Černý, compuesta de 42 láminas móviles que van rotando dibujando el busto de Franz Kafka. O la Estatua de Franz Kafka, en el barrio judío, obra de Jaroslav Róna, una escultura compuesta por dos figuras: la figura inferior, de gran volumen, es un traje vacío (chaqueta y pantalones) sobre cuyos hombros se asienta el propio Franz Kafka. El monumento está inspirado en el relato breve de Kafka ‘Descripción de una lucha’.
Si les apetece profundizar sobre la vida y obra de este mítico autor, no tienen más que acercarse a su librería o biblioteca más cercana, tanto para leer algunas de sus icónicas obras como para leer alguna de las múltiples biografías sobre su persona, comenzando por la escrita por la persona que, a nivel literario y personal, más lo conoció y defendió, la de su amigo Max Brod, editor y periodista, judío de origen checolosvaco, quien murió a los 84 años, en 1968, en Tel Aviv (Israel).
¡Gracias, Max, por no hacer caso a tu amigo!
Y sobre todo, ¡gracias, Franz, por tu obra! Has hecho más grande a la literatura.
Josefa Molina






























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