
Hay dos tipos de personas en la oficina: las que trabajan y las que convocan reuniones para hablar de las personas que trabajan.
Yo no sé quién inventó las reuniones laborales, pero sospecho que fue alguien con mucho tiempo libre y una profunda aversión a la productividad.
Todo empieza con un correo inocente.
"Buenos días. Convocamos reunión de seguimiento a las 10:00."
Seguimiento de qué, nadie lo sabe. Pero allí vamos todos. Porque si algo caracteriza a las reuniones de trabajo es que uno nunca sabe para qué va, pero sí sabe perfectamente que va a perder la mañana.
A las diez en punto ya estamos sentados alrededor de una mesa. Bueno, en realidad a las diez en punto falta la mitad de la gente. A las diez y cinco llega el primero. A las diez y diez aparece otro con un café. A las diez y quince entra alguien preguntando:
—¿Alguien sabe por qué nos reunimos hoy?
Y nadie sabe responderle.
Cuando por fin estamos todos, comienza el ritual.
—Bueno... vamos a esperar un minuto más por si falta alguien.
Ese "minuto más" dura demasiado y lo pasamos hablando de cosas sin importancia hasta que alguien toma el relevo y decide empezar la presentación. Nada más y nada menos que cincuenta diapositivas.
La primera pone:
"Bienvenidos".
La segunda:
"Objetivos".
Y en ese momento ya has olvidado por qué estás allí y no puedes dejar de pensar en que tu cuerpo necesita café y, a mitad de la reunión, siempre aparece el especialista en hablar mucho sin decir absolutamente nada. Ese compañero capaz de hablar veinte minutos seguidos utilizando palabras como "sinergia", "optimización", "trazabilidad" y "estrategia".
Cuando termina, todos asienten, aunque nadie haya entendido nada. Ni siquiera él.
Luego están quienes aprovechan cualquier tema para contar su vida y los que se creen especialistas en PowerPoint y creen que cualquier problema puede resolverse con más gráficos.
—Como podéis ver en esta gráfica...
No podemos verlo porque la letra solo mide dos milímetros, pero todos fingimos y mentimos como auténticos campeones.
—Interesante.
Y llega entonces el momento más emocionante de toda reunión: el turno de preguntas. Silencio. Nadie quiere preguntar nada. Lo único que están deseando hacer es escapar. Pero al final, acaba saliendo el héroe de siempre, ese que levanta la mano cinco segundos antes de terminar con una pregunta que dura veinticinco minutos. Y adivinen qué, la respuesta dura otros cuarenta, haciendo que la reunión se convierta en un mundo paralelo donde tu mente hace rato ya que anda en el quinto sueño.
Es posible que hayan pasado dos horas. O dos décadas.
Nadie está seguro.
Algunos empiezan a mirar el reloj. Otros consultan el móvil bajo la mesa y los más veteranos se limitan a mantener una expresión facial que, aunque parezcan estar completamente atentos, en realidad están pensando en lo que van a almorzar cuando lleguen a casa.
Finalmente llega la frase mágica, la que todos llevamos un rato esperando.
—Bueno, no os quitamos más tiempo.
Dos horas y media después.
Maravilloso.
Y justo cuando creemos que somos libres, aparece la última puñalada.
—Vamos a convocar otra reunión para concretar lo hablado hoy.
Todo se queda en silencio y aparece la resignación, porque no importa cuántas reuniones hagamos, ni cuantos informes presentemos, tampoco las gráficas utilizadas, al final la conclusión siempre será la misma: tanto tiempo para decir algo que se podía haber dicho mediante correo.
Olga Valiente




























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