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“Hagamos el templo aunque tengamos que mendigar el pan”. Pocas frases vinculadas a la historia de Gáldar poseen una carga simbólica tan potente como la atribuida al capitán Esteban Ruiz de Quesada, aquel hidalgo galdense nacido el 12 de marzo de 1698 cuyo nombre permanece unido a la construcción de uno de los grandes referentes patrimoniales del municipio: la Iglesia Matriz de Santiago de Los Caballeros.
Aquella expresión pertenece a un contexto histórico concreto, a una sociedad donde la fe, el sacrificio colectivo y el deseo de dejar un legado a las generaciones futuras tenían un significado profundamente distinto al actual.
Juzgar una frase del siglo XVIII únicamente con los ojos del presente sería injusto, porque aquellas palabras nacieron en un tiempo de enormes dificultades donde levantar una obra comunitaria representaba una aspiración colectiva, una demostración de esfuerzo y una forma de construir identidad.
Pero respetar la historia no significa utilizarla sin reflexión. Precisamente porque las palabras tienen memoria, también tienen consecuencias cuando se rescatan siglos después y se convierten en mensaje protagonista de nuestro presente. Presumir de un escenario cuya frase central sea “aunque tengamos que mendigar el pan” da que pensar, y debería abrir un debate más profundo que la simple admiración estética por una decoración festiva. Porque una cosa es recordar una expresión histórica y otra muy diferente es convertirla en un símbolo de celebración sin detenernos a valorar cómo puede resonar hoy en una sociedad donde todavía hay personas que saben lo que significa necesitar ayuda para cubrir cuestiones básicas.
El problema no está en Esteban Ruiz de Quesada ni en su legado; el problema aparece cuando una frase nacida desde el sacrificio de otro siglo se exhibe en una época donde precisamente deberíamos luchar para que nadie tenga que vivir situaciones que se parezcan, ni siquiera de lejos, a mendigar el pan.
Gáldar tiene derecho a sentirse orgullosa de su historia, de sus tradiciones y de un patrimonio construido durante generaciones, pero un pueblo no puede vivir únicamente mirando hacia sus piedras antiguas mientras ignora las grietas sociales del presente. Detrás de la imagen de un municipio lleno de actos, escenarios, luces y celebraciones existe otra realidad que también pertenece a Gáldar, aunque no siempre tenga el mismo protagonismo.
Es la realidad de familias que atraviesan dificultades económicas, de trabajadores que aun teniendo empleo no consiguen estabilidad, de mayores que después de una vida entera de esfuerzo tienen que medir cada gasto porque su pensión no acompaña al coste actual de la vida y de vecinos que recurren a los recursos públicos porque necesitan una respuesta real, no una fotografía ni una promesa.
Y en este punto hay algo que debe quedar absolutamente claro: los servicios sociales no son caridad, no son un favor del ayuntamiento ni una muestra de generosidad de quienes ocupan temporalmente una institución. Los servicios sociales son un derecho de la ciudadanía y una obligación de las administraciones públicas. Nadie que acude solicitando apoyo debería sentirse como alguien que pide limosna, porque una sociedad avanzada se construye precisamente sobre la idea de que cualquier persona puede necesitar ayuda en algún momento de su vida. Convertir un derecho en un favor es una forma peligrosa de debilitar la dignidad de las personas, porque coloca al ciudadano en una posición de agradecimiento cuando realmente está ejerciendo algo que le corresponde.
Una administración no demuestra su compromiso social únicamente anunciando recursos, sino garantizando que esos recursos llegan cuando hacen falta, que los procedimientos no se convierten en muros imposibles y que las personas vulnerables no terminan agotadas entre esperas, trámites y silencios. El verdadero valor de unos servicios sociales no está en aparecer cuando el problema ya es extremo, sino en acompañar antes de que la situación se convierta en desesperación. Porque detrás de cada expediente hay una historia, detrás de cada solicitud hay una familia y detrás de cada necesidad existe una persona que merece ser tratada con respeto.
No se trata de cuestionar las fiestas ni de negar la importancia de la cultura popular. Las fiestas forman parte de nuestra identidad y también son necesarias porque crean comunidad, encuentro y sentimiento de pertenencia. Pero una sociedad madura debe ser capaz de celebrar y al mismo tiempo hacerse preguntas. Debe poder disfrutar de una plaza llena sin olvidar lo que ocurre cuando esa plaza se vacía. Debe poder admirar un escenario sin dejar de preguntarse qué mensajes estamos colocando en el centro y qué realidades quedan fuera de los focos. Dile esta frase a alguien que no tiene acceso a la vivienda….le va a encantar.
El viejo “pan y circo” continúa siendo una advertencia precisamente porque recuerda que un pueblo no puede conformarse solamente con entretenimiento y apariencia. La verdadera fortaleza de una comunidad no se mide por la magnitud de sus celebraciones, sino por la manera en la que responde cuando uno de los suyos atraviesa dificultades.
Un municipio puede tener grandes eventos y, al mismo tiempo, debe aceptar que la grandeza más importante no está en lo que se muestra durante unos días, sino en lo que se construye durante todo el año para mejorar la vida de sus vecinos.
Quizás el mejor homenaje que podemos hacer a quienes levantaron la historia de Gáldar no sea únicamente repetir sus frases ni utilizar sus símbolos, sino continuar construyendo desde los valores que necesita nuestra época. Ellos levantaron templos de piedra porque aquel era el gran desafío de su tiempo; el nuestro debería ser levantar una sociedad donde la dignidad no dependa de la suerte, donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde ninguna persona tenga que sentir que reclama como favor aquello que le pertenece como derecho.
Porque un pueblo verdaderamente grande no es solo aquel que recuerda con orgullo lo que fue, sino aquel que tiene la valentía de mirar su presente y proteger a toda su gente.
No todo puede ser voladores y purpurina.
Guayarmina Guanarteme
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