Zeneida Almeida del RosarioHay novelas que se leen como una historia ajena y otras que, sin pedir permiso, se sientan frente a nosotros y nos obligan a mirarnos por dentro. Quién me iba a decir que me pasaría a mí, de Zeneida Almeida del Rosario, pertenece a esa segunda clase de libros: los que no buscan únicamente entretener, sino remover, incomodar, acompañar y abrir una conversación necesaria.
Desde sus primeras páginas, la novela nos presenta a Marta, una mujer que aparentemente lo tiene todo: una relación estable, una vida construida, un amor conocido desde la juventud. Sin embargo, bajo esa calma cotidiana late una grieta silenciosa: el vacío, la rutina, la pérdida de deseo, esa sensación íntima que muchas personas no se atreven a confesar porque temen parecer ingratas, egoístas o malas. Ahí está uno de los grandes aciertos de la autora: no juzga a su protagonista desde la moral fácil, sino que la coloca ante su propia contradicción. Marta ama, pero duda. Se equivoca, pero siente. Rompe, pero también se rompe.
Zeneida Almeida del Rosario se adentra en territorios que todavía siguen siendo incómodos para buena parte de la sociedad. Habla del deseo femenino sin esconderlo detrás de la culpa. Habla de una mujer que quiere sentirse mirada, viva, elegida; una mujer que descubre que la pasión también puede ser una forma de despertar, aunque ese despertar traiga consecuencias dolorosas. Y aquí la novela se vuelve especialmente valiente: porque cuando una mujer expresa deseo, cuando se permite elegir, equivocarse o buscarse fuera del papel que otros le han asignado, el juicio social suele ser más severo. La autora pone el dedo en esa herida: todavía educamos a muchas mujeres para contenerse, para justificarse, para pedir perdón incluso por sentir.
Pero esta no es solo una novela sobre el amor o la infidelidad. Es, sobre todo, una novela sobre la caída y la reconstrucción. Marta atraviesa la culpa, el duelo, el miedo al qué dirán, la dependencia emocional y esa falsa idea de libertad que a veces confundimos con huida. Porque no siempre empezar de cero significa ser libre. A veces solo estamos escapando de una casa, de una relación o de una versión de nosotros mismos que ya no sabemos sostener.
La parte más necesaria de la obra aparece cuando la autora abre una puerta que todavía demasiadas personas prefieren mantener cerrada: la salud mental. La novela se atreve a entrar en una unidad de psiquiatría y lo hace sin morbo, sin caricatura, sin convertir el dolor en espectáculo. Allí aparecen seres humanos con historias, heridas, recaídas, adicciones, trastornos, pérdidas y miedos. Personas que no son “raras”, ni “locas”, ni etiquetas clínicas: son vidas pidiendo comprensión. En uno de los fragmentos más reflexivos, la obra denuncia que todavía a mucha gente le cuesta decir que va al psicólogo o al psiquiatra, como si cuidar la mente fuera motivo de vergüenza y no una necesidad tan legítima como cuidar el cuerpo.
![[Img #41462]](https://infonortedigital.com/upload/images/07_2026/3632_8516.jpeg)
Ese es quizá el corazón social de la novela: recordarnos que juzgamos demasiado rápido y escuchamos demasiado poco. Que detrás de una crisis puede haber abandono, duelo, depresión, trauma, soledad o una vida entera intentando resistir. La autora también aborda el suicidio, los intentos autolíticos, la ludopatía, las drogas, los trastornos alimentarios y el culto al cuerpo, temas que siguen siendo tabú precisamente porque nos obligan a aceptar una verdad incómoda: cualquiera puede quebrarse. Cualquiera puede perder el control. Cualquiera puede necesitar ayuda.
Y ahí el título cobra toda su fuerza: Quién me iba a decir que me pasaría a mí. Esa frase contiene una verdad universal. Pensamos que ciertas cosas les ocurren a otros: la depresión, el ingreso, la pérdida, el derrumbe, la dependencia, el error, la vergüenza. Hasta que un día la vida nos coloca frente al espejo y descubrimos que nadie está a salvo de romperse. La novela nos recuerda que la fragilidad no nos hace menos dignos; nos hace humanos.
Zeneida Almeida del Rosario escribe con una sensibilidad cercana, directa, emocional. Su voz no pretende elevarse por encima de sus personajes, sino caminar con ellos. Y en ese caminar, el lector encuentra una invitación poderosa: mirar distinto. Mirar sin condenar. Mirar a quien sufre como alguien que necesita acompañamiento, no etiquetas. Mirar a las mujeres sin exigirles perfección. Mirar la salud mental sin miedo. Mirar el dolor sin convertirlo en culpa.
Quién me iba a decir que me pasaría a mí es una novela necesaria porque abre conversación donde antes había silencio. Porque nos recuerda que la literatura también puede ser un acto de valentía. Y porque, al cerrar sus páginas, una pregunta queda latiendo: ¿cuántas personas a nuestro alrededor están pidiendo ayuda sin saber cómo decirlo?
Vidal Bolaños Betancort





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.108