
“Está pesada la tarde.
Fue lo que pensó Rosenda cuando trataba de sacar de paseo a su madre, que, una vez más, presentó un “no” por única y sólida respuesta. Es que en casa se está bien. Caminaremos por aquí, mientras suenan Los Sabandeños de fondo, concluyó la nonagenaria como para dejar zanjado una falsa y recurrente discusión. Y dirigióse al equipo radiofónico a sintonizar con el afamado grupo. Luego, Rosenda escribió a su marido un mensaje: está pesada la tarde. Y zanjó la cuestión olvidándose de todo. Y adaptándose.
Y, sí, era verdad que la tarde estaba pesada y tremendamente lenta. Por eso le costó al solitario esposo regresar a su casa tras la caminata vespertina. Y comenzó a recordar: se había tropezado con Rigoberto, el guardia civil del Banco de España, que le dijo que en un año y medio se jubilaría. Más tarde recibió la llamada de Leocadio, el de la Librería, que le propuso una intervención en la Biblioteca Municipal y que como era referida a libros dijo que sí. Algún saludo esporádico y, después, levantó la mano para saludar a un coche que no reconocía a nadie de su interior. Así se dispuso a regresar por la Avenida de Visvique o La Charca con el ánimo de que el Ayuntamiento, por fin, nombrara efectivamente el lugar. Pero no tenía éxito: sus relatos no los leía nadie. Ni siquiera cuando mató al único trabajador de su calle: el electricista-mecánico de coches que aún sobrevivía a duras penas en el lugar. Siempre contaba con clientela ya madurita y que disponía de coches mayormente viejunos. Por tanto, no le quedó otra opción: aquella tarde se inventó un nuevo crimen que, en el mejor de los casos, era el mismo de siempre y que sacaría a relucir a su eterno y constante investigador privado, Margarito González, experto en leer cualquier leyenda paqueteril o prospecto que descansara en su mesa de la cocina.
Margarito tenía una forma de expresión pastosa que delataba su ascendencia conejera, y trataba así con cualquier asunto con el que pegara la hebra. A veces, hablaba tan largo y tendido por teléfono que se plantaba ante su misma casa mientras la oreja le ardía sobremanera. Siempre fue hábil, dicharachero y educado, sobre todo, desde que había entrado en la edad de jubilación, a la temprana edad de cincuenta y dos años, que le pareció una especie de bendición que alentaba en cualquier momento. Cuando se lanzó con el nuevo caso, una mujer con perrito que caminaba cada tarde por la Avenida, no lo pensó dos veces: haré que se esclarezca este turbio asunto, se dijo a sí mismo aquella tarde pesada y lenta, donde el aire se había marchado del lugar y donde el llamado show de Truman regresaba a la vida.
Los habituales del lugar apenas cambiaron de pareja acompañante: estaban los dos hombres cuarentones que volaban en carrera alocada hacia ninguna parte, así como el muchacho que esperaba al amigo ocasional con el que caminaba hasta bien entrada la noche y que había dejado a su mujer atrás, en su casa. Y la pareja que entablaba una fugaz conversación de acontecimientos referidos a funcionarios generales y los jóvenes que acompañaban a su retoño mientras miraban detenida y continuamente el móvil. Entre todos ellos, la víctima solitaria que, protegida por su perrito, ¿quién saca a quién?, miraba y miraba y de vez en cuando se permitía saludar: cuando se disponía a levantar la cabeza en esporádicas ocasiones. Mujer parsimoniosa, con cierta pachorra según los días y siempre dejaba que el perrito oliera cualquier asunto que a ella le pasara inadvertido. Quizás por eso tardaba tanto. Hasta que un día no regresó: se le hizo tan tarde que ya en el principio de la noche tomó un taxi y fue como entrar en otra dimensión.
Cuando el detective Margarito se encargó del caso ya la Policía Local Canaria (POLOCA) había requerido sus servicios y dispuso ante él todos los datos de aquel extraño y farragoso suceso. Nunca había puesto los ojos en una de sus vecinas, por lo que el investigador mostró un extraordinario cuidado y una continua reserva ante sus sospechas más o menos constantes. Todo se centró en aquel extraño y joven taxista que en un tiempo anterior había ejercido de matón de escuela en el que las niñas jovencitas e impúberes ejercían sobre él notable oportunidad e influencia. No le gustaban los eufemismos, así que no le quedó más remedio que utilizarlos por el bien de sus vecinos. Y por respeto a la víctima, con la que había soñado eróticamente en algún que otro instante. Todo se aclaró en cuanto el ocasional conductor reconoció por fin su delito y la víctima fue encontrada detrás de la Vigen del Pino, a pocos metros del suelo en un improvisado aparcamiento que pocos ciudadanos utilizaban en aquellos tiempos lejanos en que el del Recinto Ferial estaba siendo remodelado. Gracias a que el taxista se sintió culpable y no pudo aguantar tanta presión (“¡Dios mío, parece como si la Virgen me hablara cada vez que paso por aquí!”) se supo la verdad. Todo era cuestión de tiempo. Sin embargo, Margarito también apretó lo suyo: su consabida discreción e insistencia continua ante cualquier asunto lo convertía en un personaje donde casi todo el mundo huía de él. Más que nada porque aguantar dos pesadeces vespertinas se consideraba un renovado ejercicio de aguante y discreción.
Y había que caminar. Y lograr acabar la carrera emprendida. Sobre todo, para lograr dormir mejor.”
Juan FERRERA GIL





























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