Hoya de los MojonesDesde Atis Amagro hemos leído el artículo publicado por Altahay bajo el título “Sobre la urgencia de actuar en Amagro”. Lo hemos leído con atención, que es una práctica recomendable antes de responder a cualquier texto. No tenemos claro que ese mismo ejercicio se haya hecho con nuestra propuesta “Cinco acciones urgentes para recuperar el Monumento Natural de Amagro”. O, si se ha hecho, quizá no se ha querido entender su sentido.
Nuestra propuesta no afirma que Amagro tenga un solo problema. Tampoco sostiene que la erosión sea la única agresión sufrida por este espacio. Mucho menos pretende borrar de la memoria colectiva otras afecciones graves que afectan a la montaña, a su entorno y a los barrios cercanos. Lo que plantea, en términos concretos, es algo bastante más sencillo: existen impactos visibles, acumulados y técnicamente abordables dentro del Monumento Natural de Amagro, y conviene actuar sobre ellos sin esperar a que todos los conflictos del territorio se resuelvan a la vez, por arte de magia o por agotamiento retórico.
La propuesta de Atis Amagro identifica con claridad una serie de problemas: la erosión asociada a la red de pistas, la pérdida de suelo, las cárcavas provocadas por antiguas actuaciones mal corregidas, el acceso incontrolado de vehículos, la huella de los antiguos vertederos, el deterioro de las cuevas de Japón, la presencia de elementos obsoletos y la expansión de especies introducidas en zonas sensibles. Quien lea el texto completo comprobará que no estamos hablando de una postal bucólica ni de un paseo amable por un “entorno maravilloso”, sino de un espacio protegido con heridas abiertas que necesitan intervención, seguimiento técnico y compromiso institucional.
Que el problema de las minas sea esencial resulta evidente para cualquiera que conozca Amagro. Lo que no resulta tan aceptable es presentar cada actuación que no empiece y termine en ese punto como una maniobra de distracción. Esa forma de razonar conduce a un callejón sin salida: si se actúa sobre la erosión, es maquillaje; si se propone recuperar suelos, es lavado verde; si se intenta ordenar el acceso de vehículos, es insuficiente; si se plantea completar la regeneración de vertederos, es sospechoso; si se habla con las administraciones responsables, es connivencia. Con ese criterio, solo queda una forma aceptable de compromiso: la que no produce ningún resultado concreto.
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Desde Atis Amagro no compartimos esa visión. Creemos que las administraciones públicas deben asumir sus responsabilidades, también aquellas que durante años han eludido o atendido de forma parcial. Precisamente por eso, cuando el Ayuntamiento de Gáldar y el Cabildo de Gran Canaria muestran disposición a estudiar actuaciones sobre el terreno, nuestra obligación no es quedarnos en la grada repartiendo certificados de pureza, sino aprovechar esa oportunidad para empujar medidas reales, verificables y útiles para Amagro.
Hablar con una administración no significa olvidar sus errores. Sentarse con una institución no significa absolverla. Proponer actuaciones viables no significa renunciar a otras reivindicaciones. Y pedir que se actúe ya sobre pistas, escorrentías, suelos degradados, cuevas, vertederos o especies introducidas no significa declarar irrelevante el resto de problemas. Significa, sencillamente, entender que la recuperación de Amagro no se hará con consignas, sino con trabajo, proyectos, financiación, intervención técnica y seguimiento.
Resulta llamativo, además, que se critique nuestra propuesta mientras se reconoce que Altahay “no está en absoluto en contra” de la recuperación del suelo en pistas, vertederos y escorrentías, ni de las repoblaciones con flora endémica. Es decir, se admite que las actuaciones son necesarias, pero se cuestiona que se impulsen. Se acepta el contenido, pero se sospecha de la oportunidad. Se comparte una parte del diagnóstico, pero se descalifica el intento de convertirlo en acción. La coherencia, como la restauración ambiental, también requiere cierto mantenimiento.
Atis Amagro ha dejado claro en diferentes ocasiones cuáles son los impactos fundamentales que afectan a este territorio. También ha distinguido entre el Amagro histórico y geográfico, más amplio, y el Monumento Natural de Amagro, que cuenta con una figura de protección específica y con instrumentos de gestión propios. Esa distinción no es menor. Una cosa es la montaña en su conjunto, con todos los conflictos acumulados en su entorno, y otra el ámbito concreto sobre el que se plantea una serie de medidas urgentes de recuperación ambiental y patrimonial. Confundir ambas escalas puede servir para escribir un artículo más encendido, pero no ayuda a resolver los problemas sobre el terreno.
También conviene recordar algo: promover el conocimiento ciudadano de Amagro no consiste solo en hablar de sus valores naturales como si fueran piezas de museo o decorados de parque temático. Conocer Amagro es comprender el contraste entre sus valores naturales, culturales y etnográficos, y las agresiones que ha sufrido y sigue sufriendo. Es explicar por qué una montaña con flora singular, patrimonio etnográfico, memoria agrícola, antiguos usos pastoriles y una posición paisajística excepcional ha llegado a acumular pistas degradadas, vertederos, procesos erosivos, especies introducidas e impactos de distinta naturaleza. La conciencia ciudadana no se forma con etiquetas, eslóganes ni poses para redes sociales; se promueve con acciones concretas y haciendo ver las heridas del territorio, así como la manera de empezar a atenderlas.
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Por eso defendemos una recuperación que no sea decorativa, sino integral y progresiva. Integral no significa hacerlo todo a la vez. Significa que cada actuación concreta debe tener sentido dentro de una visión más amplia de protección, restauración y uso responsable. Progresiva no significa conformista. Significa empezar por aquello que puede corregirse ya, sin utilizar los problemas mayores como excusa para no acometer ninguno de los demás.
Limitarse a señalar problemas sin aportar alternativas operativas puede quedar bien en redes sociales. Incluso puede producir frases rotundas, titulares cómodos y cierta satisfacción moral. Pero, sobre Amagro, su repercusión es escasa. La montaña no recupera suelo porque alguien escriba una indignación perfecta. Las cárcavas no se corrigen con sospechas. Las pistas no se ordenan con acusaciones. Las cuevas no se limpian con preguntas retóricas. Los vertederos no terminan de integrarse en el paisaje a base de proclamas. Para transformar un espacio degradado hacen falta propuestas, recursos, criterios técnicos y capacidad de seguimiento.
Atis Amagro seguirá defendiendo que las administraciones deben actuar, y que deben hacerlo con transparencia, rigor y continuidad. Seguiremos reclamando que cualquier intervención en el Monumento Natural responda a sus valores ambientales y patrimoniales. Seguiremos recordando que Amagro no necesita gestos vacíos, sino medidas concretas. Y seguiremos colaborando con quien esté dispuesto a avanzar en esa dirección, sin pedirle permiso a quienes parecen confundir la crítica permanente con la defensa efectiva del territorio.
Lamentamos que, ante la posibilidad de abrir una etapa de actuaciones concretas, haya quien prefiera instalarse en la sospecha antes que buscar puntos de avance consensuado. La crítica es necesaria cuando ayuda a corregir, ampliar o mejorar. Pero cuando se limita a desacreditar sin proponer caminos viables, se convierte en un ejercicio vacío: vistoso, quizá; útil, no tanto.
A cierta forma de entender la protesta, tal vez lo peor que podría pasarle es que se le hiciera caso. Porque entonces, si las administraciones actuaran, si los suelos se recuperaran, si las pistas se ordenaran, si los accesos se controlaran, si las cuevas se protegieran y si Amagro empezara a mejorar de verdad, habría que enfrentarse a una situación incómoda: dejaría de haber motivo para protestar por protestar.
Atis Amagro





























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