La bruma

Quico Espino

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Me rodean las sombras de momento
y mi vida se queda sin la luz
que me alumbra. Se torna en gruesa cruz.
Se me hace más pesada con el viento.
 
Entre las colegias y los helechos se mete la bruma. El viento me empuja y me cuesta mantener el equilibrio. También me cuesta digerir lo que he leído recientemente, pues las protagonistas de las últimas novelas que he tenido el placer de leer  son mujeres que dependen de los hombres para todo, en especial si no tienen la mayoría de edad, por lo cual, enfadado con el mundo, pensando que no todos somos iguales en esta sociedad, cogí el coche  y me fui a dar una vuelta por ahí.
 
 Quizás tenía que haber decidido quedarme en Sardina, para darme un baño sanador y tenderme luego en la soleada arena rubia, aún ensombrecida en la mañana,
 
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… o dar una vuelta por el Paso del Sargo
 
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… y saltar desde lo alto para notar el latido de mi pecho en el chapuzón, de manera que al sumergirme en el agua me vuelva a sentir como el feto que fui en su momento nadando en el líquido anniótico.

 

Pero no. Me impresiona la luz. La claridad me conmueve. Pensando que soy un masoquista, quiero regodearme en la oscuridad que me envuelve, en las penumbras que me acosan y, después de conducir un buen rato, ya en la Finca de Osorio, no se me ocurre otra cosa que entrar en Las Brumas:

 

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Los helechos y la neblina, que se va cerniendo sobre Osorio, ocupan el espacio.  

 

Entre los helechos vemos la zarza, en cuya hoja se posan gotas de agua de lluvia.

 

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Me recuerdan las lágrimas de Marcela en “El guardián de la marea”, de Mayte Uceda, ambientada durante la Primera Guerra Mundial, cuando el primo Gaspar la abofetea, después de decirle que ella depende de él, que él es su única familia y que la quiere sólo para que le cocine, lave y planche. Lo mismo que le dice Rashid  a Mariam en “Mil soles espléndidos” de Khaled Hosseini, aparte de maltratarla físicamente.

 

Luego voy entrando en Las Brumas  y, sobresaliendo entre la niebla, me encuentro con la flor del hipérico,

 

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… que es tan buena para las afecciones de la piel, para la ansiedad y la depresión, y empiezo a ver los colores vivos en la cara de Marcela, cuando siente que se está enamorando. Y en la de Mariam al verse libre.

 

Después miro la flor del cardo, preciosa, clave para cuajar quesos artesanales, con sus pétalos rosados:

 

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Y, de pronto, entre las flores de mayo, coloridas, vivas,

 

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… veo a Marcela y a Mariam con rubores primaverales en sus mejillas, las noto felices, independientes. Entonces me siento libre de sombras, me olvido de mis preocupaciones y  me sale del alma este pequeño poema:

 

A mí me encanta la playa:
¡Sardina de mis amores!,
mas también me gusta el campo 
cuando se llena de flores.

 

Texto: Quico Espino

Fotos: Ignacio A. Roque Lugo y Quico Espino

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