Literatura para celebrar los 50 años de la RASD

Felipe García Landín

[Img #10842]Aunque pudiera parecer un tópico, la relación afectiva entre Canarias y el Sahara es cierta. La proximidad geográfica y el que muchas familias isleñas establecieran su residencia en El Aaiún y Villa Cisneros crearon vínculos humanos entre la población de un lado y otro. También familias saharauis se instalaron en el Archipiélago, principalmente en las islas orientales. Esta vinculación, que fue social, económica y cultural, ha tenido su proyección en la literatura y la música. No es de extrañar, por tanto, que sea Canarias una de las comunidades donde el movimiento de solidaridad con el pueblo saharaui tenga más arraigo. Con respecto a la creación literaria, existen pocas obras de autores españoles que, durante la época colonial, aborden asuntos relacionados con el Sahara. Es destacable una obra (Arena y viento, 1953) de un jovencísimo Alberto Vázquez-Figueroa que escribe sobre «los más felices años» vividos en el país africano, donde descubrirá que el hombre del desierto (el saharaui, «nómada o sedentario») es un ser que ama su tierra, que se aferra a ella, y que llegado el momento siente «la nostalgia de sus infinitas llanuras solitarias». Las tierras forjan a sus habitantes y condicionan su existencia. Por eso los saharauis se han acostumbrado –advierte– «a sobrevivir a las más adversas condiciones; pero al mismo tiempo es ingenuo, bondadoso, hospitalario». Antes de la Marcha Verde (1975) y la apresurada salida de España del territorio, sin haber cumplido con el prometido referéndum de autodeterminación, se edita Trópico de ausencia (1973) del periodista Antonio Segado del Olmo. Fue para su época una novela rara por su visión crítica de la presencia colonial.

 

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Recordamos brevemente cómo fue aquel agitado noviembre de 1975, grabado de manera especial en la memoria de muchas familias isleñas. Mientras el dictador Francisco Franco agonizaba, el día seis comenzaba La Marcha Verde organizada por el rey absoluto de Marruecos para ocupar el Sáhara Occidental. El catorce se produce la vergonzosa firma de los Acuerdos Tripartitos de Madrid con Marruecos y Mauritania. El veinte, el príncipe Juan Carlos rubrica la Ley 40/1975 sobre la descolonización del Sahara y a las diez de la mañana se anuncia oficialmente la muerte del sanguinario dictador. Finalmente, el veintidós, Juan Carlos I es proclamado Rey de España. Así lo cuenta Emilio González Déniz en su novela Sahara (1995): «Las Islas Canarias habían quedado convertidas en la frontera última frente a África, frente al rico banco de pesca canario-sahariano, frente a la opinión del mundo». Constata el escritor dos evidencias: que el mundo miraba a España «como se contempla una función de circo, con curiosidad, por ver si el pueblo español, cual alambrista, lograba llegar al otro lado sin caerse». Y que el Sahara no era noticia, «ni lo sería durante los años siguientes, aunque se estuvieran cometiendo sobre sus arenas las mayores injusticias». Los personajes de esta novela son testigos de la lucha armada del Frente Polisario y el nacimiento de la República Árabe Saharaui Democrática. Durante muchos años se intentó ocultar esta realidad. Aunque la literatura dejaba constancia de la existencia de un pueblo y una cultura. El mismo autor había escrito en 1985 El llano amarillo, la primera novela en castellano sobre el Sahara editada durante la Transición. Ficción y crónica periodística se mezclan para contar la historia del Sahara y la visión que desde Canarias se tiene. Sobresale la lucha por la independencia de los saharauis, el amor de los personajes por el desierto, el idealismo y el altruismo; sin olvidar la guerra, expresada en el ataque con napalm de la aviación marroquí sobre un campo de refugiados.

 

Y no puede faltar la poesía, siempre la poesía como mejor arma contra el olvido. Os doy esto desnudo que es mi mano (1986), surge a partir de un viaje de varios escritores a los campamentos de refugiados en 1981. En esta publicación aparecieron escritores como Alfonso Sastre, Mario Benedetti o José Agustín Goytisolo, entre otros. Jorge Guillén, miembro de la Generación del 27, también dejó su compromiso claro en 1982, dos años antes de su muerte, y estampó su firma: «Con toda el alma y con absoluta convicción me adhiero a la defensa de los derechos humanos y de la paz; y ahora me asocio a todo movimiento que favorezca y proteja a los desvalidos saharauis». En 1988 nuestra Maribel Lacave publica Donde sólo media luna, dedicado al destierro del pueblo saharaui con el que compartió su infancia y juventud. Años después, la poeta publicará Los mundos de Gali, una historia de amor y solidaridad, e Isla Truk en colaboración con María Jesús Alvarado. Poesía sentida y comprometida. Alvarado, que también vivió hasta la adolescencia en Dajla (la antigua Villa Cisneros) es autora de Suerte Mulana (2002), un conjunto de relatos de esa feliz etapa. El título combina español y hasanía para expresar resignación ante la voluntad de Dios o la fuerza del destino, según interpretación de Pablo Martín Carvajal, quien con su novela El latido de Al-Magreb (2022) se adentra en la cultura e identidad de esa extensa región y en el conflicto del Sahara.

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Toda nación tiene una literatura y una lengua. El hassaniya es una variante del árabe que se habla en el Sahara y Mauritania. Tiene su Diccionario hassāniyya-español del catedrático Ahmed Salem Ould Mohamed Baba. Y sus escritores, como Chej Mohamed El Mami y su obra Kitab el-badia (El libro de la abadía), un tratado sobre la sociedad sahariana de la primera mitad del siglo XIX, o Chej Ma Elainin, autor de más de trescientas obras e impulsor de la biblioteca de la ciudad santa de Smara. Lo leo literalmente en un artículo del poeta Bahia Mahmud Awah en Quaderns de la Mediterrània. En hasanía fue escrito Poetas y Poesía del Sahara Occidental, una antología de la poesía nacional saharaui (2020), traducido al español por los poetas de la Generación de la Amistad. Y más literatura en castellano, como la novela Flores de papel de Ebbaba Hameida (2025) que cuenta la historia del Sahara a través de la vida de tres mujeres, nieta, madre y abuela. Para los que aprecian el ensayo pueden considerar los Estudios saharianos de Julio Caro Baroja (1955) sobre la cultura tradicional o Arena en los ojos, de Laura Casielles quien cubrió como periodista las protestas ciudadanas de Gdeim Izik de 2010. Y para los interesados en literatura, Casa África nos entregó Historia de la novela colonial hispanoafricana (2000) de Antonio Carrasco González. Por supuesto, las bibliotecas nos ayudarán a encontrar títulos de ida y vuelta sobre temática saharaui. Y siempre nos quedará Internet, que ayuda; la web oficial Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, donde he podido leer obras originales de autores saharauis; imprescindible el blog de la Generación de la Amistad saharaui; el blog Haz lo que debas de la escritora y activista Conchi Moya y Literafricas, el portal de referencia centrado en las literaturas africanas. Aun así, se echa de menos una mayor difusión de la literatura con temática saharaui. Y no puedo terminar sin nombrar a un poeta majorero y saharaui como Bachir Ahmed, escritor perteneciente a la Generación de la Amistad Saharaui, en la que se integran escritores de relevancia como Limam Boicha, Bahia Mahamud Awah, Zahra Hasnaui, Lehdia Dafa Mohamed... Todos marcados por el exilio. Literatura de ida y vuelta.

 

El pasado 27 de febrero se cumplieron cincuenta años de la proclamación de la RASD. La mitad de un siglo para una existencia marcada por el exilio y la guerra. Cincuenta años de resistencia del pueblo saharaui y de solidaridad ininterrumpida desde Canarias, a pesar de que los diferentes gobiernos de España le han fallado. Y también cincuenta años de literatura. Para finalizar, una imagen de Limam Boicha que sintetiza todo el olvido de todos estos años: «Solamente un beso separa/ la boca de África/de los labios de Europa». Un beso, solo un beso, pero no el de Judas.

 

Felipe García Landín

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