Infancia y adolescencia de Roberto Moreno: recuerdos de una vida marcada por la posguerra

El menor de once hermanos creció en un entorno familiar marcado por la adversidad, desarrollando desde niño una gran responsabilidad y creatividad pese a las dificultades de la posguerra.

Juana Moreno Molina Domingo, 05 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:
En la mesa; Javier Cabrera, Juan Sebastian López, Juana Moreno Molina y  Francisco Alexis QuesadaEn la mesa; Javier Cabrera, Juan Sebastian López, Juana Moreno Molina y Francisco Alexis Quesada

La familia me pide que eche mano de mis recuerdos para recrear un semblante de Roberto en el ámbito del terruño, donde transcurrió su infancia y adolescencia. Hubiera sido ideal que lo contara su hermana Tita, la única hermana que sobrevive, pero por su enfermedad y extremada edad, les relato,  a mi modo, como era Roberto en aquellos tiempos de la posguerra, de cruda vivencia para las familias modestas.
 
Fue Roberto el último de los once  hijos de Vicente Moreno y Juana Díaz, nacido al final de la Guerra Civil cuando, a consecuencia de ésta, la familia tuvo que dejar la finca familiar que poseían en Los Llanos del Agujero, donde vivían holgadamente dedicados a la agricultura, hasta que les sobrevino la ruina por la Guerra y la marcha de sus cuatro hijos al frente, que acabó con su bienestar, mudándose posteriormente  a la calle Coruña, cerca del casco  de nuestra ciudad, donde nace el benjamín.
 
Recuerdo con qué gracia decía Roberto tener dos  fechas de nacimiento: el 8 de septiembre, Día del Pino, y el 11 del mismo mes, y la razón era que su madre le encargó a Pablo, uno de sus hijos mayores, la inscripción de su vástago en el Registro Civil, pero a éste  le tentó más la oportunidad de irse de  farra a Teror  y se olvidó del encargo, haciéndolo a su vuelta aún con resaca fiestera, y, sin recordar el día que nació el crío, lo inscribe a voleo con fecha de 11 de septiembre de 1939.
 
 Mis abuelos tenían la costumbre de ponerle a sus vástagos los nombres de sus parientes, abundando en su prole los Juanes y los Manolo/as. Los padrinos de Roberto fueron mi padre, Antonio, y mi madre,  embarazada de su primer hijo.  Su nombre iba a ser Pepe, cosa a la que se negó rotundamente la futura madrina, que ya le tenía buscado el nombre de uno de los protagonistas de sus novelas románticas: Roberto. 
 
Hubo un tira y afloja y al final  ganó la madrina, no sin algún disgusto de su madre que se quejaba de que en su familia jamás hubo un Roberto, el cual creció  rodeado de hermanos mayores por lo que adquirió costumbres de adultos en cuánto a responsabilidades, sin dejar de ser un niño al que le encantaba los juegos, compartidos muchas veces con los sobrinos y sobrinas que se acercaban más a su edad. 
 
Roberto, desde muy pequeño,  de la mano de su hermano Felix, electricista, se aficionó a los cables manipulando e inventando toda clase de artilugios. Recuerdo que, teniendo unos ochos años, vino a mi casa y nos enseñó a buscar en la radio una frecuencia, y a  continuación  salir disparado al taller de su hermano; al momento, nos sorprendió oír  su voz por el aparato, saludando y dedicándonos canciones. Había hecho una emisora. Rememoro el patio de la casa de los abuelos, en La Montaña, donde  había un cenador con un  árbol en el centro, de flores muy perfumadas, y un camaleón amaestrado en una de sus ramas que bajaba muy despacito, en cuanto Roberto le silbaba. 
 
Una vez mi padre llevó a sus cinco hijos a casa de la abuela para alejarnos de la nuestra  por celebrarse en ella el duelo de un familiar cercano. Allí, bajo el árbol, este niño  dejó sus quehaceres para entretener a sus sobrinos, haciendo del rolo de platanera, con su navaja, figuras de vaquitas, perritos... 
 
Se consideraba responsable de aquellas criaturas, él que sólo tenía  9 años y sus sobrinos eran casi la misma edad. La abuela nos hizo esa tarde un bizcocho para merendar. 
 
Estudió en la Graduada y fue un niño muy aplicado a la vez que muy diligente en la tarea encomendada por sus padres. Otra anécdota  fue aquella cuando se les murió la burra: mis abuelos tenían unos cachos por la zona de Cuesta Caraballo donde plantaban tanto  papas como  millo  que iban guardando al final de la cosecha en una cueva adaptada para ir transportando a casa según sus necesidades.
 
 Aquel día esta tarea fue  encomendada a  Tita de 13 años y a Roberto de 10, pero la mala suerte  hizo que la burra se les cayera al empezar la empinada cuesta, precisamente frente al hospital de San Roque. Los médicos, alertados por los lloros y aspavientos de Tita salen del hospital  y auscultan  a la burra diciéndole a Roberto “corre mi niño a avisar a tu padre para que venga con una camioneta a buscar  a la burra, que se murió. Nunca se vio  un burro mejor atendido en sus últimos momentos. 
 
Como cualquier chico de su edad gustaba de la playa, era  buen nadador, frecuentando el Agujero,  nadando por la zona del  Caletón  Pepito Molina,  o en el Pozo Redondo donde se encontraba con los coleguillas de su edad y, como todos ellos, ya miraba para el “cañizo”, como decía mi padre. Ya de mayor y jubilado se enamoró de Sardina donde tenía un apartamento, retomando la afición a nadar y empezando a coquetear con la pintura.
 
 Vuelve mi memoria a retroceder  a los ratos que pasábamos con Roberto adolescente:  cómo nos sorprendía con algunos de sus inventos o nos dejaba los tebeos de la época que coleccionaba: DDT y Pulgarcito,  que yo devoraba, gustándome tanto como los cuentos de hadas y princesas  Era buen dibujante, aficionado a confeccionar viñetas  de cómic, cosa que me contagió y aún sigo disfrutando haciendo ilustraciones de este tipo. 
 
Yo le enviaba alguna, como el comentado día de su inscripción en el Reg. Civil   Roberto siguió sus estudios de bachiller en el Instituto Tomás Morales en Las Palmas, quedándose en la casa de su hermano Pablo. Regresaba a casa cada semana en el Coche de Hora y tanto paraba en la de su hermana Juana para estar con sus sobrinos, Octavio, Elvira, Miguel Angel…, como en la de su hermano Vicente o en la mía, en la calle Del  Moral, pero siempre terminaba en el taller de Félix  y juntos ya discutían  su  porvenir. 
 
Por esas fecha muere su madre, una mujer fuerte de carácter, que lidió con un marido y sus once hijos,  ayudando a la economía del hogar con su horno de pan, dejando siempre patente su autoridad en todo, pero tierna y condescendiente con sus nietos. 
 
Recuerdo que nunca ponía trabas a las necesidades de Roberto en cuánto a sus estudios. Tenía grandes esperanzas en su porvenir. Su muerte lo dejó descolocado un tiempo pero intuimos que superado el trance se propuso cumplir sus anhelos y las esperanzas de su madre. Por ese tiempo se dedicó por completo a los libros, siendo un destacado estudiante, obteniendo becas para seguir estudios superiores. Otra de las cosas que recuerdo era aquella en la que alguien le dijo que si era buen estudiante era por su extraordinaria memoria y él le contestó que no, que era  voluntad, era un  hincar los codos;  para ello,  le pedía a su padre que lo despertara  cuando saliera para el trabajo, a las cinco de la mañana, para  ponerse a estudiar.
 
Mi abuelo era un hombre bondadoso y de pocas palabras que trabajaba como pastor de vacas en la finca de los Aguilares. A Roberto le molestaba que dijeran que era un empollón. Él ya tenía su meta y era consciente que  solo se consigue con trabajo y tesón. Tenía el joven Roberto predilección por la música clásica pero también disfrutaba con la del momento, no en vano vivió los prodigiosos años sesenta con los Beatles, los  Rolling Stones y la música pop, apta para los guateques  que organizaba por vacaciones en la calle Jordán, donde vivía con su padre y sus hermanos a la muerte de su madre. Fue melómano toda su vida y siempre tuvo predilección por Bach. 
 
Después se va a la Península a seguir estudios universitarios, pero nunca dejó el contacto de su familia y su terruño. Allí se encontró con algunos de sus paisanos como Angel Trujillo, reconocido siquiatra, llegando a conocer   a Tomás García, de Arucas, un brillante estudiante de Química con el que hizo buenas migas y, casualidades de la vida, con el tiempo se convirtió en  sobrino político al casarse con su sobrina Nena. 
 
Este  diligente  estudiante nunca se dejó llevar por sus éxitos, fue el mismo siempre, cercano, cariñoso, principalmente con su hermana Tita, que  hizo de madre en su adolescencia a la muerte de mi abuela.
 
 Pasaron los años y  consolidada su carrera, Roberto se casa y marcha al extranjero. El clan Moreno perdió algo el contacto, pero qué alegría el reencuentro con todos a su regreso en aquellas comidas donde se reunía  toda la familia, incluso algunos venidos de otras islas. 
 
Ya en su jubilación se dedicó a pintar y surge un talento nuevo. Entre exposición y exposición regala sus cuadros, casi siempre retratos, donde supo plasmar con exquisito acierto la esencia del personaje.
 
En sus frecuentes visitas a su hermana Tita, descubre  el cariño  de sus jóvenes  sobrinas; para ellas fue siempre titi Roberto, para el resto de sobrinos simplemente Roberto, pues más nos parecía un primo que un tío. Nunca olvidaremos a Roberto y le damos gracias por su  cálida existencia en nuestras vidas, el ejemplo de tesón en sus estudios y el orgullo familiar por el reconocimiento de  sus logros profesionales  que nunca llegó a  alterar la extraordinaria ausencia de  vanidad y arrogancia. Le damos las gracias también por su participación en  regalar al mundo el talento de unos dignos hijos de su padre y a su esposa Mayte por endulzar los últimos años de su vida.
 
Juana Moreno Molina
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.169

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.