Gentes e Historia

Grandes luchadores en CL Unión Gáldar

La historia y el legado de la lucha canaria se entrelazan con relatos de destreza, valentía y tradición que han perdurado desde la antigüedad hasta nuestros días.

Domingo Oliva Tacoronte Domingo, 05 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:
Desafío entre canarios (Torriani)Desafío entre canarios (Torriani)

Recientemente, el Club de Lucha Unión Gáldar celebró su Campus de Verano 2026. Uno de los actos culturales que suscitó especial atención entre los jóvenes participantes, infantiles y juveniles promesas de nuestro deporte vernáculo, fue la distendida charla que, en el terrero municipal, impartí y en la que terminé hablando de dos grandes luchadores del siglo XX: el Pollo de Gáldar y el Calero, Domingo Mederos e Ignacio Tacoronte.

 

Grandes luchadores entre los antiguos canarios

 

1. Piedra, palo y agarrada.

 

“Dios castiga sin piedra ni palo”, es el dicho, y esas son las armas más primitivas y más primarias, aparte del mismo cuerpo. Y en un territorio sin metales como Canarias no les quedaba otra.

 

Esas fueron las armas canarias de la antigüedad, que en mayor o menor medida llegan hasta el presente en forma de juego o deporte, aunque entonces tuvieron mucha más relevancia en lo cotidiano y lo extraordinario, y hoy -tras una adaptación de cinco siglos- se han vuelto mucho más amables.

 

Desde muy chicos comenzaba el entrenamiento de los niños, a los que -dentro de la misma familia- se les lanzaban bolitas de barro que crecían con el tiempo, después piedrillas que aumentaban paulatinamente de tamaño. Todo para que aprendieran a esquivarlas o pararlas con las manos, a la vez que se ejercitaban en lanzarlas con fuerza y puntería.

 

Dice algún historiador que luchaban con los árboles para fortalecer la musculatura frente a ese enemigo imbatible, y aún hoy, los pastores, en la soledad de los montes, amarran un palo de lucha de una rama de pino para, con el suyo propio, defenderse de los golpes arbitrarios que le llegan con su balanceo y acometer la posición del contrincante imaginado.

 

2. Resultado.

 

Así fue legendaria la destreza de algunos, ante los propios, frente a los de otros cantones y contra los invasores europeos de los tiempos de razias y conquista.

 

Desde la Gomera ya sometida hacían los europeos incursiones a La Palma en busca de esclavos y ganado. En una de ellas, el mismo conde, Guillén Peraza, perdió la vida de una certera pedrada. Durante la batalla de La Laguna, en 1495, Alonso de Lugo fue rescatado, aunque malherido, in extremis, pero perdió parte de los dientes de una pedrada guanche. Lo mismo le ocurrió a Pedro Hernández Cabrón cuando se enfrentó en Tunte con los canarios.

 

Hubo un canario que se situaba entre tres hombres armados con doce naranjas cada uno, y él con otras tantas. Empleaba todas las suyas en los contrincantes, sin que ninguno de los tres lograra darle a él, pues paraba los proyectiles con las manos o bien hurtaba el cuerpo, como aprendían a hacer desde muy niños.

 

Fue Adargoma conocido por cortar de una pedrada la penca de una palma, lo que asombró a los conquistadores pues, con razón, decían que difícil era lograrlo hasta con un hacha. No extraña, pues, que matara a Bentahor de una pedrada en los pechos, en un desafío.

 

Apresado y llevado a Sevilla, se le acercó un manchego, muy fuerte y famoso dentro de la lucha de su región, a desafiar sus fuerzas. Adargoma, consciente de su fortaleza le dijo que lucharía con él si era capaz de impedir, con la fuerza de sus brazos, que acabara de beber un vaso de vino. Lo intentó el manchego, jalando con toda la fuerza de sus dos brazos del brazo derecho del canario, pero no logró siquiera que a nuestro héroe se le derramara ni una sola gota hasta que agotó el líquido del vaso.

 

También manejaba el magado con tal ímpetu y maestría que mataba al que se le acercaba, de forma que, a su alrededor, en las batallas, se creaba un círculo dentro del que no había sino vencidos en el suelo, muertos o malheridos.

 

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3. Enfrentamientos sociales.

 

Estas armas y estas técnicas servían para los enfrentamientos guerreros, pero también constituían una suerte de deporte, siempre con fines competitivos.

 

Unificados los doce cantones en que se dividía la isla de Gran Canaria, a fines del siglo XIV por parte de Atidamana y Gumidafe, la capital se estableció en Gáldar. Serían sus nietos, hijos de Artemi Semidán, quienes separaron la isla en dos guanartematos, Gáldar y Telde, independientes, con sus guayres y su faycán, pero, con tal de que prevaleciera la antigua superioridad del reino norteño, los de Telde habían de acudir una vez al año hasta Gáldar, donde se realizaba una especie de olimpiada insular. Allí, frente al palacio de los guanartemes, en las inmediaciones de la actual plaza, sobre sendas piedras se colocaban los dos representantes del norte y el sur. Primeramente, se arrojaban piedras, luego dardos…así hasta la agarrada. El que ganaba hacía prevalecer a su bando y como tal adalid de los suyos era honrado y recordado.

 

4. Enfrentamientos individuales.

 

También les servían para dirimir las disputas que, inevitablemente, surgían entre los cantones vecinos, normalmente por hacerse en exclusiva con los pastos, base de la columna vertebral de su economía: la ganadería. En esas ocasiones quienes solían combatir eran los guayres de cada cantón, no mandaban a sus vasallos, o, como se diría y es hoy, a la infantería (mientras los generales, los oligarcas y los políticos permanecen a salvo en sus distantes sillones).

 

Guanhaben de Tirajana y Cataifa, de Tejeda, se desafiaron, y tras luchar denodadamente durante horas sin que se impusiera la superioridad de ninguno, Guanhabén dijo a su contrincante que no sería capaz de igualarlo en lo que iba a hacer, y corrió hasta un precipicio cercano y, desde esa altura, se desriscó. Y Cataifa, tras él. El suicidio ritual, al grito de Atis Tirma y Atis Amagro (las montañas sagradas del norte), llevado a estos extremos de “pundonor”, no era costumbre excepcional entre los canarios.

 

Famoso fue también el enfrentamiento de Maninidra, que vivía en las cuevas de Tufia, por tanto, de Telde, con Nenedán, que fue guayre de Tamaraceite, cantón limítrofe del guanartemato de Gáldar.

 

La lucha, entonces, era más violenta que ahora, y se llegaba al cuerpo a cuerpo en sentido estricto. Adargoma, “espaldas de risco”, era conocido por su enorme fortaleza, pero Gariragua lo era en ánimos a acometividad, de tal forma que logró meter debajo a su contrincante e inmovilizarlo, así que solo pudo rodearlo con brazos y pies y, con su enorme poder, apretarlo hasta que le crujieron los huesos y lo tuvo sin aliento. Gariragua se rindió, pero volvieron de la mano hasta los suyos y ante la pregunta de quién había vencido, ambos dijeron siempre que el otro, de forma que el resultado no se supo hasta después de conquistada la isla y desbaratado el orden social.

 

A veces la violencia era mayor. Ante la igualdad, los asistentes pedían a los luchadores que propinasen puñetazos al otro o los recibieran de él, en tal o cual parte del cuerpo. Uno hubo que, tras soportar un puñetazo en la barriga, a puño cerrado, al recobrar el conocimiento después de unas horas, le dijo que se apercibiera que le iba el de retorno. Le dio tal golpe que le desbarató las quijadas, por lo que murió, tras tres días de penosa agonía.

 

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De una u otra forma, alguna de estas costumbres llega a nuestros días. A mediados del siglo pasado fue muy famoso en los terreros Ignacio Tacoronte el Calero. Su poder residía especialmente en los brazos. Delante de la casa de sus padres había una gran piedra en la que se limpiaban el barro antes de entrar. Él, de joven, cuando volvía del trabajo, doblaba la cintura, la cogía con ambas manos y hacía flexiones de brazos atrayéndola hasta el pecho. Otros hombres, trabajadores fornidos, intentaban hacer algo parecido, pero solo “la meniaban”.

 

Había entonces en Gáldar un personaje famoso, de los riquejos del pueblo, al parecer un poco abusador, que se equivocó y le cogió la cara al hermano más chico de Ignacio, apenas un muchacho. Cuando le llegó la noticia vino desde Veneguera, en lo que echó más de un día a base de caminar y de camiones de tomates, y encontró al matasietes en la recova. Lo apercibió de a qué venía y lo retó al duelo antiguo, a base de piñas alternativas. Como Adargoma, consciente de su poder y para no tener que esperar para darle la revancha, le dijo que pegara primero. El otro era un hombre, grande y fornido, con su sombrero. Pegó e Ignacio recibió con aplomo la trompada. Después pegó la suya, le levantó las patas del suelo, lo dejó durmiendo sobre las seretas de fruta, el sombrero voló y rodó hasta la calle Larga, e Ignacio volvió a Veneguera, en lo que echó otro día.

 

Doramas, uno de los últimos héroes de la independencia canaria, era de Tirajana, y, aunque plebeyo, trasquilao o achicaxna, pretendía a la hija del guanarteme Bentagoyhe, lo que le acarreó la oposición de varios de los guayres sureños.

 

Uno, Bentagayre, lo esperó en un cruce de caminos, lo desafió y se fajaron. Doramas era tan fuerte que se había hecho una espada de madera a imagen de las metálicas europeas, tan dura y tan pesada que, después de muerto, ningún español era capaz de blandirla sirviéndose de ambas manos, y él, con una, lo hacía con tanta ligereza y fuerza que no solo mataba a cualquiera que se le acercaba, sino que incluso al caballo que le daba, o lo mancaba gravemente, o lo dejaba muerto en el acto.

 

No obstante, Bentagayre lo sujetó de tal modo, que Doramas tuvo que rendirse:

 

  • ¿Quién eres tú que me tiene como un gavilán a un pajarillo?

  • Conoce primero quién eres tú, y sabrás quién yo soy.

  • Soy Doramas, hijo de Doramas, y reconozco que soy un trasquilao.

 

Ante este reconocimiento mutuo quedaron como amigos y nunca se supo el resultado de la lucha, hasta que la sociedad aborigen fue trastocada.

 

Situaciones similares se perpetuaron en los siglos siguientes, como vemos en la anécdota que narramos a continuación para acabar este relato.

 

El otro gran luchador galdense de mediados del siglo XX fue Domingo Mederos, el Pollo de Gáldar. La amistad, casi de familia, con Ignacio es legendaria.

 

Durante un desafío del Pollo con Pancho Camurria desarrollado en Gáldar, Mederos debió ponerse nervioso o algo así, pues, a pesar de los consejos de Ignacio, fue vencido con demasiada facilidad por el luchador tinerfeño. Aquel mismo día, el Calero le plantó desafío, que se celebró en la plaza de Toros de Santa Cruz.

 

La primera, instantánea, fue para Camurria. Ignacio se quejó al hombre bueno de que no había llevado la mano a la espalda, y el hombre bueno, de Tenerife, lógicamente dijo que eso era lo normal. La segunda se desarrolló de igual modo, y ante la misma queja de Ignacio, el árbitro dio igual respuesta. El público estaba enfervorecido con su campeón.

 

Ignacio hizo lo propio y, a la voz de ya, botó al Camurria. Se hizo el silencio en la grada. La segunda fue el empate. Incredulidad y nerviosismo por parte de los asistentes. Cuando le dio la tercera, la última de las cinco en un desafío, la gente estalló en gritos, y la guardia civil tuvo que escoltarlo junto a Mugica, de Gáldar, y José Samsó, de Guía, hasta el barco. Hay que decir que, calmadas las aguas, con posterioridad se reconoció la valía del Calero en Tenerife, a donde fue llamado a luchar muchas veces y donde hizo su dinero.

 

La amistad, como decía, entre los dos luchadores galdenses era tanta, y la igualdad, que ante las constantes preguntas y elucubraciones a ver cuál era mejor en el terrero, un día se retiraron a un huerto donde acomodaron un campo de lucha y estuvieron enfrentándose durante horas.

 

Al salir los esperaba una pequeña muchedumbre ansiosa de saber el resultado, pero la única y común respuesta que recibieron de ambos, hasta sus muertes, fue una sonrisa cómplice. Como entre los antiguos, eso fue cosa que quedó entre ellos.

 

Domingo Oliva Tacoronte

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