“Qué extrañas escenas describes y qué extraños prisioneros. Son iguales a nosotros”. Platón, República. Libro VII

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Hace escasamente una semana circulaba a muy temprana hora por la carretera que une Carrizal con Las Palmas. Había quedado con un amigo para participar en el “trail” que se celebraría en Artenara, y como este pueblo queda a más de un tiro de piedra de Ingenio, el madrugón estaba asegurado.
 
Me gusta circular por la carretera  muy temprano en la mañana, porque no tengo que soportar la presión de tanto tráfico, lo cual me relaja dejando que mi mente deambule por laberintos de la inconsciencia. 
 
Esta vez, al llegar a la zona de Alcampo, lugar en el que una hora y media después se formarán retenciones kilométricas, poniendo a prueba la paciencia de los conductores, no sé por qué pensé en las llamadas “grandes superficies” que pululan a lo largo del litoral de Telde, y fue en estos instantes en los que me vino a la cabeza el libro de José Saramago titulado “La caverna”, que  me lo había tropezado hacía escasamente un par de semanas, cuando trataba de poner un poco de orden en lo que yo llamo mi biblioteca. 
 
Han transcurrido más de veinte años desde que lo leí y apenas me acordaba del argumento. Entonces, dejé lo que estaba haciendo y  comencé a leer el primer capítulo en el que se narra el viaje que hace Cipriano Algor, alfarero de profesión, y su yerno Marcial Gacho. Ambos circulan también a muy temprana hora en una camioneta. La fragilidad de la carga que transportan les hace ir a poca velocidad.  Han madrugado porque Marcial Gacho tiene que fichar media hora antes de que las puertas del Centro Comercial se abran al público. 
 
Unos minutos después Cipriano Algor tomará plena conciencia de que su profesión de alfarero ha pasado de moda, que sus utensilios de barro están siendo sustituidos por otros de plástico, y que él se  ha quedado sin trabajo. Todo lo que constituía su mundo hasta ahora se ha derrumbado de un plumazo. Lo terrible para él será llegar a casa y contarlo a su hija que espera un bebé.
 
Yo conducía por la autovía que desde hace más de tres décadas recorre el litoral este de la isla de Gran Canaria, conectando el Puerto de la ciudad de Las Palmas con el Aeropuerto y su prolongación hacia el sur turístico por ese largo corredor que ha ido cambiando la fisonomía de la isla, que hoy casi no reconocemos. 
 
Cuando empezaron a erigirse las primeras grandes superficies no teníamos ni la más remota idea de lo que ello significaba ni de lo que significaría con el paso del tiempo. En aquella época que hoy ya nos parece arcaica, no imaginábamos cuánto íbamos a consumir mientras nos consumían.
 
Los gobiernos municipales  vieron los cielos abiertos ante tal iniciativa económica y empezaron a conceder licencias a destajo, considerando que representaban la gallina de los huevos de oro. Las licencias parecían devolver a los nuevos propietarios el inmenso favor que les estaban ofreciendo, era darles las gracias por haber puesto sus ojos en su término municipal. Y todos tan felices y  contentos.
 
Primero comenzaron en las grandes ciudades y con el tiempo, en la periferia. Enormes extensiones de terreno adquiridas a bajo precio por tratarse de suelo no urbano se destinarían a un nuevo uso. Los gobiernos se mostraron muy agradecidos y los consumidores muy predispuestos a dejarse allí su dinero. Grandes espacios de la periferia fueron destinados a esta moderna “repoblación” y, en pocos años, una vistosa “arboleda” creció como la espuma.
 
A día de hoy son muy pocos los municipios que no cuenten con de una de estas áreas comerciales en su término municipal.
 
Por aquellos tiempos yo pensaba que lo malo de esas grandes superficies no estribaba en que atrajeran la atención de los adultos, sino que estos los visitaran en compañía de sus hijos con objeto de romper la rutina diaria y distraerse, aflojar la tensión acumulada a lo largo de la semana, sentirse libres y soñar con un mundo más confortable.
 
Sin darnos cuenta, esta nueva forma de disfrutar de nuestro ocio y tiempo libre fue cambiando la percepción que teníamos sobre ciertas cosas. No éramos conscientes, o no lo éramos tanto, de que el simple hecho de llevar a nuestros hijos de corta edad a esos lugares, como si los lleváramos al parque, lo que estábamos generando e inculcando era inocularles el consumo y ofrecerles en bandeja unos clientes potenciales a los comerciantes. Niños  que serían unos consumidores habituales con el paso de los años, que acudirían a ellos con toda la normalidad; los que los habían diseñado lo sabían de antemano, claro. 
 
Hoy gente muy diversa, de todas las edades, género y condición los visitan desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche y, si los dejaran, acamparían allí. El consumo se ha convertido en una diversión. Alegran sus vidas sin ser muy conscientes de ello y alegran a los inversores que hicieron posible el milagro, sabiendo que el negocio seguirá floreciendo. Ya se encargarán de continuar nutriendo sus mentes consumistas y sus impulsos frenéticos por comprar todo lo que se les ponga por delante. 
 
Aquellos niños de entonces  son hoy padres que visitan los centros comerciales acompañados también por sus hijos a los que les van inoculando el veneno del consumo. Han creado otra forma de entender el ocio. Los psicólogos y psiquiatras hace años que vienen  advirtiendo sobre estas adicciones, observando cómo han ido aumentando sus pacientes con los años. Y los maestros, desbordados, pues ya no saben en qué priorizar su enseñanza: si poner el foco en explicarles conocimientos básicos o en crear talleres que trabajen modificaciones de conducta. Ya no saben qué hacer para tratar de corregir tantas anomalías que hacen de los centros educativos un cajón de sastre. 
 
En algún sitio leí una vez que José Saramago, premio Nobel de Literatura 1998 escribió “la caverna” con un claro objetivo: que la gente saliera de la caverna.
 
Las pocas veces que visito un gran centro comercial me da la impresión de que los seres humanos quisiéramos vivir en los mismos espacios comerciales a los que vamos a comprar lo que necesitamos, o lo que no necesitamos tanto. Es como si nos preguntásemos para qué vivir en otro lugar si en este sitio lo tenemos todo.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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