
Hubo un tiempo en el que enamorarse era más sencillo. Solía pasar que conocías a alguien, te gustaba, intentabas gustarle, acaban casándose, tenían hijos, se hipotecaban y compraban juegos de sábanas y sartenes que, en caso de divorcio, ella se quedaba.
Fin.
Evidentemente, este tipo de amor acarreaba muchos problemas, pero al menos las normas estaban más claras. Ahora no.
En la actualidad, encontrar pareja es como intentar montar un mueble de Ikea sin instrucciones, con piezas que sobran y alguien gritándoles desde alguna aplicación de moda que lo están haciendo fatal. Y es que, si antes alguien tardaba meses en averiguar si le gustabas a esa persona, ahora solo bastan tres segundos porque ya ha visto tus fotos, tus historias destacadas, tus publicaciones de Facebook de hace cuatro años y aquella imagen tan vergonzosa de 2017 en la que apareces disfrazada de perrito caliente durante el carnaval de Tenerife.
Años atrás, te invitaban a cenar y te enviaban flores. Ahora con un icono de fueguito basta. Y tú tienes que interpretar qué demonios significa porque resulta que con ese icono se pueden decir muchas cosas: me gustas, quiero hablar contigo, qué bonito paisaje, me equivoqué de conversación, solo tenía el dedo cerca de la pantalla y le di sin querer… Y mientras, ahí estás tú, con cuarenta años de experiencia vital, un trabajo estable y pagando demasiados impuestos, preguntándote si realmente un emoji se puede considerar una declaración de amor o debería ser solo una avería del teléfono.
Luego están las maravillosas normas modernas que, por cierto, cambian cada seis meses más o menos. Por ejemplo, antes llamar por teléfono era romántico; ahora, si lo haces sin previo aviso se considera toda una agresión diplomática y acabas bloqueado por pesado. Antes, responder rápido demostraba interés; ahora, demuestra que no tienes nada mejor que hacer y estás desesperado, sin embargo, si respondes demasiado tarde se considera desinterés, por lo que saber cuándo hacerlo en tiempo y forma correctos requiere de un máster oficial y dos expertos universitarios.
Otra de las cosas que ha cambiado es la forma de demostrar el cariño. Nuestros abuelos se querían compartiendo una vida juntos, nosotros compartiendo la cuenta de Netflix y el Spotify, que teniendo en cuenta el precio de ambas plataformas, tampoco está tan mal, aunque no llega a ser lo mismo.
Mi padre me contaba que recorría media ciudad para ir a ver a mi madre y ahora tardar tres días en contestar un mensaje mientras ves cómo publica veintisiete historias en su Instagram es lo más normal del mundo. Y yo, que lo he vivido, pienso: «qué curioso que tenga tanto tiempo para mostrar a la gente su desayuno, lo que hace en el gimnasio, cuánto tiempo pasea al perro, los cafés que se toma al día, el atasco yendo a trabajar y las vistas del atardecer desde su balcón, y no haya podido responder a mi mensaje de antes de ayer».
El comportamiento del ser humano es fascinante.
Y cuando pensé que lo había visto todo, llegaron las relaciones amorosas modernas. Exclusividad o no exclusividad, pareja abierta o cerrada, relación consciente o vínculo afectivo flexible, amistad romántica o casi algo, personas que dicen amarse profundamente pero no son pareja, parejas que están juntas, pero no se pueden ni ver, personas que llevan juntas casi cinco años pero que no saben lo que son y prefieren no poner nombre a la relación porque eso sería etiquetarse…
Y claro, ya no sabes si estás enamorada, comprometida o simplemente atrapada en una categoría emocional creada por alguien que cobra por el número de palabras que escribe para una conferencia, porque antes, simplemente preguntabas «¿somos novios», y la respuesta era sí o no. Ahora parece que estás solicitando una licencia de obra en el ayuntamiento de tu pueblo. Hay debates sobre el tema, discusiones, conceptos, tecnicismos, documentación, un período de reflexión para pensar y, probablemente, un informe sobre pros y contras.
Tampoco es que ayuden mucho las nuevas aplicaciones de citas que empezaron prometiendo facilitar la tarea de ligar y terminaron convirtiendo el amor en una especie de catálogo online donde no paras de deslizar y acabas rechazando a una persona maravillosa solo porque no ha sabido escoger su foto de perfil o ha cometido una falta de ortografía —aunque esto último lo entiendo—.
Luego están las expectativas. Antes lo primordial era que la otra persona fuera buena, ahora tiene que ser emocionalmente maduro —algo prácticamente imposible—, físicamente atractivo —ya te digo yo que esto también es difícil—, divertido, inteligente —suerte con esto—, independiente, sensible, aventurero —teniendo en cuenta que aventura es algo más que ir a pescar—, resolutivo, comunicativo, feminista, ecológico, amante de los animales, con habilidades culinarias, sin traumas que resolver —lo más complicado de todo— y con disponibilidad para viajar dos veces al año.
Es decir, un unicornio de colores con nómina.
Si logras encontrarlo, probablemente ya esté casado, vive en Canadá o no eres su tipo.
Por supuesto, a todo esto, unimos la cantidad de consejos de coach que recibimos a través de internet y que tampoco ayudan. No seas la primera en mostrar interés, no escribas primero, no esperes demasiado pero tampoco te protejas mucho… Llega un momento en el que una ya no sabe si está intentando encontrar pareja o desactivando una bomba porque cualquier cosa que haga parece incorrecta.
Estamos en un momento en el que la gente tiene más opciones que nunca para ligar y, sin embargo, parecen completamente perdidos. Y es quizá, el problema no sea que el amor haya cambiado, quizá el problema es que hemos pasado demasiados años intentando descubrir la forma correcta de amar y se nos ha olvidado pensar en qué es lo que queremos. Por eso, llega un momento en el que después de varias decepciones, una prefiere sentarse en el sofá de casa con una copa de vino en la mano y ponerse a leer pensando en la posibilidad de que tal vez estamos mejor así, sin nadie.
Porque estar soltera tiene muchas ventajas: nadie te roba la manta, nadie juzga lo que ves en la tele, nunca discutes, la casa siempre está recogida, no tienes que interpretar silencios o iconos de mensajes y no necesitas buscar «tu espacio» porque siempre lo tienes. La vida es ya de por sí bastante complicada como para andar complicándosela aún más.
Y entonces entiendes algo. Quizá estás soltera no porque no hayas encontrado a la persona adecuada sino porque el mercado amoroso parece estar diseñado por el que hace las instrucciones de los muebles nórdicos: confuso, contradictorio y sospechosamente largo. Así que, mientras el resto intenta averiguar en qué tipo de relación se encuentran, tú te sirves otra copa y disfrutas del silencio.
Porque al menos hay una cosa que sigue estando clara. Puede que ya no sepamos cómo se supone que debemos amar, pero todos sabemos lo maravilloso que es acostarse en una cama enorme... sin tener que compartir la manta con nadie.
Olga Valiente



























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