![[Img #37008]](https://infonortedigital.com/upload/images/02_2026/9821_7977_6081_guayarmina.jpg)
En los últimos tiempos he recibido comentarios de todo tipo. Algunos se centran en los temas que planteo, pero otros parecen más preocupados por averiguar quién está detrás de los artículos que por reflexionar sobre el contenido de los mismos. Y precisamente ahí es donde reside uno de los grandes problemas de la política local actual: hemos sustituido el debate de las ideas por la obsesión de las etiquetas.
Quiero dejar algo claro una vez más. No tengo interés político alguno. No pertenezco a ningún partido, no aspiro a ningún cargo y tampoco pretendo beneficiar o perjudicar a ninguna formación concreta. Mi única intención es hacer lo que considero que cualquier ciudadano o ciudadana con compromiso con su municipio debería hacer: señalar cuestiones que afectan al presente y al futuro de Gáldar y que merecen estar en el centro del debate público.
Sin embargo, parece que cada vez que se plantea una crítica hacia el Ayuntamiento surge la misma reacción automática. Algunos intentan encasillar al autor/a en una determinada corriente política, otros buscan supuestos intereses ocultos y no faltan quienes intentan desacreditar el mensaje atacando al mensajero/a. Es una estrategia vieja, pero efectiva. Cuando no interesa hablar del problema, se desvía la atención hacia quien lo señala.
La realidad es mucho más sencilla. Si la mayoría de los artículos hacen referencia al Ayuntamiento de Gáldar es porque es la institución que ostenta el poder municipal. Es quien toma las decisiones, quien gestiona los recursos públicos y quien marca el rumbo del municipio. Por definición, cualquier gobierno debe estar sometido a una fiscalización constante por parte de la ciudadanía. No porque se le tenga manía, sino porque esa es la esencia misma de la democracia.
Lo preocupante es que en muchos casos se ha normalizado la idea de que cuestionar una decisión municipal equivale a estar en contra de un partido político. Nada más lejos de la realidad. Criticar una gestión concreta no significa negar los aciertos que pueda haber. Del mismo modo, reconocer una buena iniciativa no implica convertirse en defensor incondicional de quien la impulsa. La política local no debería funcionar como un partido de fútbol en el que unos animan ciegamente a los suyos y otros silban todo lo que haga el rival.
El verdadero problema es que muchos de los debates importantes de Gáldar se han ido diluyendo con el paso del tiempo. Asuntos que deberían ocupar titulares durante semanas desaparecen en cuestión de días. Proyectos que afectan al desarrollo del municipio apenas generan discusión pública. Decisiones que comprometen recursos de todos los vecinos pasan sin un análisis profundo. Y mientras tanto, la conversación acaba girando alrededor de rumores, enfrentamientos personales o cuestiones completamente secundarias.
Una sociedad sana necesita ciudadanos que pregunten, que exijan explicaciones y que analicen críticamente la actuación de sus gobernantes. Lo contrario conduce a la complacencia. Y la complacencia es uno de los mayores enemigos del progreso.
Ahora bien, también conviene hablar de otro actor que parece haberse evaporado del escenario político local: la oposición. Algunas personas me preguntan por qué publico tan poco sobre los grupos que no gobiernan. La respuesta es sencilla. Porque su presencia pública es prácticamente inexistente.
La función de una oposición no consiste únicamente en ocupar unos asientos en el salón de plenos. Su labor es fiscalizar, proponer alternativas, denunciar errores, presentar iniciativas y mantener vivo el debate político. Cuando esa labor desaparece o se vuelve irrelevante, el gobierno encuentra menos resistencia y la ciudadanía pierde una herramienta fundamental de control democrático.
En demasiadas ocasiones la sensación es que la oposición en Gáldar vive instalada en una preocupante irrelevancia. Cuesta identificar propuestas propias, posicionamientos claros o una estrategia política capaz de generar debate. Y cuando la oposición desaparece, quienes terminan asumiendo parte de esa labor de fiscalización son los ciudadanos, los colectivos y las voces independientes que se niegan a mirar hacia otro lado.
Por eso resulta paradójico que algunos dediquen más esfuerzos a cuestionar quién escribe determinados artículos que a exigir a la oposición que haga su trabajo. Si los grupos políticos que aspiran a gobernar no son capaces de ejercer una vigilancia efectiva sobre quienes actualmente gestionan el municipio, difícilmente podrán convencer a los vecinos de que representan una alternativa real.
Gáldar merece mucho más que debates superficiales. Merece transparencia, participación y una discusión pública madura sobre los asuntos que condicionan su futuro. Merece ciudadanos informados y políticos que entiendan que la crítica no es un ataque, sino una herramienta imprescindible para mejorar la gestión pública.
Por mi parte, seguiré haciendo exactamente lo mismo. Señalar aquello que considero relevante, plantear preguntas incómodas cuando sea necesario y poner sobre la mesa cuestiones que afectan a todos los galdenses. No para favorecer a nadie ni para perjudicar a nadie. Simplemente porque el silencio nunca ha solucionado los problemas de ningún municipio.
Al final, lo verdaderamente importante no es quién está detrás de unos artículos. Lo importante es si lo que se dice es verdad o no. Y cuando las críticas están fundamentadas en hechos, datos y realidades que cualquier vecino puede comprobar, el debate debería centrarse en las respuestas, no en la identidad de quien formula las preguntas.
Gáldar necesita menos especulación sobre las personas y más discusión sobre las ideas. Menos preocupación por los autores y más interés por los asuntos que afectan al municipio. Porque los problemas no desaparecen por ignorarlos y el progreso nunca llega cuando la crítica se convierte en un tabú.
La pregunta no debería ser quién escribe. La pregunta debería ser por qué nadie quiere responder.
Guayarmina Guanarteme
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