
Hoy es 23 de abril: Día Mundial del Libro.
Y la vista que se aprecia detrás de mi casa, hasta hace bien poco inundada de sol mañanero, refleja no solo la luz, sino, además, los sentimientos y emociones provocados por el nuevo día que se despereza desde temprano. Y no solo porque se entregue en Alcalá de Henares el Cervantes al escritor mexicano Gonzalo Celorio, que también, sino porque se adivina un día especial, diferente. O así lo queremos creer. Después iré con la cámara, que cada día pesa más, a hacer fotos de una ciudad que se presenta siempre sugerente. Y tomaré algunas imágenes de libros, cuya lectura se nos antoja imprescindibles. Eso sí: según nuestros gustos, que son, sobre todo, especiales, únicos y personales. En fin, un galimatías, o frigorífico, que diría mi suegra, auténtico.
Sin embargo, quisiera señalar que el Día del Libro de 2026 resulta atractivo y diferente por la luz que proyecta esta mañana tan especial, donde el tibio sol no se decide aún a reinar en el día. Al menos de momento. La tranquilidad de la calle, donde los coches no parecen circular con sus peculiares y personales ruidos, se mantiene en su sitio. Muy viva. Y eso está bien. Parece que se aproxima un día distinto, aunque venga dado por una arbitrariedad como el Día del Libro. Y el cielo anunciador de la mañana clara evoca relaciones mantenidas y apegadas a la realidad más inmediata. No sé si nos explicamos debidamente. Que a lo lejos se adivine la Montaña de Arucas y su iglesia-catedral son síntomas de que las cosas están bien hechas y ocupan su espacio.
Y, además, han venido para quedarse. Como así es.
Juan FERRERA GIL





























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