¿Nueva espiritualidad en el siglo XXI?

Josefa Molina

[Img #10531]Siempre me ha resultado curioso la cantidad de mensajes del tipo cree en ti mismo, el poder está en ti, así como la cantidad de talleres, retiros y seminarios relacionados con todo lo que suene a alternativo. Recuerdo cuando cayó en mis manos el libro El secreto, que se hizo tan popular al inicio de este siglo. El libro de autoayuda, escrito por la astrualiana Rhonda Byrne, llegó a casa a través de una amiga de mi hermana mayor. Esta amiga era una mujer con formación universitaria, una profesional en su ámbito, que no dudaba en recurrir al osteópata (ostelero) del pueblo para 'curar' un esguince o un dolor de espalda; en utilizar las propiedades de las flores de Bach cuando se sentía aquejada por un ataque de ansiedad o en dejar el tratamiento médico tradicional por uno a base de pastillitas de colores compradas en una tienda de homeopatía.

 

La búsqueda de respuestas, sobre todo cuando esas respuestas no las encontramos en una sociedad tan racional y cientificada como la nuestra, hace que las personas intenten hallarlas en otros ámbitos no tan racionales. De ahí el surgimiento de todo tipo de programas que tienen como objeto 'el más allá', el interés por los ovnis (objetos volantes no identificados, ahora denominados FANI, Fenómeno Aéreo No Identificado) y por todo lo que tenga que ver con lo paranormal, o incluso las populares rutas del misterio que están llenando nuestras ciudades y que ofrecen al público un acercamiento a sucesos 'sin explicación' a través de recorridos a pie por, según afirman, edificios habitados por almas en pena y dominios.

 

El acercamiento al otro lado siempre ha formado parte de nuestras existencias. En todas las sociedades existen hechiceros, magas, chamanes, imanes o sacerdotes que intentan ofrecer respuestas, no solo a las dolencias físicas del cuerpo, sino lo que es más importante, a las dolencias de origen espiritual. ¿Qué hay más allá de la vida?

 

Recuerdo que siendo una niña de apenas diez o doce años, me gustaba colarme junto a un grupo de niñas y niños de mi edad en el antiguo cementerio de Gáldar, ubicado por aquel entonces donde hoy se encuentra instalada la Casa de la Juventud. Nos fascinaba descubrir los restos despojados de lo que antiguamente había sido un persona. Con asombro y sin conocer a qué parte del cuerpo pertenecían exactamente, observábamos con atención restos de tibias, peronés y pelvis y hasta jugábamos, mucho antes de ni siquiera saber quién era Hamlet, a sujetar un cráneo y esbozar un “Ser o no ser, esa es la cuestión". El cementerio lo trasladaron hace ya bastantes años a su actual ubicación en San Isidro de Gáldar pero hay quien dice que las almas de aquellos que estuvieron allí enterrados todavía visitan la Casa de la Juventud galdense. Yo no he sido testigo de tal suceso pero ahí lo dejo por si quieren investigar.

 

El caso es que, a pesar de nuestra inocencia, sabíamos que aquello no estaba bien, que no era correcto, pero nos podía la adrenalina, la sensación de que había algo misterioso en el silencio de aquellos huesos que intentaban respirar de nuevo vida a través de nuestra juventud, a la vez que nos percatábamos de que aquellos restos habían sido personas y que el fin de todos era convertirnos algún día en eso mismo: huesos y cráneos.

 

Al ser conscientes de esta certeza, nos formulábamos: y si solo somos huesos, y si solo nos vamos a convertir en esto, ¿para qué tanto esfuerzo, tanto estudiar, tanto trabajar, tanto sufrir...? Y sobre todo, ¿dónde está el alma?

 

Reconozco que sigo preguntándome con frecuencia estas cuestiones y sigo sin encontrar respuestas que me satisfagan plenamente. Claro que me he criado en el seno de una sociedad de religión católica, a pesar de que mi país, España, declara en el artículo 16.3 de su Carta Magna, la Constitución española, ser un país 'acofensional', es decir, un país en el que "ninguna confesión tendrá carácter estatal", para seguidamente afirmar que "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. ¿No es esto un contrasentido? Si el país se declara 'aconfesional', las creencias religiosas, sean estas cuales sean, deberían quedar exclusivamente en el ámbito de lo privado, no invadir también, como lo hace, la esfera de lo público. Y como tal, debería ser sostenida únicamente por las personas que profesan esa creencia no por la sociedad en general. Esto sería lo lógico: que cada persona crea en lo que quiera, siempre que no se quiera imponer sus creencias al resto de la sociedad. Dogmatismos no, gracias.

 

La cuestión es que, en el fondo, el ser humano siente un miedo atroz a la muerte, a pensar que no hay nada más allá del amasijo de carne, músculos y huesos que le conforma; nada que otorgue sentido a tanto delirio bélico, a tanto sufrimiento, a tanta injusticia, a tanta maldad. Y sí, esta certeza genera desasosiego e inquietud. ¿Para qué tanta maldad? Porque si creemos en el bien, en contraposición, debemos de creer en el mal. Y cada religión, en función de donde hayas nacido, te ofrece una pausible explicación.

 

La cuestión surge cuando ya no te crees esa explicación espiritual y buscas respuestas en otros lugares. Esto es lo que se ha originado a lo largo de la historia cada vez que la humanidad se enfrenta a una situación de crisis, como la actual. Así surgió con la crisis de la Ilustración que dio lugar a una época, la del Romanticismo, en la que se indagó profusamente en los fenómenos paranormales, en los fantasmas y en las extrañas criaturas del bosque. Este sentimiento y cuestionamiento intelectual tuvo su traslación al ámbito de la creación literaria, que se materializó en el surgimiento de la ficción narrativa gótica en el siglo XVIII. Ahí tenemos en 1764 El castillo de Otranto de Horacio Walpole, considerada como la primera novela gótica de la literatura universal.

 

Después vinieron muchas otras repletas de vampiros, fantasmas, seres espeluznantes hasta la actualidad donde vivimos un esplendor de obras escritas por mujeres que recurren al terror y al miedo para contar historias muy imbricadas en los mismos poros de la sociedad actual. ¿Qué hay más horroroso y terrible que la propia maldad humana? Ya no hace falta crear seres sobrenaturales, vampiros ni fantasmas, lo tenemos aquí mismo, viviendo en la puerta de al lado o generando guerras y cometiendo genocidios al otro lado del mundo. Solo hay que abrir las páginas de un periódico o sentarnos frente a la pantalla de la televisión a la hora del telediario para confirmar lo que digo.

 

También es una respuesta al incremento del éxito de las series de televisión policíacas o el interés por el true crimen. Nos fascina el mal porque forma parte de nuestro ecosistema social, lo tenemos metido en nuestra epidermis. Frente a ello, han surgido por doquier miles de opciones que ofrecen respuestas a cada cual más cuestionable. Desde la creencia pseudocientífica de la ley de la atracción que defiende El secreto a las leyes de los once pasos de la Magia o los seminarios de rituales para atraer la buena suerte, el dinero o el amor, pasando por los usos de amuletos y talismanes, por nombrar solo algunos ejemplos.

 

¿Dónde pones el límite a la hora de creer?, es la pregunta que atraviesa el ensayo Espiritualidad líquida. Misticismo pop en la era del yo, en la que la periodista Marta Sader, aborda todos estos temas. Desde un posicionamiento de respeto a las creencias de cada cual, Sader hace un recorrido histórico por las pseudociencias a las que el ser humano, sobre todo el que reside en sociedades capitalistas, recurre con el fin de 'encontrar' respuestas a sus miedos: desde los horóscopos a la astrología, pasando por los médium, el tarot, lo ancestral, los extraterrestres, los demonios, los exorcismos, el pensamiento mágico, el holismo, el yoga o la meditación, todo un conjunto de herramientas que intenta ofrecer, previo pago eso sí, una respuesta a una sociedad despojada de creencias religiosas 'oficiales'.

 

Porque en el mundo de las redes, las religiones oficiales -la católica en el caso de la mayor parte del mundo occidental- hace años que hacen agua. En los sesenta y setenta del siglo pasado, la sociedad occidental buscó una tabla de salvación en las religiones orientales. Fue como oímos hablar por primera vez de Buda o Confucio, del ying y el yang, de Sanatana Dharma y el karma, del yoga, del poder del tercer ojo o del mantra, que, por otro lado, tampoco han aportado muchas respuestas. Al menos para mí.

 

Seré una incrédula, no lo dudo. Debo de formar parte de esa 'espiritualidad pura' de la que habla Marta Sader, que es aquella vinculada a encontrar su propio camino a través del pensamiento, la acción y el establecimiento de proyectos de vida. Una espiritualidad a la que contrapone la 'espiritualidad líquida', entendida como la conformada por sistemas de creencias que prometen dotar de sentido a la vida, a través de todo tipo de herramientas, desde pseudociencias a rituales, pensamiento mágico (como la ley de la atracción, la ley del espejo o la ley de la correspondencia) e incluso, la autoayuda.

 

Creencias que no exigen, tal y como expone Sader, un compromiso duradero, ya que se puede entrar y salir sin consecuencias, más allá de la inversión monetaria previa, porque la asistencia a cursos, talleres, retiros de fin de semana y seminarios suele costar dinero, y no poco, precisamente. Y es aquí donde está el quid de la cuestión: es un negocio muy lucrativo. Este tipo de iniciativas del 'el poder está dentro de ti' y de autoayuda constituyen un bien de carácter individual que el capitalismo ha sabido comercializar maravillosamente bien, sacando todo el rédito posible.

 

De ahí su enorme propagación, auspiciado por el neoliberalismo, la descreencia generalizada de las nuevas generaciones y su rápida profusión a través de las redes sociales, lo que ha hecho que estas creencias sin base científica sean practicadas sin cuestionamiento, al igual que se popularizan los pensamientos negacionistas, terraplanistas y conspiranoicos, tal y como vivimos en los momentos más complicados de la pandemia por conoravirus durante la cual incluso algún mandatario político invitada a la población a ingerir lejía como una forma de acabar con la enfermedad.

 

Es deseable no creerse todo lo que nos dicen; es incluso muy saludable cuestionar a las autoridades y a la ciencia. La duda y el cuestionamiento hacen avanzar la investigación y el pensamiento crítico. Pero con ciertos límites. No se puede poner en duda a las autoridades científicas y a renglón seguido afirmar, sin ningún género de dudas, que el objeto de las vacunas era introducir un chip en nuestros cuerpos para que los gobiernos nos pudieran controlar. Por favor, ¿se pueden afirmar algo más absurdo y descabellado?

 

No seré yo quién diga a cada quien lo que tiene que creer pero seguir a pies juntillas teorías de carácter conspiranoico o negacionista no me parece el modo más inteligente de vivir (ni de convivir). Hay un dato contrastado: siete de cada diez personas que murieron víctimas del covid no estaban vacunadas. De acuerdo que las vacunas necesitaban mucho más tiempo de estudio para confirmar sus efectos negativos pero lo que está claro -aunque las personas negacionistas no lo quieran ni oír- es que salvó vidas.

 

Ahora bien, allá cada persona con sus creencias. Insisto, cada una es muy libre de creer en lo que quiera, mientras no intenten obligar al resto a creer como ellas. Y esta premisa me resulta perfectamente válida para cualquier principio de acción, desde el sanitario al político pasando por el religioso o el deportivo.

 

Si el pensamiento mágico les ayuda a sobrellevar algún momento de crisis de sus vida, por ejemplo un proceso de separación sentimental o la pérdida de un ser querido, me parece genial, e incluso lo aplaudo si eso hace que se sientan reconfortados, pero de ahí a intentar sentar cátedra y que todos asumamos sus tesis incoherentes e irracionales, pues va a ser que no. Como afirmé anteriormente: dogmatismos no, gracias.

 

Quien lea estas líneas me podrá acusar de ser también yo dogmática. Y se equivocaría: solo expongo mi opinión y la defiendo donde se me dé la oportunidad. Estoy abierta incluso a que me refuten pero siempre desde los hechos y el respeto, y desde luego, sin imposiciones, que no suelen nacer desde el argumento y el conocimiento sino desde la irracionalidad y el uso visceral de las emociones, tan en boga en nuestro tiempo.

 

Porque, como bien se dice en mi tierra, 'el respetito es muy bonito'. Pues eso.

 

Josefa Molina

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