Vidal Bolaños BetancortCuando colocaron el monolito en la entrada de Gáldar, todos lo miraron hacia arriba.
Era nuevo, firme, de acero oscuro, con formas antiguas dibujadas en su cuerpo. Por la noche, la luz le daba un aire solemne, como si acabara de salir de la tierra y no de una obra municipal.
Los coches pasaban despacio durante los primeros días. Algunos conductores bajaban la ventanilla. Otros sacaban el móvil desde el asiento del acompañante. Una mujer dijo que había quedado precioso. Un niño preguntó qué era aquello.
—Una pintadera —respondió su abuelo.
—¿Y para qué sirve?
El hombre abrió la boca, pero no encontró respuesta. Miró el monolito, miró al niño y dijo lo primero que pudo:
—Para recordar.
El niño se quedó serio.
—¿Recordar qué?
El abuelo no contestó.
Aquella noche, cuando el tráfico se apagó y la rotonda quedó sola, una de las pintaderas del monolito despertó.
No despertó con ruido. Las cosas antiguas no necesitan hacer escándalo para volver. Simplemente abrió un silencio dentro de la noche y comenzó a mirar la ciudad.
Vio las luces de Gáldar, las casas, las calles, la sombra lejana de la montaña y el camino hacia la Cueva Pintada. Vio pasar a los últimos coches. Vio a un joven en moto, a una pareja que regresaba tarde y a un barrendero que recogía papeles junto al bordillo.
La pintadera sintió orgullo. Pero también sintió miedo.
No miedo a la lluvia ni al óxido ni al viento. Miedo a quedarse muda.
Había nacido de una memoria profunda, de manos que ya no existían, de una cultura que había sabido dejar señales sobre el barro, la piedra y el tiempo. No quería terminar convertida solo en una forma bonita para recibir visitantes.
Quería que alguien preguntara.
Al día siguiente, el niño volvió con su abuelo. Se llamaba Mateo y llevaba una libreta azul. Se sentó en un muro cercano y dibujó el monolito con paciencia. No le salió perfecto. Las líneas le temblaban y una pintadera parecía más un sol que un símbolo antiguo.
—Abuelo, ¿quién hizo las primeras pintaderas?
El abuelo respiró despacio.
—Los antiguos canarios.
—¿Y qué querían decir?
—No lo sé todo —confesó el hombre.
Mateo lo miró sorprendido. Los abuelos casi nunca admiten que no saben.
—Entonces tenemos que averiguarlo —dijo.
Aquella frase llegó hasta el monolito como una gota de agua en tierra seca.
Esa semana, Mateo llevó el dibujo a la escuela. La maestra vio el interés del niño y pidió a la clase que investigara. Unos buscaron imágenes. Otros preguntaron en casa. Una niña llevó un libro. Otro alumno contó que su madre trabajaba cerca del museo y podía ayudarles a organizar una visita.
La pintadera, desde la entrada de la ciudad, empezó a escuchar nombres que hacía tiempo no sonaban con tanta curiosidad: Cueva Pintada, guanartemes, antiguos canarios, símbolos, barro, memoria, Gáldar.
Un sábado, Mateo y su abuelo fueron al museo. El niño caminó despacio, como si cada pared pudiera hablar. El abuelo también aprendió. Descubrió que durante años había vivido cerca de una historia que nunca había mirado del todo.
Al salir, se detuvieron otra vez ante el monolito.
—Ya sé para qué sirve —dijo Mateo.
—¿Para qué?
—Para empezar una pregunta.
El abuelo sonrió.
Esa noche, la pintadera no tuvo miedo.
Comprendió que un símbolo puede quedarse vacío si nadie lo escucha, pero también puede abrir una puerta si alguien se atreve a preguntar. No le importó estar en una rotonda, entre faros, motores y prisas. No le importó ser nueva y antigua al mismo tiempo.
Mientras hubiera un niño con una libreta, un abuelo dispuesto a aprender y una ciudad capaz de mirar más allá del adorno, todavía quedaba memoria.
La luz del monolito se encendió.
Gáldar brilló un poco.
Y la pintadera, silenciosa sobre el acero, dejó de sentirse decoración.
Por primera vez, se sintió palabra.
Vidal Bolaños Betancort





























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