
Dice la escritora franco-marroquí, Leila Slimani, que “la gente vive obsesionada con tener razón”.
A estas alturas de la película, sostenemos que no hay nada como vivir sin mantener, por encima de otras consideraciones, siempre la razón, que dibuja, y mucho, a la intolerancia. Bien haríamos en tratar de alimentar una cierta distancia del eterno y constante raciocinio. Y no solo porque lo creamos oportuno, sino porque, además, vendría muy bien para el respeto hacia los otros, que también tienen su corazoncito y sirve para lo que sirve. Eso de llevar por delante siempre la razón es una desgracia como otra cualquiera. Y no hay cuerpo que lo aguante. Y no dejar hueco a la improvisación ni a la imaginación es una dura y ardua prueba con la que la sociedad de hoy nos premia: ¡cuán difícil es aceptar la razón del otro! Si es que así puede considerarse. Y esta suerte de lotería bien estaría que la cargáramos sobre los hombros. Más que nada para aguantar su poderosa y fuerte estructura. Que también.
En cualquier caso, resulta muy rentable y oportuno no tener siempre la razón, como conducir sin prisas ni agobios que conviertan el intenso tráfico en una carrera alocada hacia ninguna parte. Ya lo dijo Manuel Vicent en su momento, un sábado de julio de 2023: “fue una sensación placentera, sin importancia…”. Seguramente podríamos hacer más. Pero las urgencias de esta sociedad que lo graba todo se empeña en lo que se empeña. Y parece ser que la llamada Inteligencia Artificial ha venido para quedarse.
Es decir, dedica momentos y recursos a casi nada. Y no deberíamos estar perdiendo el tiempo. Y así nos va.
Juan FERRERA GIL






























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