Bichos de la buena suerte

Quico Espino

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¡Quién le iba a decir a Susan de Pear, que debe rondar mi edad, que íbamos a ser relacionados por las ranas! Ella, que es pintora, porque las pinta, como se puede ver en la foto que encabeza este artículo, y yo porque cuando era un chiquillo de siete u ocho años, al igual que hacía con los pájaros o los lagartos, me las cargaba a la pedrada limpia.  
 
Como ya he dicho otras veces, yo era un salvaje, potencialmente redimible, que en las guerreas le pegaba piedras a los rivales y les hacía chichones en la frente o en la cabeza y mataduras en las piernas o donde los cogiera. Yo mismo tenía siempre las rodillas matusadas y mis buenos chichones, a los cuales mis padres (y supongo que también los de mis amigos) llamaban gallos. 
 
-Ese gallo te canta de madrugada –solía decirme mi padre siempre que me veía una protuberancia en la frente o me tocaba un bulto en la cabeza, de la que mi madre me sacaba liendres casi todas las noches, cosa que me encantaba porque ella me rebrujaba el pelo, cuando no lo tenía cortado al socolao, con la moña tipo pájaro capirote, y luego me peinaba y repeinaba con un batidor de palo blanco para que las liendres salieran a flote. Siempre recordaré el sonido de tales parásitos cuando estallaban entre las uñas de mi madre.
 
La Cueva treinta era nuestro cuartel general y, antes de las guerreas, se consideraba habitual colgar, en una liña que cruzaba la entrada de la cueva, los Bichos de la buena suerte: lagartos, ranas y pájaros muertos, muchos con las tripas fuera a causa del impacto de las piedras con las que los matábamos. 
 
Yo tenía una buena tiradera y una puntería de primera, según me decían mis amigos, y allí donde ponía el ojo ponía la piedra. No se me escapaba ni un pájaro, que encima volaba, y a mi hermano Agustín, dos años mayor que yo, que era el jefe de Los capotes rojos (pues nos poníamos pequeñas y cómodas prendas de tela de saco que teñíamos con cochinilla), le gustaba que yo viniera cargado de Bichos de la buena suerte. Estaba muy orgulloso de mí y de la puntería de la que yo me vanagloriaba y se inflaba de contento cuando yo aparecía con las manos llenas de lagartos, pájaros y ranas. 
 
Yo lo admiraba. Que él fuera el jefe de mi banda me resultaba fascinante y me llenaba de orgullo. Por eso le dije que sí, aunque luego me arrepentí, cuando me indujo a robar huevos de los gallineros de las vecinas y enterrarlos para que se pudrieran. Después los tirábamos contra nuestros adversarios. El hecho de imaginarme a un antagonista con la cara llena de huevo podrido, que apestaba a rayos, me atrajo desde que me lo sugirió. 
 
No me gustó tanto cuando las vecinas, que nos habían visto en plena faena, vinieron a quejarse a mi casa. Mi madre se quitó la alpargata y tanto mi hermano como yo no pudimos sentarnos durante una semana. Y mi padre no se quitó el cinto porque mi madre se lo impidió, pero tuvimos marcada su mano en la cara dos o tres días.
 
-Primera y última vez que ustedes le roban la comida a nadie. ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Vaya con estos meleguines!
 
Como inquirí al principio de este artículo, ¡quién le iba a decir a Susan de Pear que su pintura de la rana me haría retrotraer en el tiempo para evocar tan sugerentes recuerdos! Es como la magdalena de Proust pero en este caso ha sido una imagen la que me ha devuelto a mi infancia, aunque a mí es el olor lo que más me hace volver al pasado, especialmente el del tomate podrido, pues, sobre la marcha, pienso en las montañas de tomates tirados al borde de la carretera, frente del almacén de don Juliano, en Ingenio, que eran sobrantes de la cosecha. Una montaña encarnada que brillaba al solajero.  Mi madre me hacía ir a  buscarlos para la comida y también, con un balde, para alimentar a las cabras y a las cochinas.
 
A veces sueño con esas montañas de tomates. Y me gusta. Quizás sea porque  en esa realidad onírica soy un chiquillo y tengo toda la vida por delante. Una vida en la que debería aprender a respetar, desde pequeño, a todos los animales, entre ellos los lagartos, los pájaros y las ranas.
 
Texto: Quico Espino
Fotografía: François Hamel
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