Siempre han sido las personas mayores las transmisoras de los usos y costumbres de su época, incluso las que le son transmitidas, a su vez, por sus antecesores: es lo que llamamos La Memoria Oral.
Tenemos como muestra la investigación y recopilación del profesor Maximiano Trapero en su publicación Archivo de Literatura Oral, también el Proyecto ATOHACAN que recupera el legado oral que contribuye a la Historia de Canarias, sin olvidar otras publicaciones como la revista Pella de Gofio, o a los hermanos Batlloris de Gáldar, que reflejaron la Gáldar de su tiempo.
La que esto escribe ha tenido la suerte de sentir curiosidad por lo que le han transmitido oralmente sus antepasados, tanto anécdotas de costumbres de antaño, como las formas del habla antigua de nuestra zona, por lo que viene a cuento el siguiente relato en forma de transmisión oral, de abuela a nieta, de algunas costumbres de tiempos pasados.
Para un trabajo del Cole le pregunté a mi abuela como se divertían los jóvenes en su tiempo. Ella me dijo: coge papel y lápiz y escribe. Eso hice y ahora les voy a leer lo que me contó:
“Hago memoria de aquella vez que nos invitaron a un baile de taifas para celebrar el nacimiento de un primito, hijo de mi tía Eulalia, que Dios la tenga en la gloria. Era su primer hijo y Julián, su marido, estaba de lo más privado pues ya era mayor y pensaba que ya no tendrían hijos-
El acontecimiento se iba a celebrar en su vivienda-cueva allá por la parte de los Altos de Gáldar a la que habíamos ido en ocasiones, algo distante de nuestra casa. Era una cueva muy grande; tenía una estancia a la entrada con dos aposentos al fondo, la cocina estaba fuera, en el patio de callaos que sombreaba una parra y varios parterres de flores de mundo. En una esquina reinaba una inmensa higuera.
A ese jolgorio me llevó mi madre después de mucho rogar. Nos pusimos el mejor vestido que teníamos y los zapatos nuevos, apenas usados. Recuerdo que hicimos el camino montadas en la vieja mula. Yo tendría apenas quince años, estaba despuntando como mujer y era muy sensata a pesar de mis pocos años. Mi contento era tan grande que maree a mi madre durante el camino; ella era una mujer joven, apenas treinta y pocos años y por aquella época hacía tres que había muerto mi padre en un fatal accidente cuando reponía una piedra de moler; no me quiero ni acordar las angustias que pasamos. Madre tuvo ocasión de volver a casarse a poco de morir padre, pero no quiso, entre las dos seguimos las tareas en el molino de gofio como siempre, ya que era nuestro medio de subsistencia, pero ayudadas por el primo José en los trabajos más duros. Era un molino que estaba cerca del barranco y funcionaba por la fuerza del agua de una acequia que discurría en lo alto. Nos llamaban las molineras de Valladares.
Cuando alcanzamos la cueva estaba cayendo la noche. De ella salían alegres cantos y sonidos de guitarras y bandurrias. Los invitados iban apareciendo portando faroles que iluminaban sus caras deseosas de fiesta. Algunas mujeres que llegaban a pie iban demorando su entrada para esconder las alpargatas bajo unos matos y calzar sus preciados zapatos.
Risas y besos al llegar, y no era extraño porque casi todos, más o menos por aquellos Altos, eramos parientes. La música estaba animada. En aquel recinto danzaban las parejas; ellas arreboladas y ellos muy tiesos enlazando a sus parejas a través de un blanco pañuelo. Muchas eran las jóvenes sentadas con sus madres con aire mustio, esperando su consentimiento al requerimiento de los galanes. Mientras, fuera, otros muchachos fumaban deseosos de entrar. No podían hacerlo todos a la vez, para ello se encargaba el mandador que regulaba la cantidad de hombres dentro de la cueva al aviso de “salgan tres y entren otros tres”.
Cuando surgían discusiones entre los hombres, ya entonados por los rones, el mandador los echaba fuera sin contemplaciones y fuera seguían enfrentados, incluso sacaban sus cuchillos amenazadores y las macanas, pero al rato se abrazaban llorando.
Recuerdo que cuando entramos en el recinto, nos obsequiaron con galletas, ricas tortillas con miel, nueces, castañas asadas, anisado…, por lo que seguramente sería por el mes de Los Santos. También había bebidas fuertes que traían los hombres a la Taifa, era una forma o tarifa para entrar. Nosotras le llevamos como presente a la parturienta, que estaba en uno de los aposentos acostada con su hijito al pecho, una gallina de buen caldo para reponerse después del parto y no al padre de la criatura, no señor, eso era una costumbre antigua por la que llamaban zorrocloco al marido.
Apenas nos habíamos sentado con las mujeres, cuando un muchacho se acercó a mí y yo creyendo que me invitaba a bailar hice ademán de levantarme, pero no; quería mi permiso para bailar con mi madre. Yo avergonzada asentí con la cabeza y ella, sorprendida, aceptó. En ese momento me di cuenta de lo joven y de buen ver que estaba ella con su traje de tafetán verde y su erguido moño.
La noche iba transcurriendo alegre. Las dos bailamos piezas seguidas con nuestros admiradores al aviso del mandador : “Los mesmos con las mesmas”. Aprendimos pasos nuevos como la berlina y otros nuevos venidos de fuera y, a pesar de los zapatos que nos hacían rozaduras, no nos hacíamos rogar cuando nos invitaban. Algunas mujeres nos miraban con recelo viendo con qué libertad actuábamos, sin melindres, pero eso no nos importaba mucho.
Regresamos pasada la medianoche a lomos de nuestra mula y gentilmente custodiadas a caballo por nuestros enamorados. Yo dormitaba feliz abrazada a la espalda de mi madre”.
Texto: Juana Moreno Molina
Ilustración: Antonio Juan Valencia Moreno
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